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Full text of "Obras de Gutierre de Cetina"

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OBRAS 



DE 



GUTIERRE DE CETINA 



CON 



INTRODUCCIÓN Y NOTAS 



DEL DOCTOR 



3, Maquin l^aimm tj la Búa 

de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras 

y Profesor auxiliar de la Facultad de Filosofía y Letras en la 

Universidad de Sevilla. 



TOI^O II 




SEVILLA ^ 


MADRID 


Dl^ffAS SA3SIZ li/L, 


MtlRILLO 


Sierpes 90 y 92 ^ 


Alcalá 7 



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OBRAS 



GUTIERRE DE CETINA 



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OBRAS 



DE 



GUTIERRE DE CETINA 



CON 



INTRODUCCIÓN Y NOTAS 



DEL DOCTOR 



I^. Jíríaquín l^aiaña^ y la Kua 

de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras 

y Profesor auxiliar de la Facultad de Filosofía y Letras en la 

Universidad de Sevilla. 



TOMO II 



SEVILLA 

Imp. de Francisco de P. Díaz, Gavidia, 6. 
1895 



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Es PROPIEDAD. 

Queda hecho el depósito que 
marca la Ley. 



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ABREVIATURAS 



A Códice de la Biblioteca del Sr. D. José 

María de Álava, hoy de sus herederos. 
(Sevilla.) 

B. A. de S. Biblioteca Arzobispal de Sevilla. (Códice 

B. Camp. . . Biblioteca Campomanes. (Madrid.) 

B. C Biblioteca Capitular, vulgarmente llama- 
da Colombina. (Sevilla.) (Códices AA. 
141-4 y AA. 141-5.) 

B. N Biblioteca Nacional. (Madrid.) ,^írí?¿//V¿'j'J/. 

86, M. 233, M. 238, M. 268, M. 381, 
Q, 21 y V. 366.J 

B. S. R. . . Biblioteca del Sr. D.José Sancho Rayón. 
(Madrid.) 

M. B Museo Británico. (Londres.) (^C(?^/V£' ^4^/^/., 

2oypo.J 



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(Continuación) 



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EPÍSTOLAS 



(B. N,-M. 258, foL 27 vto.) 



10 



A Alconisa cruel salud envía 
El triste Alisio, de quien él la espera; 
Que habella de otra parte desconfía. 

Yo quisiera hacerte, si pudiera, 
Esta mi carta alegre, y no tan triste. 
Mas salióme por fuerza verdadera. 

En ella se verá que siempre fuiste 
Soberbia vencedora de un vencido. 
Cuya vida sin causa destruiste. 

Y á mí verás tan triste y tan perdido 
Cuanto tú mesma desear podrías: 
Que no puede ser más encarecido. 

Verás aquellos tan sabrosos días 
Que, con tu voluntad, gocé de verte 



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— - 10 — 

1 5 Vueltos en ansias y en congojas mías. 
Mas, ¿cómo contaré mi triste suerte^ 
Si sé que, á cada paso, deste cuento 
He de topar mil veces con la muerte? 

Y aunque palabra, para sentimiento 
20 De tan crecidos males, no hay ninguna, 

Lo que puedo diré de lo que siento. 

Si doloroso estilo te importuna. 
No me culpes á mí, pues me lo hadado 
El gran poder de Amor y de Fortuna. 

25 El triste son. Señora, lastimado 

Que un tiempo tus oídos deleitaba. 
En otro muy más triste se ha mudado. 

Entonces, que mi vista te gozaba, 
Con que tü me miraras,- al mirarte, 

30 Toda amorosa queja se templaba. 

Y ahora, con el vano imaginarte. 
Si quiero sustentar mi triste vida, 
;Qué remedio tendré, qué maña ó arte? 

Jamás sentí tal pena, que, medida 
3 5 Con la gloria de verte, no la viese 

Menor mil veces, aunque muy crecida. 

Ni tormento sentí que Amor me diese 
Que, pensando en el bien de tu presencia, 
Aunque fuese mortal, yo lo temiese. 
40 Mas, ¡oh grave, cruel, fiera sentencia 

De Amor y de Fortuna, que han querido 
Que sufra un alma de su cuerpo ausencia! 



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— II — 

¡Cuánto más sano y cuan mejor partido 
Me fuera el acabar, que tú lo vieras! 
45 Mas, porque fuera lo mejor, no ha sido. 
Entonces, á lo menos, me creyeras, 

Y hubieras visto lo que me decías, 
Que penaba burlando y no de veras, 

Y que eran de obstinado mis porfías, 
50 Y que por mi placer te importunaba 
Buscando de enojarte nuevas vías. 

Si penaba de veras ó burlaba, 
Puédeslo ver en lo que paso ahora; 

Y en lo de ahora verás lo que pasaba, 
55 Si lo quieres juzgar como señora. 

11. 

(A.fol. 40.— B. X,-V. 366, fol. 41 vio.) (i) 

Alma del alma mía: ya es llegada 
La hora que de mí fué tan temida 
Cuanto, absenté de tí, será llorada. 

Llegada es ya la fin de mi partida: 
5 El cuerpo partirá, pero conviene 

Que de llevar el alma se despida. 

Pues si el cuerpo en la vida se sostiene 
Mirándote, ¿vivir cómo podría 



(i) Publicada en Gallardo, tomo 2.®, col. 446. 



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— 12 — 

Sin el alma por quien la vida tiene? 
10 El triste cuerpo sólo se desvía 

De tu presencia; no sé con cuál arte 
El ánimo, que ya no es cosa mía, 

Y si para que viva se reparte, 
Tan sola la memoria irá conmigo: 

1 5 Ved, pues, cuál debo de ir sin esta parte. 
No te espante, Señora, lo que digo; 
Espantarte debría lo que callo: 
Amor lo sabe bien; él es testigo. 

De mi mal el mayor mal que en él hallo 
20 Es el no consentirme que me queje: 
Que se alivia el dolor con publicallo. 

Mas hora que le fuerzan que se aleje. 
El espíritu triste es apremiado 
Que como por señal ésta te deje. 
25 Bien sé que te dará poco cuidado 

Ver en ella mi mal escrito en suma. 
Que, en fin, labores son de tu dechado. 

La mano del dolor guía la pluma; 
Mas el cruel dolor del escarmiento 
30 No sufre que escribir mi mal presuma, 

Y al cabo, si no digo lo que siento. 
Es porque á mi pasión y á tu grandeza 
Sólo pudo igualar mi sufrimiento. 

No me quiero quejar de tu crueza; 
3 5 Antes tu piedad me causa agora 

Nuevo mal, nuevo afán, nueva tristeza. 



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— 13 — 

jAy, cuánto menos mal fuera, Señora, 
Haber siempre á tu causa padecido. 
Que llorar hora el bien que el alma llora! 
40 Para no ser agora, el no haber sido 

Fuera daño menor, y no supiera 
A qué sabe el dolor del bien perdido. 

En mi felicidad, ¿quién me dijera: 
♦Tiempo vendrá. Vandalio, que querrías 
45 Que Dórida piadosa no naciera?» 
Vencieron tu dureza mis porfías 
Para más daño mío, pues que veo 
Crecer por tal razón las ansias mías. 
La cura deste mal, á lo que creo, 
50 Sería (sino que es difícil cosa) 
Medir con mi fortuna mi^deseo. 

Y como aquel que pierde alguna cosa 
Que no puede cobrar, me consolase 
Perdida la esperanza trabajosa. 
55 Pero si la esperanza me faltase, 

¿Qué haría el deseo? ¡Ay, qué locura 
Sería de quien tal pensar osase! 

Apenas bastará la sepultura 
A despintar la imagen excelente 
60 Que en mi alma imprimió tu hermosura. 
Mitigaba el ardor verme presente; 
Mirándote, Señora, descansaba; 
Pues ¿qué será de mí, siéndote ausente? 
No sin grande razón me congojaba 



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^ 14 — 

65 Tal vez que, en tu presencia, suspirando. 
Del dafto que ahora siento recelaba. 

Alguna vez me viste estar llorando, 
Cuando con más razón debía alegrarme. 
Porque es fuerza temer quien vive amando. 
70 Mil veces te moviste á preguntarme, 

« ;Qué has, Vandalio? — « Un sobresalto esquivo 
(Respondía) no deja asegurarme. » 
Era deste temor ya tan captivo, 
Que de verme con él está la muerte 
75 Admirada de mí cómo soy vivo. 

Amé por elección y no por suerte; 
Y el yugo, que era de antes tan suave. 
Hora en rabia cruel se me convierte. 
Pu.so en sola tu vista Amor la llave 
80 De mi remedio, porque en esta absencia 
La falta della más mi vida agrave. 
No te parezca falta de paciencia 
Publicar mi dolor así á la clara: 
Qué suele enloquecer luenga dolencia. 
85 ¡Pluguiera á Dios, Señora, y me faltara 

El seso en tal razón, que el desacuerdo 
A no sentir el daño aprovechara! 

El mal es que conoces que lo pierdo 
Por amarte; y si menos te quisiese, 
90 Juzgaría de mí ser menos cuerdo. 
Querría que mi alma te leyese. 
Así como los siente, estos renglones. 



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— 15 — 

Por que en la tuya alguno se imprimiese. 
Ya solía huir las ocasiones, 
95 Y, por no ser notado de enojoso, 

Pintarte menos graves mis pasiones. 

Mas hora, de perderte temeroso, 
El sentido se esfuerza en el partirme 
Mostraste mi dolor fiero, rabioso. 
I oo Sobrado atrever es el osar irme; 

Pero si vivo en tal término llego. 
Mayor s.. .an (sir) despedirme. 

Si no me despidiere, yo le ruego 
Que nuestro amor de tí no se despida; 
105 Y crea de mí que durará este fuego. 
Cuanto en tal fuego durará mi vida. 

III. 

(B. N.- V. 366, fol 216, y M. 223.) 

TRANSLACIÓN DE LA EPÍSTOLA DE DIDO Á ENEAS (i) 

Cual suele de Meandro en la ribera 
El blanco cisne, ya cercano á muerte. 



. (i) Es la Heroida VII, de Ovidio, Dido. ^F.neo', que comienza: 

Sic, ubi fata vocant, udis abjectus in herbis 
Ad vada Mseandri concinit albus olor.... 

Encuéntrase esta traducción como de Cetina en los códices arriba 
citados, y sin embargo, apenas si presenta algunas leves variantes de la 



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— i6 — 

Alzar la dolorosa voz postrera, 
Así te escribo, y no para moverte; 
5 Que ser tú por mis lágrimas movido 

Ni el cielo lo concede ni mi suerte. 

Mas bien liviana pérdida habrá sido 
Perder tales palabras quien su fama. 
Que tanto es de estimar, por tí ha perdido. 
I o A Dido dejarás, que tanto te ama; 

Las velas y la fe darás al viento, 
Siguiendo el crudo hado que te llama. 
Del puerto al alto mar saldrás contento 



que, como de Hernando de Acuña, se lee en la página 55 de la edición 
de sus poesías, ya citada, impresa en Madrid en 1591. La circunstancia 
de haber sido recopiladas en Méjico, en 1577, las poesías que for- 
man el primero de aquellos manuscritos, y la de no haberse impreso las 
de Acuña hasta 1591, después de muerto su autor, por su viuda doña 
Juana de Zuñiga, nos hacen presumir si esta señora encontraria una copia 
de la poesía de Cetina entre las de su esposo y la publicaría como de 
éste, caso no extraño, y más cuando el colector no es el mismo poeta, 
como bastarían á demostrarlo las muchas poesías ajenas atribuidas á 
Quevedo en las tres últimas Musas. 

Apuntada esta idea, sólo como conjetura, ponemos por nota los ver- 
sos de la impresa á nombre de Acuña, que no se muestran conformes 
con los códices que atribuyen á Cetina dicha epístola. 

Knapp, en su colección de poesías de D.Diego Hurtado de Mendoza 
(Libros raros ó curiosos^ tomo XIj^ la inserta como de este ingenio. 

3 Soltar la dolorosa voz postrera.... 

8 Perder ^í^rtí palabras quien su fama.... 

. 9 (Que tanto es de estimar) por tí ha perdido.... 

H Y la vela y la fe darás al viento.... 



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- i; - 

Y para Italia, por incierta vía, 

15 En efecto pondrás tu crudo intento. 

Pero ya que la fe y la pasión mía 
No puedan resistir á tu dureza, 
Ni mi justa razón á tu porfía, 
Mira los edificios y la alteza 
20 De la nueva Cartago, que ofrecida 

Te está, si quieres, para tu grandeza. 

Huyes de tí la tierra conocida; 
Vas á buscar la ajena, que, en buscarla. 
Gastar puedes el tiempo y aun la vida: 
25 Mas ya que el cielo te conceda hallarla, 

Á gente peregrina y extranjera 

Y á señor nuevo, ¿quién querrá entregarla? 
Otro amor y otra fe tan verdadera 

Ofrecerá de nuevo alguna Dido 
30 Que esperes engañar cual la primera. 

Dime ¿do llegarás, de aquí partido. 
Que tengas ó edifiques otra alguna 
Nueva Cartago, cual ya la has perdido? 

Pues mujer que así te ame, la fortuna 



16 Pero ya que lu fe y la pasión mía.... 

22-24 Huyes tu propia tierra conocida; 

Vas á buscar la ajena y en hallarla, 
Gastar podrás gran tiempo y aun la villa. 

29 Ofrecerás de nuevo á alguna Dido.. 

33 Nueva Cartago cual la habrás jwrdido? 



II-íl 



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^ lÁ ^ 

55 No te dará en cuanto tú deseas, 
Que Dido es en amarte sola una. 

Segunda nunca esperes que la veas, 
Porque, como de Elisa, de otra amado 
Jamás lo podrá ser el crudo Eneas. 
40 Esto por tí de suerte me es pagado 

Que más te culpa y es que injustamente 
Te huelgas de te ver de mí apartado. 
Pero mi voluntad no lo consiente, 
Ni me consiente Amor más que quejarme 
45 De la fe que me diste falsamente. 

Á tí. Venus, invoco, que ampararme 
De tu hijo debes con piadosa mano, 
Que me deja morir sin escucharme. 
Deja mover el arco al niño hermano, 
50 Y pierda aquí la sangre su derecho 

Contra aquel que es tan crudo é inhumano. 

¿Cuándo se ha visto que en humano pecho. 
Sino en el cruel tuyo, haya cabido 
Quedar de injusta muerte satisfecho? 



35 No te dará aunque de cuanto deseas.... 

41-42 Que mereces que más qtie justamen te.... 

Holgar ase de te ver de mí apartado.... 

47-48 Debes del crudo hijo con tu maiio^ 

Y me dejas morir sin escucharme. 

5 1 Hiera aquel cruel fiero inhumano. 

53 Sino solo en el tuyo haya cabido.... 



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— 19 — 

55 Mas yo, cruel, no dudo que nacido 

En las más duras rocas y engendrado 
De piedras ó de robles hayas sido, 
O del mar proceloso y alterado, 
O de leona ó tigre, en aspereza 
6o Del alto monte Caucaso criado. 

Mira, pues, en el mar tan gran braveza 
De las soberbias ondas y los vientos. 
Do no resistirá tu fortaleza. 

El tiempo, la sazón, los movimientos, 
65 Todos han claramente amenazado 
A tus determinados pensamientos. 

En el viento, en las ondas he hallado 
Razón con que ellas muestran ayudarme, 
Y en tí, que la conoces, me ha faltado. 
70 Pues no quiero en tan poco yo estimarme, 

Que presumir no pueda que perezcas 
Por el cargo que llevas en dejarme. 

Mas, dime: ¿podrá ser que me aborrezcas 
En tanto extremo, que, por alejarte 



56 Fen las más duras rocas engendrado.... 

59 De tigre ó de leona en la aspereza 

6 1 -63 Mira, pues, en el mar la gran braveza 

Y d las ávidas ondas con sus vientos, 
Do no resistirás con fortaleza. 

68 Razón qtíe entrambos^ muestran ayudarme.... 



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— 20 — 

75 De mí, á las ondas á morir te ofrezcas? 
El mar se amansará por contentarte; 
El tiempo mudará, pues es mudable. 
¡Así pudieses tú también mudarte! 
Mas como sabes que es Fortuna instable, 
8o También por experiencia sabes cierto 
Que tampoco bonanza no es durable. 
Naves se vieron ya salir del puerto, 
Con el golfo seguro á la salida, 
Y vieron luego el daño descubierto. 
85 Allí se da la pena merecida 

A las que la fe dada no cumplieron: 
Allí Venus, tu madre, fué nacida; 

Y, si es justa, dará á los que la dieron 
En los casos de amor no los cumpliendo, 
90 Igual la pena al mal que merecieron. 

De perder lo perdido estoy temiendo; 
Pero tu crueldad puede ofenderte; 
Que yo, que la padezco, no te ofendo. 
(sic) Que vivas quiero ya, siquier perderte. 



75 De mí en las ondas á morirte ofrezcas? 

83-84 Y en el golfo seguro á la salida, 

Hallaron luego el daño descubierto. 

85 En el códice V. 366^ dice asi este verso: 

Allí se da la pena más crecida.... 

89 En las cosas de amor no la cumpliendo.... 

94 Oue vivas assi, quiero perderte.... 



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— 21 — 

95 Antes yo muera y viva permanezca 

La cruda causa de mi triste muerte. 

Finge agora que el mar se te embravezca 
Con tanta alteración, que ser llegada 
La vida al postrer punto te parezca. 
lOO Verás luego ante tí representada 

La prometida fe que se debiera 
Guardar, y fué por tí tan mal guardada. 

Verás la imagen viva y verdadera 
De Dido, tu mujer, cuál la dejaste 
IOS Forzada con mil causas á que muera. 
Verás la triste Dido, que engañaste. 
Hacer tal sentimiento del engaño 
Cual es la causa por que te apartaste. 
Y viendo de tus manos mal tamaño, 
1 1 o Por tí conocerás que bien se emplea, 
En quien causa el ajeno, propio daño. 
A lo menos, no quieras que se vea 



95-96 Antes ido que mtierto y permanezca 

La injusta causa de mi triste muerte. 

1 08- 1 1 2 Cual ttí que eres la causa deseaste. 
Y viendo J>or tu causa mal tamaño, 
Por ti conocerás ctidn bien se emplea, 
En quien causa el engaño el propio daño. 
No quieras d lo menos que se vea.,,. 



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— 22 — 

En tí la crueldad tan presurosa, 
Que ya por fuerza tu partida sea. 
1 1 5 Sosiega un poco y guarda de tu esposa; 

No tengas compasión; tenerla debes 
Del niño Ascanio, que es más cara cosa. 
Si contra el cielo y contra el mar te mueves 

Y en tierra haces lo que aquí hiciste, 

1 20 ¿En qué vas confiado, en qué te atreves? 
Ahora no creo cuanto me dijiste: 
Ni en tus hombros Anquises fué sacado 
Del fuego por do cuentas que saliste. 

Cuanto has dicho de Troya has inventado, 
125 Y no he sido yo sola la burlada, 

Ni en mí permite haberlo comenzado; 

Que en el troyano incendio la cuitada 
Madre del niño Julio^ quedó muerta. 
Del marido cruel desamparada. 
1 30 Y esto lo sé de tí y es cosa cierta; 

Y justo fuera, habiéndotelo oído. 
Estar en mi peligro más despierta. 

Los hados dan el pago merecido; 
Que por tierra, y por viento, y mar tan largo, 



1 13 En tí la crueldad tan rigurosa.... 

118 Fsi contra el cielo contra el mar te atreves... 

126 Ni en mi primeramente has comenzado.... 

130 Esto lo sé de ti y es cosa cierta.... 

1 34 Que por tierra y por mar tiempo tan largo.... 



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- ¿5 - 

135 f-" continuos trabajos te han traído. * 
Hasta que tu llegar triste y amargo, 
Con tus naves, al puerto de Cartago, 
Me dio de tu fatigas todo el cargo. 

Que no esperando verme en lo que hago, 
140 En mi reino te hice acogimiento; 

Y ya de lo que hice tengo el pago^ 

Y aún de esto, triste, yo no me arrepiento, 
Si la fama después no divulgara 
Otra cosa más grave y que más siento. 
145 Aquella hora cruel me costó cara: 

' No lo encarezco para que te mueva 
Mas ¡antes yo muriera que llegara! 

Cuando la voluntad súbita y nueva, 
Venida para el mal de que ahora muero, 
1 50 Fué causa de juntarnos en la cueva, 
Tristes voces oí, y era el agüero 
Que en si me anunciaba doloroso 
La nnierte cruel que por tu causa espero, 
Desto puedes holgar y haber reposo; 



136 Hasta que aquel llegar triste y amargo.... 

139 Q"^ ^^ esperando verme en lo que ahora.... 

141 Mas ya de lo que hice tengo el pago.... 

144 Otra cosa más grave que ora siento.... 

148 Cuando la tempestad súbita y nueva.... 

1 5 1 - 1 5 3 Tristes voces ai allí al agüero, 

Que en un son me anunciaba doloroso 
La triste muerte que á tu causa espero.... 



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- 24 - 

155 ^ ^í con ella cumples tu deseo, 
No vivirás gran tiempo deseoso. 

Que siempre, ó las más veces que me veo 
En el templo, do tengo venerada 
La sacra sepultura de Sicheo, 

1 6o Con una triste voz y desmayada, 

Y en un sonido bajo y voz llorosa. 
Me siento de la tumba ser llamada. 

Justo es seguir la vía temerosa, 

Y muy justo será seguirla presto, 
1 65 Y agora será justa y provechosa. 

No te niego, Sicheo, que manifiesto 
Error contra tí no haya cometido; 
Mas mi sana intención lo hace honesto. 

No sólo el crudo Eneas me ha movido, 
1 70 Mas Venus diosa, el hijo y el abuelo 
Con decrépita edad envejecido. 

Tuve por cierto que lo daba el cielo. 
De su fortuna viendo la bonanza, 



155 Q^^ si con ella cumples tu deseo.... 

157 Q"® siempre las más veces que me veo..., 

161 En un sonido bajo temerosa.... 

163-167 Presto te seguí re\ y es justa cosa^ 
Y si justa será seguille presto, 
Ahora será justa y provechosa. 
Pues no niego, Sicheo, que manifiesto 
Error contra ti haya cometido.... 

173 De su fortuna en colmo la bonanza,... 



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- ^5 — 

Y así pensé acogerlo sin recelo. 
175 Mas claramente veo la mudanza 

Del cruel que la hace y no se cura 
De faltar á su fe y á mi esperanza. 
Tu venida juzgué por gran ventura 

Y en ella confié que consistía 1 
1 80 El vivir en mi reino ya segura. 

A Hiarbas y á mi hermano, á quien tenía 
No pequeño temor, y á cualquier dellos, 
Con sola tu presencia lo ponía. 

De nuevo agora volveré á temellos, 
185 Y, encerrada en Cartago, contentarme 
Con solo defenderme y no ofendellos 

Mas al que procurase de acabarme. 
Tú se lo cumplirás, sin que él lo pida: 
Que bien claro lo muestras en dejarme. 
1 90 Si los dioses ordenan tu partida, 

¡Cuánto mejor á entrambos estuviera 
Que hubieran estorbado tu venida! 



174-175 Asi pude acogerlos sin recelo. 

Asi me asegure' de la mudanza.... 

1 80-1 8 1 El vivir en mi reino yo segura. 

Yarbas y mi hermano á quien temía.... 

183-185 Con sola tu presencia les ponía. 

Ahora de nuevo volveré á temellos, 

Y encerrada en Cartago á contentarme... 

189 Que bien claro lo cumples cou dejarme. 



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— 26 — 

Que tu trabajo entonces menos fuera, 
Y la infelice y miserable Dido, 
195 Que por tí morirá, sin tí viviera. 

Y no pienses que es Somois conocido 
El que vas á buscar, sino el incierto 
Tibre, tan apartado y escondido, 

Al cual, primero que hayas descubierto, 
200 La débil senetud podrá ocuparte, 

Según se esconde á tu ventura el puerto. 
Pues si las armas y el furor de Marte 
Te encienden y levantan en tu gloria, 
¿A qué vas á buscar en otra parte? 
205 Que aquí podrá, con inmortal memoria. 

De famosas hazañas renovarse 
En padre é hijo la troyana historia. 

Enemigos tendrá donde mostrarse 
Podría siempre tu esfuerzo valeroso; 
210 Haz tú, pues, como pueda señalarse. 
Mas tú, cruel troyano, el ser famoso 



196 No pienses que es el Symois conocido... 

198 Tiher tan apartado y escondido.... 

204-205 ¿Á qué vas á buscallas d otra parte? 

Que 2i.Q^\ podrán con inmortal memoria.. 

208-210 Enemigos tendrds donde mostrarse 
Pueda siempre tu esfuerzo valeroso, 
YAscam'Oi cuando crezca^ señalarse* 



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— 27 — 

Sólo lo pones en mi triste suerte, 
Y todo tu descanso y tu reposo. 

Comienza desde hoy más á conocerte 
215 Y el nombre piadoso que te llamas 
En inhumano y crudo lo convierte. 

Pues no fui yo en el hecho ni en las tramas 
Del malvado Sinón, por cuyo engaño 
Se abrasó la gran Troya en vivas llamas. 
220 Y la gente que hizo un mal tamaño 

Ha sido aquí en mi reino recogida, 
Como lo fuiste tú para mi daño. 

Ni entre tus enemigos fui nacida, 
Ni me pesó de ver salva tu armada, 
225 Ni me alegré de Troya destruida. 

De serte injustamente aficionada, 
Desto me culpo, y tú podrás culparme; 
Que en lo demás no puedo ser culpada. 
Mira que causas con desampararn^e 
230 Que vida, fama y reino se destruya. 



212-214 Solo lo pones en nú triste muerte^ 
Y en ella tu descanso y tu repuso. 
Comienza ya de hoy más á conocerte... 

216 En nombre de inhumano lo 9onvierte. 

220-221 iVz la gente que hizo un mal tamaño 
Fué de mí en mi reino recogida.... 

228 • Que en lo demás no debo ser culpada. 



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— 28 — 

Y no podrás, ausente, remediarme. 
De tu querer no partirá aunque huya 

De mí, y si de mujer no me das nombre, 
Tomaré el que me dieres, por ser tuya. 
235 Pues mira cuanto más que á mortal hombre, 

A hijo de una diosa, no conviene 
Dejar de cruda fama tal renombre. 
Ya ves que agora el tiempo se detiene; 

Y en breve espacio que hayas esperado, 
240 La bonanza vendrá cual te conviene. 

Debes considerar que aún no han tomado 
Los que vinieron en tu compañía 
Restauro del trabajo que han pasado. 

Acuérdate tu armada cuál venía, 

245 Que aún nunca ha podido repararse 

Con tu cuidado y con la ayuda mía. 

Esto al menos de tí pueda alcanzarse. 
Cuando más conceder no me quisieres: 
Que aguardes á que el mar quiera amansarse. 



232-233 De tu querer jamás temas que huya, 

Que SI de tu mujer no me das nombre... 

236-238 A un hijo de una diosa, desconviene 

Cobrar de crueldad fama y renombre. 
Ya ves que el tiempo ahora se detiene.... 

248-249 Cuando más concederme no quisieras: 

Que esperes á que el mar muestre amansarse. 



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— 29 — 

250 Con este poco término que esperes, 

Mucha parte será para esforzarme 
Que no muera yo al tiempo que te fueres. 

Comenzaré de agora á conturbarme 
Ai extremo dolor de tu partida: 
255 Quizá podrá la causa aprovecharme. 

Si esto no niegas, doy por bien cumplida 
Tu cruda voluntad, ingrata y fiera, 
Con el fin desastrado de mi vida. 
¡Oh, si pudieses ver de la manera 
260 Que te escribo esta carta, tan en vano 
Salida de mi alma verdadera! 

La pluma tiene mi derecha mano, 
Y la siniestra, para el triste oficio, 
Tiene la espada del cruel troyano, 
265 Que, en pena del ajeno maleficio. 

Hará para cumplir lo que ha propuesto, 



250-253 Con este breve término que esperes, 

Muy gran parte serás para esforzarme 
A no morir al tiempo que partieres. 
Comenzaré de hoy más á acostufnbrarmc. 

255-256 Quizá podrá la usanza aprovecharme. 

Si esto no niegas, da por bien cumplida... 

259-261 ¡Oh, si quisieses ver de la manera 

Con que te escribo carta tan en vano 
Cuan salida del alma y verdadera! 

266 Hará para cumplir lo que he propuesto.... 



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— 30 - 

Desta vida inocente sacrificio. 

Mis lágrimas la bañan y tras esto 
(Pues lo permite así mi desventura), 
270 La bañaré en mi sangre yo muy presto. 

Y yo en el mármol de mi sepultura 
No seré Elisa de Sicheo nombrada, 
Mas habrá solamente esta escritura: 

«La causa de esta muerte dio, y la espada, 
El crudo capitán de los troyanos. 
La triste Dido, de vivir cansada, 
277 Buscó descanso con sus propias manos.» 

IV. 

{A,foL2.) 

Días ha que, callando, he procurado 
Ni escribirte, Señora, ni quejarme, 
Y sabe Dios cuan caro me ha costado. 

Hasta que ya el dolor por no acabarme, 
5 Viéndome tan estrecho y tan perdido. 

Sin armas que pudiese aprovecharme, 

Me ha hecho que tomase por partido 
Demandarte merced é importunarte. 
Como ante el vencedor hace el vencido. 



270-27 1 La bañaré en mi sangre presto^ presto. 
En el gran mármol de mi sepultura.... 

275 El cruel capitán de los troyanos.,. 



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10 Podrías, con razón, maravillarte 

De mi osadía, si razón hubiese 
Mayor de la que tengo para amarte. 

Mandásteme, poco antes que partiese, 
Que cuando más la ausencia me apretase 
1 5 No dijese mi mal ni lo escribiese. 

Decías que era mal que se mostrase 
Manifiesto mi ardor entre las gentes, 
Y que por él tu fama se manchase. 
Razones eran estas aparentes, 
20 Si no tuvieras hecha ya experiencia 
De mí que sé excusar inconvenientes. 

Pero me tiene tal la luenga ausencia, 
Que me hace creer que lo mandaste 
Para prueba mayor de mi paciencia. 
25 Y cierto, si fué así, que lo acertaste; 

Amor lo sabe bien, mas, ¡ay! Señora, 
Cuan poco de doblar mi mal ganaste. 

Podráslo ver en lo que escribo ahora 
Lo que la mísera ánima pasaba, 
30 Si ocuparte querrás en esta hora. 

Cuando más mi tormento me apretaba^ 
Mordiéndome los labios, padecía (i) 
Doblado mi dolor mientras callaba. 
Alguna vez pensé que merecía, 



(i) El códice dice: 

«Mordiéndome los rostros padecía,» 



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- 5¿ - 

3 5 Obedeciendo así lo que mandabas; 
Mas, jay, cuan á mi costa obedecía! 

Si mi vivir, Señora, deseabas, 
Mandándome callar, ¿cómo no vías 
Que á la vida los pasos acortabas? 
40 Las malas noches, los pesados días. 

Se pudieran pasar, ora escribiendo. 
Ora quejando las desdichas mías. 

¡Cuánto bien pensarás que voy sintiendo. 
Mientras dura escribirte estos renglones, 
45 Con saber que te irás dellos riendo! 
Grande alivio sería á las pasiones 
Del ánimo poder hombre quejarse 
Cuando ofrece el dolor las ocasiones. 
Pu es ¿qué aventuras tú de publicarse 
50 Por el mundo mi mal, si nadie sabe 
Dónde osó el pensamiento levantarse? 

Consiente, pues. Señora, que se alabe 
De tan alta ocasión mi fantasía; 
Que lo demás sólo en el alma cabe. 
55 Consiéntame quejar la pena mía: 

De Dórida me quejo; á ella escribo; 
Nadie sabe quién es, ni lo sabría. 

Dórida, si el dolor rabioso, esquivo. 
Que en mis entrañas tu beldad enciende 
60 De ufano me hace ir soberbio, altivo, 

¿Por qué no dije yo, pues nadie entiende 
Más que Dórida, aquella suma alteza 



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— 33 — 

Tan honrosa, de do mi mal desciende? 
Mis males, mis trabajos, mi tristeza, 
65 Lo que á tu causa siento, determino 

Callar, porque no digas que es bajeza. 

Pero si tanta fe no me hace diño 
De amarte, y si de amarte estoy ufano. 
No lo juzgues tú sola á desatino. 
70 Si vieses lo que pasa entre la mano 

Y el triste corazón, mientras te escribe. 
Dirías sin razón que soy liviano. 

El triste muere por decir cuál vive, 

Y la mano á escribir se va forzando 
7 5 Cosa que ni te enfade ni te esquive. 

Va el triste corazón su mal quejando; 
La mano, de temor que de tí tiene. 
En sólo tu loor se está ocupando. 

Querría el corazón, que le conviene, 
80 Pedirte piedad de tantos males; 

La mano se acobarda y se detiene. 

¡Ay, miserias de Amor, fieras*, mortales! 
¿Por qué no puede, pues, un afligido 
Decir que sois, crueles, desiguales.^ 
85 Tiéneme el recelar tan desvalido. 

Que de nada me valgo ni aprovecho, 
Salvo de atormentar más el sentido. 

Ni el mal ni el bien me caben en el pecho, 

Y están ambos en él tan apretados, 

90 Que lo tienen en lágrimas deshecho. 

11-5 



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- 34 - 

Jiintanse al nuevo mal viejos cuidados; 
Va la imaginación buscando cosas 
Con que los hace al fin Fentir doblados. 

Ponénseme delante mil celosas 
95 Sombras, que me amenazan y maltratan; 
Mil miedos, mil locuras sospechosas. 

Estos, Señora, son los que me matan, 

Y cuando con más fuerza me defiendo, 
Sólo en acometer me desbaratan. 

ICO Mísero yo.... (Qué digo! No me entiendo: 

Propuse no contarte desventuras, 

Y cuando más las huyo, más me enciendo. 
Mas ¡qué cierto será destas locuras 

Reiros vos, Señora, y desabriros, 
105 Mostrando que os enojan mis tristuras! 
Pudiese yo, como querría, serviros, 
Ó fuese de tal suerte mi tormento 
Que escondiese en el alma sus suspiros. 

Mas jay! que el menor mal del mal que siento, 
1 1 o Cuando más encubrillo he presupuesto, 
Rompe el más esforzado sufrimiento. 

Si vos no confesáis la culpa de esto. 
Quédese para mí, como la pena; 
Que á más tengo por vos el pecho puesto. 
1 1 5 Diréis que va esta carta toda llena 

De contrarios, y yo también lo digo; 
Mas aceptad la excusa, pues es buena. 
Si de tan bella mano algún castigo 



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— 35 - 

Me ha de venir, vuestramerced lo firme: 
1 20 Vos sola sed juez, parte y testígo. 

Todo cuanto querrais podéis decirme; 
Escribir que estoy loco y desvarío; 
Pero no lo haréis, por no escribirme. 

Aunque puesto en razón, decid, bien mío, 
125 No confesar que vos me hacéis loco, 
¿No sería decir que el sol es frío? 

Si alguna vez mi mal estuvo en poco, 
Es mientra que al dolor gobierna el seso: 
¡Ved en qué grado de locura toco! 
1 30 Quien de vuestra beldad se halla preso. 

Ausente como yo, no es cosa nueva 
Hacelle arrodillar tan grave peso. 

¿Quién sabrá de mi mal, que no se mueva 
Á dolor de mi mal, si lo ha probado? 
135 ¡Desdichado del triste que lo prueba! 
Envuelto con el bien de mi cuidado. 
Pasaría mi mal como pudiese, 
Si quisiese dejarme el bien pasado. 
Si la contemplación no me pusiese 
1 40 La dulce historia de mi bien delante, 
Podría ser que el mal mejor sufriese. 

Mas pues del bien y el mal sois tan bastante 
Causa, Señora, vos, ¿de qué se queja 
Alma que así se precia de constante? 
145 Si está siempre con vos, si no se aleja 

De donde vos estáis sólo un momento, 



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- 36 - 

¿Por qué de atormentarme no se deja? 
Ella os dará razón de mi tormento: 
Recibid vos del alma su descargo, 
1 50 Pues estorban que diga el mal que siento 
Laís muchas manos y el camino largo. 



V. 

(A.fol 2Sl,-B, N.-V. 366, foL J43.J 
A DON JERÓNIMO DE URREA (i) 

El dulce canto de tu lira, Iberio, 
No sólo yo con gran razón lo admiro, 
Mas las Musas lo tienen por misterio. 

Mientra lo heroico de tus versos miro. 
La alteza del estilo así me espanta. 
Que de' una invidia honesta ardo y suspiro. 

Tienen con humildad dulzura tanta. 



( I ) Esta epístola es contestación á otra de Urrea, que también se 
copia en los códices citados, y que dice asi: 

Vandalio, ¿ quien virtud siempre acompaña 
La lira, y en sus hombros alza á vuelo 
Entre los más pastores de tu España 

Tu musa, puesta allá casi en el cielo, 
5 Mientra inmortal te hace entre la gente 

Lustrando tus cantares nuestro suelo, 

No sé si escuchas cuan humildemente 



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— 37 — 

Un nuevo proceder, fácil, sabroso, 
Que á responder el alma me levanta, 
I o Puesto que el flaco ingenio sospechoso 

De no llegar allá donde el deseo 
Lo tira, va turbado y temeroso. 

Tan llenos de mi mal tus versos veo, 
Tan de una calidad los accidentes, 
1 5 Que casi en tu dolor mi historia leo. 

De tanto Amor nos hizo diferentes, 
Que tü lloras el bien que ya gozaste; 
Yo el mal de que padecen los ausentes. 

Pusiste el pensamiento, y acertaste, 
20 En muy alto lugar, pero tan alto 

Tomaste el vuelo, al fin, que lo alcanzaste. 

Mísero yo, que, de ventura falto, 



La mía le suplica la consuele 
En un mal que decir no se consiente. 
I o Cuan alto viene el mal, tanto me duele; 

Y todo lo recoge el alma mía, 
Que como á casa propia venir suele. 

Pero suele venir en compañía 
De un cierto imaginar, de una esperanza, 
1 5 Que engaña su visión la fantasía. 

Hacen las dos que haga confianza 
Del tiempo y su costumbre y mandamiento; 
Que suele tras fortuna haber bonanza. 
Sofetiéneme este solo pensamiento; 
20 Y cuando más crecido el daño veo, 

En este solo hago fundamento. 
Verdad es una cosa, que el deseo 



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- 38 - 

El triste desear en lugar queda 
Do será, á bien librar, mortal el salto. 
25 Propicia se mostró Fortuna y leda 

En tus amores, y háte, al fin, dejado 
Seguro en lo más alto de su rueda. 

¡Mísero yo, que estoy desconfiado, 
No sólo de gozar, mas aun diría 
30 Que lo estoy de agradarle mi cuidado! 
Victoria hubiste, al fin, de tu porfía, 
Y para consolarte en esta ausencia. 
La memoria del bien bastar debría. 

¡Mísero yo, que, siendo en la presencia 
35 Sin remedio mi mal, pensallo agora 
Es otra nueva suerte de dolencia! 
Querríate tener conmigo un hora, 



Me dafia blandamente, y con halago, 
Haciéndome creer lo que no creo. 
25 De aquí viene, Vandalio, que me pago 

De quedar con la mente loca, insana, 

Y harto en sostenerme en esto hago. 
Quien se atrevió á mirar á mi Diana, 

Sabiendo de Acteon el grave daño, 
30 ¿Q^^ pena no tendrá por muy liviana? 

Miréla, y quedé ciego en tal engaño, 
Que me huelgo con él y no me basta 
Desengañar el propio mal extraño. 
Temblando me quedó de fuera el asta; 
35 Dentro del corazón el hierro queda 

Y tal, que con la vida el alma gasta. 

Y aun pésame en el alma que no pueda 



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- 39 - 

Sólo para probarte que te quejas 
Á grande sinrazón de tu pastora. 
40 Así, como yo, dices que te alejas 

De tu Diana y que en extraña tierra 
Sientes gran soledad del bien que dejas. 
¡Mísero yo, que en la amorosa guerra 
No tengo, como tú, fuerza segura 
45 Del triste recelar que el alma aterra! 

Tú fundaste tu amor en piedra dura; 
Yo en blanda cera, á do fortuna puede 
Imprimir fácilmente otra figura. 
Si amas, de tu fe tal fe procede, 
50 Que las raíces della á sola muerte 
Poderlas arrancar se le concede. 

¡Mísero yo, que me ha cabido en suerte 



Alargalia á mi mal dulce y suave» 
Con quien suele vivir contenta y leda. 
40 Bien sé que me dirás en un tan grave 

Dolor me sea consuelo la osadía, 
La culpa de la cuál mi pena lave. 

Yo lo baria así; mas la porfía 

Del ansia enamorada no me deja 

45 Lugar para acoger tal compañía. 

Deseo saber de tí, cuando una queja 
De un dulce imaginar te desvanece, 
Si está el alma do suele, ó si se aleja. 

Yo creo que se va, como parece, 

50 En aquel desmayar de los sentidos, 

Que la contemplación los enternece. 

Mientras que están asi casi dormidos, 



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— 40 — 

Arar el mar, sembrar en el arena, 
Cuyo fruto en llorar se me conviertel 
55 No digo yo que no es mayor la pena 

Que del perdido bien da la memoria 
Desesperada del en tierra ajena. 

Mas siéntesla templada con la gloria 
De la prenda que Amor quiso que fuese 
6o Firme seguridad de su victoria. 

Querría obedecerte, si pudiese, 
Y de lo que preguntas contestarte, 
Si tanta libertad mi mal me diese. 

Pero ¿cómo podré, dime, contarte 
65 Lo que siente el sentido embarazado. 
Tan rico de dolor, tan pobre de arte? 

Mas tú, que alguna vez has ya probado, 



Ciertas palabras oyen sonorosas, 
Qxie aun me suenan ahora en los oídos. 
55 Visiones ven los ojos deleitosas, 

Angélicas costumbres y primores, 
Cuan dulces de mirar, tan peligrosas. 

Aprieta en este punto el mal de amores, 
Y el alma no sé á donde se derrama, 
60 Dejando sólo el cuerpo en sus sabores. 

Hallóme así vencido en esta cama, 
Ó campo de batalla, y más honrado 
Que el más victorioso y de más fama. 
Y con un pensamiento enamorado 
65 Que destruye mil otros pensamientos, 

Esto en mi soledad acompañado. 

Pues sabes lo que hacen dos momentos, 



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— 41 — 

Aunque corriendo por el paso estrecho 
En que yo, sinventura, he tropezado, 
70 Mete la mano en el llagado pecho; 

Mira cómo te ha ido en esta feria, 

Y quedarás del mío satisfecho. 

Tu llanto, de que está tan llena Iberia, 

Y el río por tus lágrimas famoso, 
75 Mostrarán en dibujo mí miseria. 

jQué te puedo decir de aquel rabioso 
Fuego que me arde, si diciendo poco, 
Dórida me tendrá por sospechoso! 

Pues hacerte entender lo que yo toco, 
80 Pintarte con palabras mi tormento, 
Sería presunción de más que loco. 

;Qué te puedo decir del mal que siento. 



De un sabroso pensar por experiencia, 
No te diré yo aqui sus sentimientos. 
70 Si á dicha dieses hora de licencia 

Para leer las cosas que aqui digo, 
Darás algún alivio á tu dolencia. 
A mi Diana pongo por testigo, 
Que mi corazón tiene, cuánto siento 
7 5 Pensar cómo te tratas de enemigo. 

Creo que te dará contentamiento 
El haberte traído á la memoria 
Lo mesmo que te suele ser tormento. 
La beldad de tu ninfa, aquella gloria 
80 Que las béticas ondas han gozado 

Cuando cantabas á su sóii tu historia. 
Soltando allí las riendas al cuidado, 



n-6 



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— 4^ - 

Si no basta á entender, por su graveza, 
Una parte el más alto entendimiento? 
85 Si es verdad que el quejarse es gran bajeza, 

Mira, pues, qué será contarte agora 
Tan particularmente mi tristeza. 

De los males pasados al de agora 
Hay, Iberio, la misma diferencia 
90 Que del que ríe al que su muerte llora. 

Yo no me quejo, nó, del mal de ausencia; 
Poca seguridad me desbarata; 
É.sta me acaba el seso y la paciencia. 

Ya no es deseo, nó, quien me maltrata; 
95 Ni mi cuidado es más el que solía. 

Un temor es el que me aflige y mata. 

No me da pena ya la fantasía 



En el silencio de la noche obscura, 
La dejarías correr más desmandado. 
85 El dulce imaginar en tu tristura 

Era alivio á tu mal, mientra templaba 

Con la contemplación tu desventura. 

Con esto tu ganado se apartaba, 

Y por incultos bosques y asperezas 
90 Perdido sin pastor se desmandaba. 

Decias que en tus fuertes estrechezas 
Tenias por reparo el pensamiento, 
Que de alto miraba tus bajezas. 

Pasabas al Autor del firmamento; 
95 Contemplabas las cursos celestiales 

Y del tercer planeta el movimiento; 
Mirabas los sucesos de tus males, 



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-- 43 — 

Con la contemplación; mas un recelo 
El dulce imaginar de mí desvía. 
100 No tanto mar, ni tanta tierra y cielo, 

Puestos en medio, afligen mi sentido; 
Del sospechar me nace el desconsuelo. 

La memoria del bien ya poseído 
No me duele; mas ¡ay! ¿Quién me asegura 
105 De nuevo poseedor introducido? 

De aquí nace ¡oh Pastor! mi desventura: 
Temo y no sé de qué, ni por qué tema. 
¡Mira hasta dó llega mi locura! 

Ha dado ya el sentido en esta tema, 
1 10 Y entre los males que hora me rodean, 
Este más se señala, éste se e xtrema. 

Cuando unos van, los otros me saltean: 



Nacidos en la fuente del recelo, 
En tus ojos mostrar graves señales. 
100 Cuando la tierra esconde el negro velo, 

Mirabas ya al venir la bella aurora, 
Cuya beldad te daba algún consuelo. 

En sus cabellos de oro á tu pastora 
Pintabas con el alma, y de su cara 
105 Decias que robó sus flores Flora; 

Y que en aquellos ojos asentara 
Su silla aquel tirano y su artificio, 
Y que de alli tu muerte derivara. 
Dejando el contemplar, al ejercicio 
I lo Pasabas cuando el sol más clara lumbre 

Muestra, tornando Clicie al triste oficio. 
Los prados visitabas y alta cumbre, 



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— 44 - 

Este sólo está firme y sin mudarse, 
Y hace que los demás más graves sean. 
1 1 5 Mas quien osó atreverse á desterrarse, 

A su propio querer haciendo fuerza, 
¿De quién, sino de sí, puede quejarse? 

¿De qué fiaba yo contra la fuerza 
De Amor? ¡Mísero yo! ¿De qué fiaba? 
1 20 ¿En qué mi corazón loco se esfuerza? 
Aquellas perlas que el dolor sacaba 
De sus ojos ¡ay Dios! en mi partida, 
¿Qué mayor bien partiendo procuraba? 
¿Cuál victoria más alta y más subida 
125 Fuera, que en el ligarme aquellos brazos. 
Sin desear más bien, perder la vida? 
Allí muriera yo hecho pedazos 



Las selvas, y los bosques y arboledas, 
Tu triste suspirar puesto en costumbre. 
1 1 5 Las flores que pisó Dórida, ledas 

Te parecían estar, y que mirando 
Las aguas su beldad, se estaban quedas. 

Los ríos que entre piedras murmurando 
Corrían, te alteraban, de celoso, 
1 20 Que se quejasen della sospechando. 

Si algún árbol más alto y más sombroso 
Entre otros vías estar, quedabas luego 
De que amase á tu ninfa temeroso. 

Arder en encendido y vivo fuego 
125 Te parecían las fuentes claras, puras, 

Y que de tu dolor hiciesen juego. 

Parecíate escrito en sus honduras: 



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— 45 - 

Cuando pensé partir, pues no bastaron 
A detenerme tales embarazos. 
1 30 Las lágrimas que allí se derramaron 

Me hicieron en parte asegurarme, 
Y á Dórida las mías consolaron. 

Hasta agora, que, viendo ya faltarme 
El manjar de la mísera esperanza, 
135 Me rompen el seguro, por matarme. 

Bien sé que desta poca confianza 
La ninfa mía se ofende, mas no puede 
A tanto aventurar poner templanza. 

Alguna vez me esfuerzo y con denuedo 
140 Reprehendo mi propia cobardía; 

Mas tengo ya dentro del alma el miedo. 

Tal vez quiero engañar mi fantasía; 



«Vandalio, la beldad que se bañaba 
Aquí, dará aquí fío á tus tristuras». 
1 30 Tu alma á la visión crédito daba, 

Y con hervor de limpia fe salido, 
Á los cristales líquidos hablaba: 

«Aguas, que tanto bien habéis tenido, 
Por cuyo acatamiento yo no os toco, 
135 Decidme: ¿qué sentis, si habéis sentido.^ 

Bien sé que le tendréis á aquel por loco 
(Jue se atreve á cerrar tan gran misterio 
En un entendimiento flaco y poco. 
¡Oh tú, alma real, digna de imperio, 
1 40 Que en estas claras ondas te espejabas 

Y vias todo el bien deste hemisferio! 

No puede ser qué entonces no alababas 



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1 



- 46 - 

Digo que es gran error pensar tal cosa; 
Mas ¡ay! que el no pensar mayor sería. 
145 Pintóla con el alma algo piadosa 

De mi dolor, mas el terror cobarde, 
Ó me la muestra airada, ó desdeñosa. 

De aquí viene que el grave fuego que arde 
Mis entrañas, se aviva y desespera 
I 50 Del socorro que ya llegará tarde. 

Véola agora blanda, agora fiera; 
Siempre me está presente, y no me admiro 
Sino que nunca está de una manera. 

De noche la contemplo, el día la miro, 
1 5 S Ora hablo con ella, ora la llamo, 
Ora ruego, ora lloro, ora suspiro. 

Muéstrole mi dolor; juro que la amo; 



Cuan claro tuve en ti el conocimiento, 
Puesto que por lo menos te enojabas.» 
145 Aqui te desviaba el sentimiento; 

Ya faunos ya los sátiros mirando, 
Aliviabas un poco el pensamiento, 

Tu celebrado Betis contemplando, 
Reclinado sobre urna muy copiosa 
Ko Que de juncos la estaba coronando. 

Por la ribera fértil, verde, umbrosa, 
Vías 'as ninfas del en mil labores, 
Cada cual con la suya andar cuidosa. 
xVquellos altos versos en amores, 
155 Por tí en ardientes fuegos fabricados 

Y escritos en cortezas por pastores; 
Y aquellos tus cantares celebrados 



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- 47 -- 

Finjo que m e responde y que se agrada 
Del llanto que á su causa hora derramo. 
1 6o Ora está alegre, ora se muestra airada, 

En mil formas la pinto, y de hora en hora 
La veo y torno á ver, si está mudada. 

Viene el sueño, tal vez con el aurora; 
Póneme en posesión de una riqueza; 
165 Que es poco t:uanto el mundo en sí atesora. 

Mas no quiere el Amor que en tanta alteza 
Dure soñando el bien mi pensamiento; 
Mas que despierto torne á su tristeza. 

Llega en esto el dañado sentimiento 
1 70 De la imaginación falsa, burlado, 
Y líbrame la paga en el tormento. 

¡Ay, pena desigual, mísero estado! 



Por Calíope en citara apolina, 
Náyades los cantaban por los prados. 
1 60 ¡Dichoso aquel que á tanto bien destina 

El cielo, y más dichoso ha de llamarse 
Quien á tan alto vuelo el hado inclina! 

Tu amas, y quien ama es de excusarse, 
Pues amando en lugar que se merece, 
165 Á lo más imposible ha de obligarse. 

A punto sé que llegas do se ofrece 
De nuevo rehacer el sufrimiento, 
Porque el mal á la causa se pfeirece. 

Asentaste tan hondo el fundamento, 
I "O Tan alta fabricaste tu quimera, 

Que estoy temblando acá del escarmiento. 

Hizote Amor, Vandalio, de una cera 




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- 48 - 

Que todo sería poco, si pudiese 
Hacer tregua una vez con mi cuidado. 
175 Ó que si del temor sólo viniese 

Como solía venir, y deseando 
Sólo el dolor de ausencia me doliese. 

¡Mísero yo! ¿Qué digo, qué demando? 
Puesto todo su bien en aventura, 
1 80 ¿Cómo no temerá quien vive amando? 

La prometida fe no me asegura, 
Y sé que es poquedad dudar en esto; 
Mas ordénalo así mi desventura. 

Enmedio estoy de dos contrarios puesto; 
185 Sé que debo esperar, mas la sospecha 
Ya de desesperar ha presupuesto. 

Nada de cuanto pienso me aprovecha; 



Que imprime en sí la efigie que le place, 
Y déjate asi estar con la primera. 
1 7 5 Efectos son aquellos que en ti hace 

Que algunas veces sueles escribirme, 
Con que el Amor su fuerza más rehace. 
El deseo y temor quieres que afirme, 
Que suben remontados muy iguales 
1 80 Y mueres por les dar un medio firme. 

Si pesas la graveza de tus males, 
Mide asimismo aquella de tus bienes. 
Si en amores se sufren medios tales. 

Y asi al temor que en esa igualdad tienes 
185 Agravio no harás en reformalle, 

Cuando contra el deseo te detienes. 
Alabo tu temor sólo en erial le 



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- 49 - 

Que siempre he de quedar más alcanzado 
Al rematar la cuenta tan estrecha. 
190 El bien que, como sueño, es ya pasado. 

Si es que alguno me pone el alma en cuenta, 
Amor, pues, sabe bien si lo he pagado. 
Las horas del placer me representa 
Agora en el pesar, y en el descargo 
195 Con todo mi dolor no se contenta. 

¿Qué diré, pues. Iberio, en un tan largo 
Destierro, en una ausencia tan penosa. 
Que al triste padecer no quede en cargo? 
No basta la más alta y dulce prosa 
200 Del más alto pastor, de más estima. 
Para escribir mi vida trabajosa. 

Mira cómo podrá tan baja rima 
Pobre ingenio contalla á tí, que tocas 
Del sacro monte la más alta cima. 
205 Tristezas grandes y alegrías pocas. 



Con el comedimiento su enemigo, 
Que hace merecer poder dejalle. 
190 Y pues te trata Amor tan como amigo, 

Siendo de condición tan inhumana, 
Haz que quiera hacer treguas conmigo, 
Ó muestre su valor con mi Diana. 

Esta epístola de Urrea ha sido impresa en Gallardo, tomo 2.'* colum- 
na.433, notándose algunas variantes con el texto del códice de Álava, 
que es el que hemos seguido. Al mismo Urrea dedicó Cetina unas es- 
tancias V el soneto 141 de esta colección. 

ir-7 



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^ 50 - 

Poca seguridad, temor, recelo, 
Falsa imaginación, sospechas locas: 

Éstas causan, Pastor, mi desconsuelo; 
Déstas nace mi mal; de aquí deriva. 
2IO Viva infelice, pues permite el cielo 
Que tu Vandalio en tal miseria viva. 

VI. 

(A.foI.lSn.) 
A LA PRINCESA DE MOLFETA (i) 

El triste prisionero que, inocente 
De alguna culpa que le habrán opuesta. 
Con gran rigor atormentar se siente, 

Viendo que su inocencia no le presta, 
5 Ni vale su verdad á ser creido, 

Y que el tormento injusto le molesta, 

Tiene por menos mal decir que ha sido 
Autor de la maldad que se le opuso, 
Que ser de mil tormentos afligido; 
I o Así yo, atormentado y más confuso, 

Señora excelentísima, de aquellos 
Que no creer verdad tienen por uso, 

Viéndome ya traer por los cabellos. 



(i) Véase la nota del soneto XXX, tomo r, pág. 32. 



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— 51 - 

Ante vos he pensado confesarme 
1 5 Y decir cuanto les negara á ellos. 

Y, pues, vuestra excelencia quiso darme 
Ayer tanto favor, con agradarse 
De saber mi pasión para ay udarme, 
No haría el deber, si no mostrase 
20 Mi verdad sola á vos, que al mundo niego 
La honra que yo gano en publicarse. 
En gran ociosidad, en gran sosiego 
Mi vida tal cual es pasar solía. 
Envuelta en un suave antiguo fuego, 
25 Cuando por ocuparla fantasía 

En ejercicio honesto y virtuoso 
Y para divertir el alma mía, 

Propuse, de atrevido y de curioso, 
Un lauro cultivar que había plantado, 
30 Casi á la par cruel cuanto hermoso. 

No me forzó el destino, el cielo, el hado: 
Antes fué arbitrio libre y voluntario. 
Luengamente de mí considerado. 
Quise probar así si con un vario 
35 Cuidado, otro del alma aflojaría. 

Curando el viejo ardor de su contrario. 

Entretanto, la bella planta mía, 
Con mi solicitud siempre creciendo, 
Las raíces más firmes extendía. 
40 Yo, en tanto, cultivándola y poniendo 

VA bastón de mi fe do se arrimase, 



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- 52 — 

Me iba dulcemente entreteniendo. 

Y aunque el cuidado nuevo no bastase 
Para estirpar del alma otro mal fiero, 
45 Bastó para que del me descuidase. 

Érame así el trabajo más ligero, 
Mientras el tiempo el lauro me ocupaba 

Y un olmo que plantado había primero. 
El cual, si no crecía y se alzaba 

50 Más alto, era que el lauro nuevo puesto 
El humor de mis ojos le enjugaba. 

¡Ay, Dios, qué confusión, qué pena desto 
Sentía el corazón, casi adivino 
Del mal que me debía venir tan presto! 
55 Víame desviar del buen camino, 

Por seguir una senda obscura, estrecha, 
Sujeta la razón al desatino; 

Vía ya el alma casi sierva hecha, 

Y cultivando un árbol ternezuelo, 
60 Armarse de temor y de sospecha. 

«Mira por donde vas, — decía el recelo: — 
No pongas tanto amor en. nueva planta. 
Pues no sabes, al fin, qué hará el cielo. 

«Mira que tanta fe, mira que tanta 
65 Solicitud harán que se levante 

Tan alta como el olmo se levanta. 

«Y aquel nuevo trabajo no te espante; 
Espantarte debría la memoria 
Que del primero ardor tienes delante. 



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— 53 — 

yo »¿No miras que es dudosa la victoria, 

Habiendo contra tí dos enemigos, 
Que cada cual por sí querrá la gloria? 

>¿Piénsaste ansí esconder de tus amigos;? 
¿Piensas ansí olvidar aquel cuidado 
7 5 De que has dado en escrito mil testigos? » 
Por otra parte, víame prendado 
De la beldad del lauro ya crecido. 
De la verdura del mal engañado. 
Víame de su sombra recibido, 
8o Llegando á descansar tan blandamente 
Cuanto del olmo fué ya recogido. 
Víame señalar entre la gente, 

Y que los otros árboles mostraban 
Envidia de mi bien si me consiente. 

85 Otros agricultores, que criaban 

Árboles excelentes, vi jurarme 
Que el bien que yo alcanzaba no alcanzaban. 
Esto bastó. Señora, á trastornarme, 

Y en cultivar la planta mía hermosa 
90 Con todos los sentidos ocuparme; 

No para que del olmo la sabrosa 
Memoria se olvidase ó se perdiera, 
Mas para resfriarme alguna cosa. 

Mas ¿quién fuera, Señora, que se viese 
95 En el grado en que yo entonces me vía, 
Que lo mismo que hice no hiciese? 

Vi el lauro más blando cada día, 



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— 54 — 

Julia lo sabe bien, y prometerme 
Por ventura más bien que pretendía. 
lOO Porque mientra pensaba entretenerme 

Y pasar, mientra ansí lo regalaba, 
Las horas que pudiese ocioso verme, 
No sólo la guirnalda que esperaba 
De sus hojas tejerme prometía, 
105 Mas de premio mayor me aseguraba. 
Así me sustentaba; así vivía 
De grandes esperanzas, de las cuales 
Salieron ciertas más que yo pedía. 
Con estas, los cuidados desiguales 
1 10 Que del olmo tenía, poco á poco, 
P2n parte, de aflojar daban señales. 

Lo que yo siento desto y lo que toco. 
Disimular por mi vergüenza quiero; 
Que por la pena es cuerdo, al fin, el loco. 
115 Y por tornar donde quedé primero. 

Llegó á tanto. Señora, mi locura. 
Que puse en condición mi fin postrero. 

En este tiempo quiso mi ventura 
Que de la bella planta me ausentase, 
1 20 Dejándola, aunque grande, mal segura. 

;Quién la vio en mi partir, que no pensase 
Que era imposible ya ser arrancada. 
Ni que el viento jamás la trastornase.^ 
Mas la beldad del lauro y la malvada 
125 Fortuna me hacían, por utra parte, 



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-- 55 — 

Recelar que me había de ser robada. 

Sábelo Amor con cuánta astucia y arte 
Procuré en el partir aseguralla; 
Que la sospecha es propia del que parte. 
1 30 Mas si en algún estado no se halla 

Firme seguridad, ¿cómo podría, 
Siendo planta movible, conservalla.^ 

Al fin, partí, Señora, y por la vía 
Llorando dije veces mil al cielo, 
135 Con ansia que del alma me salía: 

«Señor, si un limpio amor, un puro celo. 
Una sincera fe y amor honesto 
Valen para impetrar gracia en el suelo, 

iHaz que el lauro, que ya en el alma he puesto 
140 Las raíces, conserve en tal firmeza, 

Que no pueda moverse ansí tan presto. » 

Con cuál error lo dije y cuál tristeza. 
Amor lo sabe bien, que me escuchaba, 
Y reía quizá de mi simpleza. 
145 El tiempo, que la ausencia me alargaba, 

Entre la guerra envuelto y sus fijrores, 
Amor sabe cual fué, cuál lo pasaba. 

Diré bien un error, que en mis errores 
Quizá ha sido el mayor que pudo ausencia 
I 50 Transformar mi cuidado en mal de amores. 

Llegué casi á no ver la diferencia 
Entre el olmo y el lauro, estando ausente: 
Hasta aquí llegó el mal desta dolencia. 



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1 



- 56 - 

El olmo que mi alma firmemente 
1 5 5 Sus raíces tenía mejor echadas, 

Sintió la ofensa bien deste accidente. 

¡ Ay, Dios, qué luengas fueron las jornadas! 
Al ir, más que al volver, deste camino, 
¡ Ay, cuánto eran más luengas y pesadas! 
1 6o Creció tanto el temor mi desatino, 

Que cosa no bastó para alegrarme, 
Por ser ya de mi mal hecho adivino. 

Llegué, al fin, al lugar donde holgarme 
Con la vista del lauro había pensado, 
165 Y del temor pasado asegurarme. 

Hallé el jardín do lo dejé plantado. 
Solo estéril, .sin él, inculto, extraño, 
¡Como si allí jamás hubiera estado! 

Cual la madre que siente, por engaño, (sic) 
1 70 De los brazos quitar hijo querido, 

Queda después que ve claro el engaño. 
Tal quedé yo. Señora, y más corrido, 
Por lo que ya del olmo sospechaba. 
Que por haber el lauro ansí perdido. 
175 No sin grande razón me recelaba 

Los días, ¡triste yo! que estaba ausente. 
Puesto que su valor me aseguraba. 

La pena que del hurto el alma siente 
Trajo consigo un bien para alegrarse; 
1 80 Que es el desdén de aquel que se arrepiente. 
Digna era su beldad de cobdiciarse; 



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— 57 — 

Mas ^'quién no sabe que el mudar terreno 
Hace el primer valor menoscabarse? 
Vaya, pues, del favor hinchado y lleno 
185 Aquel que lo robó, que un viento espero, 
• Y veráse cual yo del lauro ajeno. 
El árbol es en sí fácil, ligero, 

Y ansí como en cualquier terreno prende. 
No será á trasponerse éste el postrero. 

190 Si el lauro, con decir esto, se ofende, 

Excúseme con él vuestra excelencia; 
Que el fuego de menor causa se enciende. 
No soy tan sin saber, tan sin prudencia, 
Que más de lo que he dicho no he callado 
195 Y querido vencer con la paciencia. 
Yo volveré, Señora, á mi cuidado 
Antiguo, do agradezcan mi tormento, 

Y el lauro mudará como ha mudado: 
199 Porque quien hace un yerro hará ciento. 



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- 5« - 
Vil. 

^B. A. de S. i8o-33yfol. 241. — M. /?., Add. 20'jgo, niínt. 42.) 
FILIS A DEMORÓN (i) 

Filis de Tracia á Demofón de Athena 
Desea, riñe, llama y del se queja, 
Por ver si puede así exhalar su pena. 

Aquel que así morir sola la deja, 
5 Por premio de haber sido regalado, 

En esta casa de la cual se aleja. 

El tiempo prometido es ya pasado 
lín que había de tornar esa importuna 
Nave al puerto donde eres deseado. 
10 Antes que los dos cuernos de la luna 

La mostrasen redonda ni cerrada, 
Prometiste volver, sin falta alguna. 

Cuatro veces la he visto ya menguada, 
Y cuatro veces llena, y sin tormenta, 
1 5 Naves de Atena aquí hacer jornada. 

Si así contases como esta alma cuenta, 
Los días de la ausencia y tu tardanza 



(i) Es traducción de la Heroida II de Ovidio, Phyllis Dentó- 
^hoonti\ que comienza: 

Hospila, Demophoon, tua te Rhodopeia Phyllis 
Ultra promissum tempus abesse queror. 



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— 59 — 

No me harían vivir tan descontenta. 
Ciega de amor, la mísera esperanza 
20 Fué tardía en creer tales extremos, 
Haciendo de tu fe más confianza. 

Mas ¡ay! que aquellas cosas que entendemos, 
Más tarde, cuando ofende el ser creídas. 
Son las que los amantes más creemos. 
25 ¡Cuántas mentiras claras conocidas 

He dicho yo á mí mesma, procurando 
Tus culpas encubrir, de mí sabidas! 
Al proceloso Noto iba culpando 
Que tus velas forzaba y detenía, 
30 Cuando menos furor iba él mostrando. 
A Teseo mil veces maldecía, 
Que del partir licencia no te daba.... 
¡Mira qué culpa en tu tardar tenía! 
Que no fuese un día recelaba 
35 La nave entre las ondas espumosa 

Mientra en las suyas Hebro te gozaba. 

¡Cuantas veces, ay Dios, entre estas cosas 
Rogué por tu salud, mientras tú, ingrato, 
Sano, doquier que estás hora reposas! 
40 Volviendo sobre mí, dezí algún rato: 

• Si está sano, ya viene; y pues, viniendo, 
¿Por qué lloro, por qué me aflijo y mato?» 

El amor, Demofón, iba fingiendo 
Cuantas cosas se oponen juntamente 
45 A las que se apresuran atendiendo. 



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_ 6o — 

Las causas, como amante diligente, 
Buscaba, y las excusas de excusarte. 
Mientras fuiste en volver tan diligente. 

Ni el juramento basta revocarte, 
50 Ni el castigo de Dios nada recelas. 

Ni basta tanto amor para ablandarte. 

Mas ¡ay! que si te escondes y te celas, 
Es porque en el partir, pérfido, diste 
Al viento las promesas y las velas. 
55 Y así de entrambos me lamento, y, triste, 

Dellas, que te debrían haber traído; 
De tu fe, que faltó, pues no veniste. 

Ingrato, dime: ¿en qué te he ofendido; . 
¿Qué culpa cometí, si ya no es culpa 
60 Haberte mucho más que á mí querido? 

Pues si tu desamor mi amor inculpa. 
Con éste había pensado merecerte, 
Dando el mesmo pecado por disculpa. 

Una grave maldad encarecerte 
65 Quiero, que hallo en mí, la cual me acusa, 

Y es dejarme obligar sin conocerte. 
Mas ésta, si es maldad y no la excusa 

Amor, tiene apariencia, aunque sea poca. 
De virtud que en razón no se rehusa. 
70 ¿Qué es de la fe, traidor, que yo, de loca, 

Creí.^ ¿Qué es de la ley, qué es de la mano, 

Y el Dios tan puesto en esa falsa boca? 
¿Qué es de Himeneo, prometido en vano? 



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^ 6i -- 

¿Qué es de aquel firme ñudo y sacramento 
75 Que se te hace de romper liviano? 
Por el mar me hiciste juramento; 
Por tu agüelo Neptuno, el cual allana 

Y amansa el mar cuando lo turba el viento. 
Y por Venus, si ya no es cosa vana; 

8o Por las saietas fieras de Cupido, 

Que no han en mí dejado cosa sana. 
Por Juno, que tan grande diosa ha sido, 

Y por Ceres, á quien siempre ser suele 
El sacrificio místico ofi'ecido. 

85 Pues si á alguno de tantos dioses duele 

.La ofensa, ;qué será de tí, cuitado. 
Que aun esto más conviene que recele? 

Yo, mísera, tu nave he aderegado; 
Yo la rehice, yo para en que fijese 
90 Quien me había de olvidar de mí alejado. 
Yo los remos le di con que huyese 
De mí; yo también hice, ¡ay pena cuánta! 
Las armas con que á mí sola hiriese. 

Tus lágrimas creí... ¿Quién no se espanta? 
95 ;Es posible que lágrimas sean parte 
Para disimular con fuerza tanta? 

Es cierto que en las lágrimas aparte, (sic) 

Y que, según del hombre es el intento. 
Las esconde y las muestra y las reparte. 

100 Tus palabras creí, tu juramento 

Creí, porque además de haber jurado,* 



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— 62 — 

El que ama cree y no teme el movimiento. 

No me duelo de haberte así aceptado 
En mi puerto, en mi casa, aunque pudiera 
105 Este mérito ser mejor pagado. 

Mi dolor es ¡ay, Dios!- que no debiera. 
Ya que te di posada, darte el lecho 
Conyugal, ni al creer ser tan ligera. 

No debiera llegar el simple pecho 
lio Al tuyo lleno, de maldad compuesta, 
En simular amor tan diestro hecho. 

Pluguiera á Dios... Más, ¡ay! que poco presta. 
Viera la noche de antes yo mi muerte; 
Muriera Filis y muriera honesta. 

1 1 5 ¡Mísera, que esperaba merecerte! 

Mi esperanza venida de marido 
Era justa, pues justo era el quererte. 

;Qué gloria, Demofón, piensas que ha sido 
Burlar una doncella que creía 
1 20 Ser verdad todo cuanto habías fingido.^ 

Tanta simplicidad no merecía 
Castigo, mas favor; yo, moza amante. 
Déjeme persuadir; que no debía. 

Si esta tenéis por gloria, en este instante 

1 2 5 Suplico á Dios la suma de tu gloria 

Sea esta y la que más adelante. (sic) 

De tu padre y hermanos sé la historia 
De sus famosos hechos divulgada, 
Y de tí quedó sólo esta memoria, 



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- 63 - 

I 30 Kl caso de Scirón, y la nombrada 

Muerte del cruel Sini, y la del hombre 
Ó fiera que del toro fué engendrada. 

La victoria de Teba el mundo asombre 
Y los muertos centauros, los caídos 
135 Palacios de aquel dios de escuro nombre. 
Y tras de tantos títulos sabidos, 
En tu imagen, que entre ellos sea metida, 
Se muestren estos versos esculpidos, 
f El cruel Demofón que á la vencida 
140 Filis engañó, al cual había entregado, 

Con su reino, su honor, su alma y vida. » 

Entre tantas hazañas que han pasado 
Por tu padre, la burla sola creo 
De Ariadne en tu mente haya quedado 
145 Y que sólo en un caso sólo feo 

Le has querido imitar, porque parece 
Que excusa su maldad la que en tí veo. 

Ariadne está bien y no carece, 
Como yo, de marido, y los atados 
1 50 Tigres la alzan en alto cual merece. 

Mas los Traces, de mi ya despreciados. 

Me desprecian ahora por habellos, 

Por amar un extraño, desechados. 

Vayase ahora Atenas, dice entre ellos 

1 5 5 Alguno; no vengamos á la prueba 

Que la armígera Tracia rijan ellos. 

El fin del hecho es el que el hecho aprueba; 



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^ 64 - 

No tengan fin los hechos del que ordena 
Á los hechos poner esta ley nueva. 
1 6o Si te viesen venir, tal me condena 

De mala provisión, por mi desgracia, 
Que dirán que ha sido honesta y buena, 

Pero ni tú vendrás, ni tanta gracia 
Los dioses me darán, que vea en mis días 
165 Ese cuerpo lavar agua de Tracia. 

La sombra del temor que te partías, 
Antes que te partieras por matarme, 
Se junta agora á las miserias mías. 
¿Cómo osaste, cruel, pues, abrazarme 
170 Y á mi cuello tener gran tiempo atadas 
Tus manos, y con tanto amor besarme? 

Que fuesen con mis lágrimas mezcladas 
Tus lágrimas, rogando á Dios que fuera 
En guía y en favor de tus jornadas. 
175 Osásteme decir, ¡ay! quien muriera 

Entonces, cuando ya te despediste, 
Philis tu Demophón que parte espera. 

Que espere á tí, cruel, que te partiste 
Para jamás volver la vela ingrata 
1 80 Que, negado mi puerto, al viento diste. 
Y lo que más me aflige y me maltrata 
Es pensar que vendrás solo faltando; 
Del tiempo el tiempo es solo el que me mata. 
¡Ay, sinventura yo! ;qué esto esperando.^ 
185 Tienes ya otra mujer y si no es esto 



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- 6s - 

Nuevo amor de tu amor está gozando. 

¿Es cierto, Demofón, qué así tan presto 
Has olvidado á Filis, y que vea 
Filis su nombre ya en olvido puesto? 
1 90 Si procuras saber Filis quién sea, 

Sábete, Demofón, que aquélla es cierto 
Que amándote te llama y te desea. 

Aquella que te dio posada y puerto 
En Tracia, cuando aquí fuiste traído, 
195 Del mar tan maltratado y tan desierto. 

Aquella por quien fuiste socorrido 
En ta necesidad; la que, de grado. 
Cuanto se puede dar te ha concedido. 

La que á tí sometió su honra y estado: 
200 El reino de Licurgo, el cual no puede 
Por seso de mujer ser gobernado. 

El reino que al helado Hemo concede 
Al rodope llegar alto y sombroso 
Donde Hebro sagrado al mar procede. 
^05 Y, lo que es de sentir más doloroso: 

Ésta es la que te dio su flor más pura. 
Dada con triste agüero y trabajoso. 

Aquella á quien ligó casta cintura 
Tu mano burladora, á quien ninguno 
210 Pareció merecer tan gran ventura. 

Tesifone en lugar vino de Juno 
Al lecho, y nocturna ave hizo el canto, 
Con enojoso .son triste, importuno. 



11-9 



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- 66 - 

Alecto, con llorar digno de espanto 
215 De pequeftuelas sierpes, fué presente 
Al acto para mí lloroso tanto. 

La lumbre, á lo demás correspondiente, 
Fué encendida de hachas funerales, 
Para que en todo hubiese inconveniente. 
220 P2n tanto, ¡oh Demofón! con tantos males 

Voy pisando estas rocas espantosas, 
Mirando mil agüeros y señales. 

Yo miro si la tierra, entre otras cosas, 
Se seca, y si en la noche fría, helada, 
225 Las estrellas están claras y hermosas. 

Qué viento mueve el mar miro cuitada; 
Si vela veo, pienso que tú eres, 
Y corro á la marina apresurada. ' 
Viendo que no eres tü, ni venir quieres, 
230 Me hace el corazón, ya de sí ajeno. 
En los brazos caer de mis mujeres. 

Á guisa de arco hace el mar un seno 
Aquí, y al cabo del se muestra en alto 
De precipicios y de muerte lleno. 
235 De allí he querido ya hacer un salto 

lín las ondas inquietas de contino, 
Y, cuando á saltar voy, de valor falto, 

Pero yo lo haré, yo lo adivino. 
Con esperanza de ir en tu ribera; 
240 Que á un muerto el mar ic enseñará el camino. 
Insepultada así de esta manera. 



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- 6T - 

Te me pienso poner cruel delante, 
Por ver si mover puedo esa alma fiera. 
Esa alma, más dura que el diamante, 
245 Más dura que tí mesmo, y afligido, 
por ventura dirá á la triste amante: 

«jOh Filis! no debiera ser seguido 
Desta manera yo.» Yo, muerta y fría, 
De allí iré al paso del eterno olvido, 
250 El alma, que partir de mí porfía. 

Ora el veneno escoge, ora la espada, 
Ora la vía del mar, ora otra vía; 

Ora pienso anudar mortal lazada 
Al cuello, y dar así la recompiensa 
255 Á mi honor, con mi muerte apresurada. 

La muerte anda escogiendo el modo y piensa 
Hacer presto elección; que es infinito 
El dolor que me causa estar suspensa. 
Tu nombre, como tú, duro, iafinito, 
260 Perpetuo quedará en mi sepultura. 
En la cual se verá también escrito: 

cÁ Filis Demofón la muerte obscura 
Dio en premio del amor más limpio y sano. 
Olvido, ingratitud y suerte dura 
265 La hicieron buscar muerte temprano » 



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— 68 — 
VIII. 

(1>,A. de S., 33-i8o,/ol. 220.— M. B., Adl. 2oygo, núm. 42.J 
EN ALABANZA DE LA COLA Ó RABO (i) 

Pues en el golfo grande de la cola, 
Hermosísima Inés, queréis que meta 
Mi pluma, vos seréis mi musa sola. 

La gente popular, de mal discreta, 
5 Dirá que es cosa baja ésta que alabo, 

Y vos, que la más alta y más perfeta. . 

A vos digo, Seíiora. ¿Estáis al cabo? 
No entendáis por la cola algún engrudo: 
Cola digo, la cola, y désta el rabo. 
10 Por Dios, de puro miedo helado sudo. 

Pensando que el furor á ello me lleva. 
Siendo de ingenio torpe, extraño y rudo. 

No sé por qué quisistes hacer prueba, 



(i) Impresa en Gallardo, tomo 2.", col. 440. 

Parece ser que en algunos códices, que no he podido examinar, por 
ignorar cuáles sean y en dónde paran, se atribuye esta epístola á don 
Diego Hurtado de Mendoza. A sostener esta opinión se inclina mi 
docto maestro el Sr. Menéndez y Peluyo, en su libro Horacio en Espa- 
ña^ tomo I, pag. II. A Mendoza se han atribuido multitud de obrab 
que no le pertenecen, y así, por ejemplo, en el ms. de la Biblioteca Na- 
cional, M. 223, se incluye la famosa carta de Ijs Catar riberas, de Eu- 
genio do Salazar, entre las obras del docto D. Diego. 



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- 69 - 

Señora, de un tan flaco entendimiento, 
1 5 En materia tan alta, honda y nueva. 

Si el lugar de la cola os da contento. 
Si tanto deseáis verla alabada 

Y que tanto loor no lleve el viento, 
Otra pluma mejor y más limada 

20 Debríais buscar: no la pequeña 

Mía, en bajo sujeto acostumbrada. 

Mas si la habilidad vuestra le enseña 
Algún primor, si dentro en sí la tira. 
Deshacer su poder su fe os empeña. 
25 Venus, que por la cola arde y suspira, 

Supla, pues, de la pluma ahora la falta. 
Que por vos á exaltar la cosa aspira. 

La materia es en sí difícil y alta; 
Tal, que pensando en ella, ansí escribiendo, 
30 Se me extiende y altera y sobresalta. 
Pero, porque venir al caso entiendo. 
La cola digo que es cosa preciosa. 
Como con argumentos lo defiendo. 
La cola es al mirar baja y hermosa, 
35 Pompa del que la trae y ornamento, 

Y juntamente honrada y provechosa. 
Tiene la cola un apacible asiento, 

Jurisdicción por sí tan elevada, 
• Que es parte de mayor contentamiento. 
40 Es la cola una cosa tan preciada, 

Que no es tan sólo propia de animales. 



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~ 70 — 

Mas de los dioses ya también fué usada. 

Ved los signos celestes ó señales 
Escorpión, Capricornio, Tauro, Leo, 
45 Aries, Piscis, y aun otros principales. 
De los doce, los más con cola veo; 

Y aun pienso que la Virgo la tuviera, 
Si Jove concediera su deseo. 

Ved, Señora, también cuál pareciera 
50 Aquel Cauda-Draconio espantoso, 
Si derribada como muía fuera. 

Ved á Júpiter, viejo y lujurioso, 
En mil diversas bestias transformarse 
Por parecer con cola más hermoso. 
5 5 Las cometas que suelen señalarse 

Pronosticando cosa antes que sea, 
Con cola las veréis siempre mostrarse. 

Las cabrillas, con cola, y Amaltea, 

Y el cornudo cabrón debajo tiene 
60 Cola, porque sin ella es cosa fea. 

Los caballos del Sol ved si conviene 
Que la tengan, al menos, el verano. 
Cuando el tábano fiero á morder viene. 

Cola tenía la vaca que el villano 
65 Pastor guardaba á Juno, que robada 
Le fué después y suspirada en vano. 

Y de la penitencia que fué dada 
Á Argos, vemos agora su figura 
En una cola de pavón mudada. 



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- 71 ^ 

JO La águila que robó la hermosura 

Que Jove quiso hacer cosa divina, 
Con cola se nos muestra en su pintura. 

Pues en el carro allá de Proserpina, 
Colas tienen las sierpes que la tiran, 
75 Cola el celeste rayo que camina; 

Las palomas de Venus, si las miran. 
Colas tienen, y colas los pavones 
De Juno, que á mayor beldad aspiran. 
Allá en los caduceos, los dracones 
8o Que en él están revueltos, colas tienen, 
Mercurio sabe bien por qué razones. 

I^ mayor Ursa y la menor nos vienen 
Con las colas alzadas, desmostrando 
Que son más frías harto que convienen. 
85 Si el cielo queréis ver, considerando, 

Hallareis, si se da fe á los poetas. 
Que tiene allí la cola el mayor bando. 
Mas bajemos del cielo á las secretas 
Moradas del infierno, y hallaremos 
90 Con colas sus pinturas más perfetas. 

Si algún demonio dibujar queremos, 
La cola y cuernos son ciertas señales; 
Ni sin cola diablo alguno vemos. 

La culebra, que fué de nuestros males 
95 Principal ocasión, cola tenía; 

Cola tienen las Furias infernales. 
Cola tiene Cervero, y no hay harpía 



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Que no tenga su cola aguda y luenga; 
Mas sin cola un demonio, ¿qué sería? 
ICO No quiero que el infierno me detenga; 

Mas pues del y del cielo hemos hablado, 
Bien es que á la región del aire venga. 
Ningún ave veréis, si habéis notado, 
Que no tenga su cola, ni sin ella 
105 Natura las hubiera al mundo dado. 
Pues bajad á la mar; veréis en ella 
Tantas diversidades de pescados 
Mostrar su cola cada cual más bella. 
Los chicos y los grandes extremados 
1 10 Todos con cola son, la cual los hace 
Más sueltos, más ligeros, más osados. 

Y aun del pece, el que del se satisface, 
Dice la cola ser más sana y buena 
Que lo demás, y al gusto más aplace. 
1 1 5 Ved agora la tierra, y verla heis llena 

De animales con cola, que sería 
Quererlos escribir perder la vena. 

Mirad los turcos, y hallareis hoy día 
Que usan traer la cola de un caballo 
1 20 Por ornamento y grande gallardía. 

Voy buscando si acaso animal hallo 
Sin cola, y hallo, al fin, sólo la mona. 
Que de risa no puedo ahora contallo. 
Dice un doctor que, por ganar corona 
125 De sabio. Satanás la mona hizo, 



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-- 73 - 

Pensando que formaba una persona. 

Mas viéndola salir tan mal hechizo, 
Arrepentido quiso dehacella, 
De que la mona mal se satisfizo. 
1 30 Y viendo que el demonio iba á asir de ella, 

Por pegalle una cola, entendió luego 
Que, por bestia ser, él lo ha de ser ella. 

Por lo cual fué corriendo y en el fuego 
Puso entrambas las nalgas, y asentada 
135 En las brasas se estuvo con sosiego. 

Viendo el demonio, al fin, que en carne asada 
No podía pegar, la cola arroja. 
Sacudiendo á la mona una puñada 

De las que sabe dar cuando se enoja, 
140 Tal que perdió la habla, y de tal suerte. 
Que nunca más habló, ni se le antoja. 

Llega la mona al punto de la muerte, 

Y allí quedó arrugada y amarilla 

Y el cuero de las nalgas duro y fuerte. 
145 Divulgóse después la maravilla, 

Y puesto que la mona no lo cuenta, 

En el vientre nos muestra hoy la mancilla. 

Tornemos á la cola. Ved qué afrenta: 

Con ella nace el escorpión mordiendo; 

I 50 Después^ la de la sierpe, si es sangrienta. 

Mirad la lagartija que, en muriendo, 

La cola que le fué cortada, dura 

Dos horas revolviéndose y bullendo. 

11-10 



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— 74 — 

La mayor obra fué que hizo Natura; 
155 Y en la cola que dio á los animales 
Mostró su providencia y su cordura. 

A los hombres, por ser más principales, 
Se la puso delante, y puso en ella 
Más fuerza de virtudes naturales. 
1 60 A la mujer, tan delicada y l?ella, 

No quiso poner cola; mas que fuese 
Su ansia principal la guarda de ella. 
Por esta causa quiso que tuviese, 
Según dicen algunos, un secreto 
165 Lugar do la guardase y escondiese. 

De aquí nació el amor, porque, en efeto, 
Amor no es otra cosa que un deseo 
De dalle á nuestras colas un receto; 

Puesto que dice un libro en que ahora leo, 
1 70 Que en las guerras civiles que pasaron 
Antes que hubiese mundo, había ya reo. 

Así unos de los otros se apartaron, 
Que jamás en la paz después pudieron 
Juntarse cada par, ni se juntaron. 
175 En esta fiera guerra se partieron; 

Que si la hembra y el varón agora 
Son dos, entonces uno solo fueron. 

Pegados dicen que nacían. Señora; 
Y por aquel lugar mesmo pegados 
1 80 Que andándose á buscar se pegan hora. 
l>an, como perdices, pareados; 



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- 75 - 

Macho y hembra, una cosa; y cada uno 
Era mitad de otro separados. 

Pasado de la guerra el importuno 
185 Furor, cada mitad vuela y procura 
Su mitad, que hallar puede ninguno. 
El un medio quedó, por aventura, 
Con la cola pegada al apatrarse, 

Y el otro con la funda horrenda, obscura. 
1 90 Y así, á una mujer veréis juntarse 

Con un hombre hoy y otro mañana, (sic) 

Y es que desea con su mitad toparse. 

No os digan que es lujuria, ni que es gana 
De no sé qué: que sólo anda buscando 
195 La cola por tener su funda vana. 

Por lo cual, mientras anda así buscando 
Su mitad cada cual, para proveerse 
De su cola y no andalla mendicando. 
Quisieron por señal casi ponerse 
200 De la demanda en que andan peregrinas, 
Las colas que en las suyas pueden verse. 

En las guerras terrestres y marinas 
Dicen que iba la cola al enemigo, 
Cuando van las escuadras muy vecinas. 
205 Ved, pues, en un caballo aquel castigo 

* Que en la cola le hacen si babea, 

Y diréis que es mejor que lo que digo. 
Si un caballo sin cola es cosa fea, 

Decidlo vos, y sea rocín de caza 



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- 76 - 

210 Ó algún otro animal, cualquier que sea. 
¿No habéis visto, Señora, la picaza 
Con la cola cubrirse y defenderse 
Del mejor gavilán de mejor razar 

Mas ¿qué digo? ¿No veis también coserse 
215 Ó enjerille la cola á los halcones, 
Que sin ella no saben qué hacerse? 

Y, porque viene ansí sobre razones. 
Una mujer sé yo que viendo un día 
Enjerillas á dos esmerejones, 
220 Dijo: «Diga, Señor, ¿no me sabría 

Enjerir una á mí, que me durase 
Cuanto podrá durar la vida mía?» 
Yo le dije que sí, si se obligase, 
Mientras se la pegaba, á estarse queda, 
225 Que no se revolviese ó menease. 

¿Qué cosa se verá jamás que pueda, 
^ Igualarse á un pavón enamorado. 
Cuando la bella cola pone en rueda? 

¿No habéis visto algún hombre confiado 
230 De su cola, en mostrándola á una moza, 
Tener el pleito ya por acabado? ■ 

No es la cola animal de toda broza; 
Antes cosa gentil, regocijada. 
Que juega, que se mueve y alboroza. 
235 Ved, pues, del avestruz si es estimada 

La cola, y si hay bravo que quisiese 
Andar sin ella más que sin espada. 



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— n — 

¿Qué sería del gallo si estuviese 
Sin colar ¿Quién mató faisán alguno, 
240 Que en el sombrero no se la pusiese? 
Si no temiese seros importuno, 
Milagros de la cola os contaría. 
De que está el inorante vulgo ayuno. 
El doctor Villalobos dijo un día 
245 Al conde que murió de Benavente, 
Viendo que estaba malo y no comía, 

Trayéndole una trucha allí al presente: 
♦ Comed la cola de ésta, que es muy sana; 
Digo, la cola es buena solamente. » 
250 El Conde comenzó á reir de gana. 

Del hacer diferencia de la cola 
Al cuerpo, cosa al parecer liviana. 
Disputóse la causa, y sustentóla 
Contra el Conde el doctor, como letrado, 
255 Y con una razón le venció sola. 

Dijo que todo miembro ejercitado 
Era sabroso más, menos dañoso, 
Y tanto sano más cuan más usado. 
Oyólo acaso un paje malicioso, 
260 Y atravesóle un triunfo de trasmano, 

Con que quedó el doctor menos donoso. 

Dijo: «Señor doctor, en el verano 
Una cola de un asno ejercitada 
En amoscar, ¿será bocado sano? 
265 De la extraña pregunta y avisada 



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1 



- 78 - 

Quedó, el señor doctor harto corrido 
Y su opinión por fuerza condenada. 

Mil veces creo, Señora, habréis oído: 
«Subió sobre la cola el jerifalte 
270 Súbito que la garza en alto vido.» 

Quiere decir que aunque más vuele y salte, 
No puede algún halcón subir derecho 
Cuando de su valor la cola falte. 

Mirad un cazador un turco hecho, 
275 Si con la cola al viento un lance hace, 

Porque va con zozobra y con despecho. 

Si el amor ó el temor á un can aplace 
Mostrar, y si su gozo mostrar quiere. 
Con la cola lo muestra y satisface. 
280 No está airado el león mientras no hiere 

Su cuerpo con la cola; pero cuando 
La mueva, huya del el que lo viere. 

Mil cosas, mientras una estoy pensando. 
Se ofrecen que decir, y en el decillas 
285 Unas á otras vanse embarazando. 

Mas ;quién sabrá decir las maravillas 
De la cola, que vos, cuya memoria 
Hoy hace dar risadas y cosquillas? 

Vos, que de tantas colas tanta gloria* 
290 Supistes alcanzar, á vos, Señora, 
Toca darle la palma y la victoria. 

De cómo se defiende la traidora 
Raposa con la cola entre los canes 



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- 19 - 



Pensé yo decir más que digo agora. 
295 Si no basta, decid á mil galanes 

Que tenéis, cuya cola os regocija, 

Que empleen en loalla sus afanes. 

Bien sé que es mala noche y parir hija 

Todo lo que he alabado, pretendiendo 
300 Hacer que con el nombre se corrija 

El que vos entendéis como yo entiendo. 



IX. 

(A.foU 23 SJ 
A LA PRINCESA DE MOLFETA (1) 

Señora excelentísima, proficiat 
La hija, que aunque sé que llego tarde, 
Pienso que no seré mal recibido. 
Acá nos ha cabido á todos parte 
Deste contentamiento, y á mí solo 
Sin duda mucho más que á todos juntos, 
Porque amo y debo más solo que todos. 
El príncipe está bueno, y tan contento, 
Que, de sentirlo dello, estamos todos, (sic) 



(i) Véanse los sonetos 30 y 34 y la espístola 6. 



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— 8o — 

10 Dicen que se irá presto; Dios lo haga 
Como yo lo deseo, y si hay alguna 
Allá que con un amen no me ayude, 
Possio vederla dil su amor ausente'. 
De hombre que con servir tiene gran cuenta 

15 Yo no quiero perder las ocasiones. 
Podría ser llegar allá de noche. 
Cansados, muy lodosos y hambrientos, 

Y sé que hallaremos puesta en orden 
20 La cena, y que será vuestra excelencia 

La que lo tendrá todo proveído. 
Pero porque de acá van mil golosos, 

Y la razón también que lo requiere, 
Será bueno hallar olla podrida, 

25 Porque, según filósofos de estómago. 
Es la cena mejor hora de invierno. 
Vuestra excelencia mande hacer una, 
Que tenga tantas cosas diferentes 
Cuantas aquí serán puestas en lista. 

30 Búsquese lo primero tan gran olla, 

Que quepa en ella todo, quede espacio. 
Para poderla menear, que baste; 

Y si tal no se halla, allá en palacio 
De don Jorge harán una excelente, 

35 Salvo si no querrán del Coradino 

Hacer una que baste á diez conventos. 
Meterán, lo primero, toda entera, 
Pues cada parte es buena, y toda junta. 



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— 8i — 

La señora Lucía, y con aviso (i) 
40 Que miren que la olla no se pegue 

A ella, puesto que es muy despegada. 
Esta será señora de la olla, 
Principal fundamento y mejor parte. 
Pero porque ha de ser olla podrida, 
45 Que ha de tener mil géneros de cosas. 

De buenas y mejores y notables. 
De cosas delicadas y groseras. 
Testuces, manos, pies, orejas, lenguas, 
Tasajos, y tocino, y carne seca, 
50 Repartiráse así desta manera: 

Un tasajo echarán de Juan del Río, 

Y no dos, porque es carne de tinelo; 
Ni aun creo que tendrá para uno sólo. 
Pondráse más de la condesa Laura (2) 

55 Los ojos, de que tiene el sol invidia, 

Y unas sofrenadillas con que suele 
Darse cuando saluda á media carta. 
Pondrán de la señora doña Elena 
La hermosa presencia, que no basta 

60 Con aquel andar grave de su hermana; 
El testuzo del músico que tañe 
En la cámara, pongan con antojos. 



(i) Véase el soneto 214 /í un lacayo muerto debajo del carro en 
que iba Lucia Harriela. 

(2) Véase el soneto 121. 

ll-ll 



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-- 82 — 

Que serán menester para comelle. 
De la señora Bárbara Visconte 
65 Pondrán cierto guiñar, ciertos meneos, 

Y aun de la mitad destos hagan salsa, 
Que bastará hacer comer los muertos, 

Y guárdese la suya á sant Bernardo. 
También pueden poner della la lengua, 

70 Que es singular bocado, y si no agrada 
Dénmelo toda á mí, que yo lo acepto. 

Y del príncipe de Áscoli se ponga (i) 
La blanca lagartija de la gorra. 

Sin el mote que á torno la rodea. 
75 También quiero. Señora, que se pongan 
Un pecho de Vitella genovesa 
(Vuestra excelencia ha visto si es hermoso), 

Y la mitad de la condesa Livia, 

Pues no dará mal gusto á nuestra olla. 
80 ¡Cuerpo de mí, que ya se me olvidaba 

Lo mejor de la olla y más sabroso! 

De la duquesa moza un dico atia (sic) 

Ponga, que vale más que algunas piensan. 

De la señora Claudia todo es bueno, 
85 Pero baste poner sola la boca. 

De la hermosa presidente el cuello, 

Y de la Laura de Limé las manos. 
Los melindres pondrán y damerías 



(i) Véase la nota del soneto 17. 



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- 83 ^ 

De una señora moza toledana; 
90 Y, si no caben todas, una parte 

De la más bella Hipólita se ponga: 
La bellísima boca solamente, 

Y cómala su padre, pues no hay otro 
Que merezca manjar tan delicado. 

95 Y si querrán poner lengua salada, 
Tan salada que nadie se la coma, 
La señora Violante dé la suya, 
Que envuelta con sus manos será buena. 
Mas, porque serán muchos los de mesa, 

100 Pónganse de otras damas otras partes, 
Que tienen singulares y hermosas. 
De carne salvajina es bien que pongan 
En nuestra olla podrida alguna parte, 
Como, será decir, ambas las piernas 

105 De Camila Balarza, que las pinto 

Con la imaginación, que serán tales. 
. Tres ó cuatro doncellas de Violante, 
Una de la señorapresidente, 
Tres de vuestra excelencia, con la enana, 

lio Querría que pusiesen en la olla. 

Por que tengan de todo y para todos. 

Y porque, al fin, tal viene que tal quiere, 
P2s bien que pongan mil diversidades 
De cosas mil; diversas sabandijas. 

1 1 5 Mas ;dónde me dejaba el más sabroso 
Bocado? Medio baile de la antorcha, 



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- 84 - 

Bailado entre don Jorge y la Vitella. 
Por nabos, ajos, berzas y cebollas, 
Pongan de Vigolín mil desatinos, 

1 20 Que es cosa que en la olla se requiere. 
Y si quieren poner cosa de puerco. 
Del capitán Martín medio tocino 
Podrán poner y un poco de ternilla. 
Pero de su mujer quiero que pongan 

1 25 Dos ó tres villanescas, y los ojos 

Del ciego que cantar suele en tenores. 
La sal de toda nuestra olla podrida. 
El sabor más perfecto y más sabroso, 
Será vuestra excelencia solamente, 

1 30 Y la que dé la gracia y el buen gusto. 
Lo demás que en la olla paresciere 
Que se debe poner, va remitido 
Sólo á su voluntad, con que las puestas 
No falten de ponerse; que nosotros 

135 No faltaremos^de ir, bien deseosos 
De comer tan hermosa olla podrida. 

En Vigeve, 24 de Abril 1 545 años, (i) 



(1 ) Creemos que debe ser la población italiana de Vigevano, donde 
en Marzo del siguiente año murió el Marqués del Vasto, hecho que re- 
ferimos, en la ñola de la página 20 del tomo i,"como ocurrido en Milán, 
donde fué sepultado aquel procer. 



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- 85 - 
X. 

(A.fol.Jió.) 

Señora, ya el dolor no me consiente, 
Ni la razón que tiene de quejarse 
El alma, que no diga lo que siente. 

Confusa entre el temor de aventurarse, 
5 Y en la ansia de contarte su tomento, 

Ha estado sin saber determinarse, 

Hasta agora que el triste sufrimiento. 
Vencido del dolor, ante tí viene. 
Temblando del doler del escarmiento. 
I o No sé cuál de los dos más me conviene: 

Ó callar lo que siento, ó descubrillo. 
¡Triste del que en tal duda se detiene! 

La vergüenza que siento hora en decillo, 
Amor sabe cuál es; mas ¡ay! que es suerte, 
1 5 Cuanto es mayor la pena, descubrillo. 

No sé cómo conviene ó cómo acierte 
A decirte mi mal, que, en comenzando, 
No guste el trago triste de la muerte. 

Ya tú, Señora, vas adivinando, 
20 No lo que digo, nó, mas lo que quiero 
Decirte, en verme andar titubeando. 

Fuerza ha sido de Amor, tirano fiero; 
Contra él no basta ley, fe, ni firmeza 
De amante, ni lealtad de caballero. 



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— 86 - 

25 Villanía no fué, no fué flaqueza 

Mudar de voluntad, mas fué el mudarme 
Pasar de un alto grado á más alteza. 

¿Quieres, pues, Amaríllida, culparme? 
¿Sientes tú lo que Dórida debría 
30 Sentir, por ella nó, mas por matarme? 

Verdad es que mudé la fantasía; 
El objeto mudé, mas no la pena: 
Hora muero por tí; por ella ardía. 

Rompió el Amor, Señora, la cadena 
35 Que ató mi libertad nueve ó diez años; 
A morir en la tuya me condena. 

¡Cuan segura estarás que no hay engaño 
En palabras tan claras, pues confieso 
La culpa de mis males tan extraños! 
40 Tú sabes, Amaríllida, el proceso 

De mi pasado ardor; que sólo en esto 
Y en amarte no tuve el hado avieso. 

Si fué limpio mi ardor, si ha sido honesto, 
Si secreto guardé, si firme ha sido, 
45 Júzgalo tú, que está en tus manos puesto. 

Si á Dórida, Señora, yo he servido, 
Si la adoraba este alma que te adora, 
Tú lo sabes, que sólo lo has sabido. 

Podríasme decir aquí, Señora: 

50 « (O 

(i) Falta este verso en el ms. de Álava. 



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^- »7 - 

Si no amabas, tampoco amas agora. 

» Y no quiero creer que no la amases, 
Ni que, si fueran falsos tus amores, 
Diez años de dolor disi^nulases. 
55 ,»Pero quiero creer que sois traidores 

Los hombres y que tú, por excusarme. 
Das hora á tu traición esos colores. » 

Si á Dórida he yo amado, ;á qué ocuparme 
En tornallo á decir? Si eran ficciones, 
6o Tü has dicho lo que basta á disculparme. 

No pueden, no, olvidarse las pasiones 
En el alma arraigadas, fácilmente; 
Mas puédenlas templar las ocasiones. 

Dórida está en mi alma así presente 
65 Como estuvo jamás, mas de tal arte, 
Á nuevo poseedor cede y consiente. 

No está olvidada, nó, salvo, que en parte*. 
Viéndote en su lugar tirana hecha. 
Parece que se enoja y que se parte. 
70 Vive en mi alma Dórida en sospecha 

Que, al fin, ha de quedar sola contigo, 
Porque para las dos es casa estrecha. 

Y en las verdades que sin premio digo 
Puedes ver, Amaríllida, que tanto 
75 Temo tu saña más que mi castigo. 

Queda que agora satisfaga á cuanto 
Puedes de mí dudar ó recelarte, 
Si el amarte hora yo te causa espanto. 



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— 88 -. 

Si alguna vez te has puesto á contemplarte, 
8o Vete cual yo te vi, cual yo te veo: 
Verás que causa tuve para amarte. 

De aquí nació £l amor, del el deseo, 
Del deseo el cuidado, y del la pena; 
De la pena el tormento en que me veo. (sic) 
85 Tu beldad, de que va pomposa y llena 

De gloria nuestra edad, tuvo la culpa, 
Y es la beldad tu parte menos buena. 
Pues si tu hermosura me disculpa, 
Si está tan manifiesto mi descargo, 
90 Quién me debe absolver, ¿por qué me culpa? 
Demás de tu beldad, campo tan largo 
Para hartar de dulces pensamientos 
Mi alma, otras mil cosas te dan cargo. 
Los regalos, ios buenos tratamientos, 
95 Tu dulce conversar, y tus blanduras, 
Han sido la ocasión de mis tormentos. 

Tus burlas y tus juegos, tus dulzuras, 
Los favores con arte descuidados, 
Han sido la ocasión de mis locuras. 
ICO Los dulces tratos entre nos pasados. 

Por tu parte en descuido, han de la mía 
Sido sola ocasión de mis cuidados. 
Juróte con verdad (y no debría 
Decirla, pero ya mi desatiento 
105 Ni te puede mentir ni acertaría) 

Que si el primer ardor me da tormento, 



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^ 89 - 

Si del todo no está de mí olvidado, 
Ha sido un no sé qué que de tí siento, 
Que me hace vivir desconfiado. 



XI. 

ni. A. de S., 33-fSo, fol. 215.— B, N.-Q, 2i,foL 72$ y M, 223,— 
M, B,^ Add. 207 go, núm. 42.) 

LA PULGA (I) 

Señor compadre, el vulgo, de invidioso. 
Dice que Ovidio escribe una elegía 
De la Pulga, animal tan enojoso. 

Y mienten, que no fué ni es sino mía; 
5 Notada de invención, mas traducida 

De cierta veneciana fantasía, 



(i) Impresa en Gallardo, tomo 2.0, col. 437. 

El códice de Sevilla y el de Londres atribuyen esta epístola á Cetina; 
los de la Biblioteca Nacional á D. Diego Hurtado de Mendoza. El doc- 
tor William I. Knapp, la insertó como de este último en el tomo XI de 
]a Colección de libros españoles, raros ó curiosos, Madrid, 1877, afir- 
mando en una nota que es imitación del Capitolo del Pulice, de Ludo- 
vico Dolce, célebre poeta veneciano. 

D. Juan Luis Estelricb, doctísimo colector de la Antología de poetas 
líricos italianos, traducidos en verso castellano, Palma de Mallorca, 
1889, la copia también como de Mendoza. 

Nótanse algunas pequeñas variantes entre los textos de Gallardo y 
Knapp. Seguimos en esta impresión el primero de aquéllos, que se ajus- 
ta al códice sevillano. 

11-12 



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^ gó - 

Y, mutatis inutandis^ añadida; 
Porque la traducción muy limitada 
Suele ser enfadosa y desabrida. 
I o ¡Oh Pulga esquiva, fiera y porfiada, 

Enemiga de damas delicadas, 
Tú que puedes saltar cuando te agrada! 

¡Quién tuviese palabras tan limadas 
Bastantes á decir de tus maldades 
1 5 Fierezas memorables señaladas! 

Tú haces pruebas grandes y crueldades, 
Y aun creo que tú sola entre animales 
Sabes más que la mona de ruindades. 

Haces atrevimientos, ¡y qué tales! 
20 Dejas amancillada una persona, 
Que parecen de lepra las señales. 

Por tí el más cuerdo, en fin, se desentona; 
Vives de hu mana sangre, y siempre quieres 
Comer, á misa, á vísperas y á nona. 
25 Entre nosotros vas, y eres quien eres. 

Siempre á nuestro pesar, y no hay ninguno 
Que se pueda guardar cuando le hieres. 

No sabemos de tí lugar alguno; 
Ni eres fi*aile, ni abad, ni monacillo, 
30 Ni hembra, ni varón, ni apenas uno. 

Eres una nonada, eres coquillo. 
Eres un punto negro, y haces cosas 
Que no osaran hacer en Peralvillo. 

Das tenazadas ásperas, rabiosas, 



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_ 91 - . 

35 Al rey como al pastor, al pobre, al rico, 
Y al príncipe mayor enojar osas. 

Picas, no sé con qué, que todo es chico: 
¡Dejárasnos, al menos, en picando. 
Como deja el abeja el cabo y pico! 
40 Esté el hombre durmiendo, esté velando. 

Tú sin temor y sin vergüenza alguna 
Lo estás con tus picadas molestando. 
El simplecillo niño está en la cuna, 
La delicada monja allá en el coro, 
45 Y á todos tratas sin piedad alguna. 
No tienes reino, cetro ni tesoro; 
Mas hartaste de sangre de cristianos, 
Que no lo hace un perro, un turco, un moro. 
Ni se ríen de tí los cortesanos, 
50 Mostrando el pecho abierto entre las damas. 
Los hígados ardiendo y los livianos: 

Pues tü, malvada, enmedio de sus llamas, 
Los haces renegar y retorcerse, 
Pudiéndolos tomar allá en sus camas. 
5 5 ¿Hay hazaña mayor que pueda verse 

Que el ver al más galán, si tú le cargas. 
Perdiendo gravedad, descomponerse? 

Traidora, si te agradan faldas largas, 
¿Por qué dejas los frailes religiosos.^ 
60 ;Por qué no los molestas y te alargas? 

Que sus bocados son los más sabrosos: 
Allí me las den todas; tus denuedos 



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^ 92 - 

Allí pueden hacer tiros dañosos. 

Si por tomarte van los hombres quedos 
65 Cuando piensan que estás dentro en la mano, 
Con un salto te vas de entre los dedos. 

El que piensa engañarte es muy liviano; 
Porque vuelas sin alas, más ligera 
Que pensamiento de algún hombre vano. 
70 Una razón, una palabra entera 

Sueles interrumpir, mientra, durmiendo, 
Te muestras insolente, airada y fiera. 
¡Ay, pulga! á los alanos te encomiendo; 

Y aun esto que decir de tí me resta, 
75 A bocados me vas interrumpiendo. 

Pues no os he dicho nada de la fiesta 
Que pasa, si se os entra en una oreja! 
Allí es el renegar; mas poco presta. 

Allí va susurrando como abeja, 
80 Méteos en el celebro una tormenta. 

Cual debéis ya saber, que es cosa vieja. 

Mas entremos ¡oh pulga! en otra cuenta, 

Y no te maravilles si me ensaño; 

Que no es mucho que el hombre se resienta. 
85 Dime, falsa, cruel, llena de engaño, 

;Cómo osas tú llegar á aquel hermoso 

Cuerpo de mi Señora á hacer daño? 
Mientra el sueño le da dulce reposo. 

Presuntuosa tú le estás mordiendo, 
90 O vas por do pcnsallo apenas oso. 



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— 93 — 

¡Qué libremente estás gozando y viendo 
Aquellos bellos miembros delicados, 

Y por do nadie fué vas discurriendo! 
La cuitada se tuerce á tus bocados; 

95 Mas tú, que vas sin calzas y sin bragas. 
Entras do no entrarán los más osados. 

No puede haber maldad que tú no hagas; 
Pero eres pulga, y sea lo que fuese, 
¡De cuál envidia el corazón me llagas! 
lOO Parezca mal á aquel que pareciese. 

Yo quisiera ser pulga, y que con esto 
Me tornase á mi ser cuando quisiese. 

Porque en aquella forma no era honesto. 
Ni pudiera agradar á mi Señora. 
105 Ni á mí, y me quedara hecho un cesto. 
Lo que fuera de mí contemplo agora, 

Y siento de dulzura deshacerme 

Y aun tal parte hay en mí que se mejora. 
Lo primero sería luego asconderme 

1 10 Debajo de sus ropas, y en tal parte, 
Que me sintiese y no pudiese verme. 

Allí me estaría quedo, y, con gran arte. 
Miraría aquel cuerpo delicado 
Que de rosas y nieve se reparte. 
1 1 5 ¡Qué tal estaría yo, disimulado. 

Gozando agora el cuello, agora el pecho. 
Andando sin temor por lo vedado! 
Un sátiro, un priapo estoy ya hecho, 



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— 94 — 

Pensando en aquel bien que gozaría 
1 20 Viendo que ya dormida se iba al lecho. 
¡Cuáft libremente, qué á placer vería 
Todas aquellas partes, que, pensando. 
Me enderezan allá la fantasía! 

Pero quien tanto bien fuese mirando, 
125 ¿Cómo podría estar secreto y quedo. 

Que aun agora, sin serlo, estoy saltando? 

Mas pusiérame seso, al fin, el miedo, 
Y hasta que saliesen las criadas. 
Que aun esperar, pensándolo, no puedo. 
1 30 En sintiendo las puertas bien cerradas, 

Dejando aquella forma odiosa y fiera. 
Siguiera del amor otras pisadas. 

Tornárame luego hombre, y no cualquiera, 
Mas un mozo hermoso y bien dispuesto, 
135 Robusto dentro; muy galán de fuera. 

Llegara muy humilde ante ella puesto, 
La boca seca, la color perdida, 
Ojos llorosos, alterado el gesto. 
Dijérale: «¡Mi alma, entrañas, vida! 
140 Yo me muero por vos más há de cuanto; 
No dejemos pasar esta venida. » 

Pero, por no causar algún espanto. 
Antes queja hablara alguna cosa, 
Escupiera ó tosiera allí entretanto. 
145 Ella, más atrevida y maliciosa 

Que muía de alquiler, entendería 



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_ 95 -- 

Por las señas, y el texto por la glosa. 
Allí era el desparlar la parlería, 

Y el afirmar con treinta juramentos 
1 50 Que era todo verdad cuanto diría. 

Pintárala mayores mis tormentos 
Que la torre que el asno de Nembrote 
Comenzó con tan vanos fundamentos. 

No la hablara con furor y al trote, 
1 5 5 Antes grave, piadoso y afligido, 
Porque no me tuviera por virote. 

Dijérale: «Señora, yo he venido 
Aquí; solos estamos, sin que alguno 
Lo vea, ni jamás será sabido. 
160 f Yo soy mozo y vos moza. No hay ninguno 

Que nos pueda estorbar que nos holguemos; 
El tiempo y el lugar es oportuno.^ 

Mostrara gran pasión; hiciera extremos. 
Suspiros, pasmos, lágrimas, cosillas 
165 Con que suelen vencerse, como vemos. 

Si la viera sufrir tales cosquillas 

Y callando mostrar que lo otorgaba. 
Allí fuera el hacer las maravillas. 

Mas si airada la viera y que gritaba, 
1 70 Tornándome á ser pulga en un momento, 
Del peligro mayor me aseguraba. 

Allí fuera, ver su desatiento. 
Cuando llegara gente á socorrella, 
Quedarse amortecida y sin aliento. 



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^ gÓ - 

Í75 Mas siendo, como es, tan sabia ella, 

Antes quiero creer que tan segura 
Ocasión no quisiera así perdella. 

Que no es honestidad, sino locura, 
No gozar hembra el bien que está en la mano, 
180 Sin poner vida y honra en aventura. 

Pero yo os voto á Dios, compadre hermano. 
Que si la mi señora no callara, 
Que no fuera el dar voces lo más sano. 
Porque ya podéis ver si recelara 
185 Tornándome á hacer pulga, y si pudiera 
Asentalle diez higas en la cara. 

Siendo pulga, debajo me metiera 
De las ropas, y como un bravo y fiero 
León, todaá bocados la comiera. 
190 Entrárale en la oreja lo primero; 

Hiciérala rabiar, y por nonada 
Entrara en parte.... Ya en pensarlo muero. 
Tuviérala despierta y desvelada; 

Y apenas hay en ella alguna cosa, 
195 Donde no le asentara una picada, 

Y ella, que es tan soberbia y enojosa, 
Mal sufrida, colérica, impaciente, 
Fuera harto de verla así rabiosa. 

Viendo que tuvo la ocasión presente, 
200 No habiendo de dormir, para holgarse, 

Y que así la perdió súbitamente. 

iQué hiciera de torcerse y de quejarse! 



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- 97 — 

^•Pues quizá dejaría de picalla? 
Ni por verla llorar ni lamentarse. 
205 ¿Hallarme por el rastro, ni esperalla 

Si viniera á tomarme? Era excusado: 
Yo sé bien cómo había de molestalla. 

Mas, compadre, ¿no veis dó me ha llevado 
El cuento de la pulga, y lo que ofrece 
210 Un pensamiento á un triste enamorador 
'Esta contemplación, que así parece 
Cual tesoro que el duende á veces muestra, 
Ó riqueza que en sueños aparece. 

No penséis, pues, Señor, por vida vuestra, 
2 1 5 Que estoy fuera de mí ni desvarío. 
Porque será opinión algo siniestra. 

Pasóme la corriente, y como el río 
Sigo tras el correr que así me fuerza, 
Como quiere el perverso hado mío.... (i) 



(1) Asi termina esta epístola en Gallanlo. En otros códices se aña- 
de este verso: 

Haciendo que á una parte y á otra tuerza. 

En el códice de la Nacional, Q. 21, concluye así: 

Entretanto, esta pulga anda y se esfuerza 

Picándome y está ¡el diablo! puesta 

Allí do la Belona há mayor fuerza; 

¡Ved cuánto es atrevida y deshonesta! 

II-i:{ 



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^ 9« - 
XII. 

{A,foL 7H,) 
AL PRÍNCIPE DE ÁSCOLI (i) 

Señor, más de cien veces he tomado 
La pluma y el papel para escribiros, 
Y tantas no sé cómo lo he dejado. 

Y no os maravilléis, porque son tiros 



(i) Publicado por D. Adolfo de Castro en el tomo xxxn de la Bi- 
blioteca Rivadeneyra. 

En la nota del soneto XVir, tomo i, pág. 22, hablamos de la amis- 
tad de Cetina con el Principe, también poeta y llamado Lavinio en el 
lenguaje arcádico de aquella época. 

Hernando de Acuña dedicó á este mismo personaje un soneto, im- 
preso entre sus poesias, y que copiamos: 

DAMÓN 

Lavinio, al comenzar de mi cuidado 
Vi que á mi perdición iba derecho; 
Pero juzgué tal daflo por provecho, 
Y asi lo hubieras tú también juzgado: 

Por do el amonestarme es excusado. 
Que, aunque me pone ausencia en gran estrecho, 
Lo que piensas que sufro á mi despecho, 
Contento lo padezco y de mi grado: 

Que si Amor deste mal quiere que muera. 
No me podrá quitar que éste no sea 
Remedio de mis males, y el más sano; 

Porque tras haber visto á Galatea, 
;Qué bien podrá igualarse al que peí diera 
En no padecer muerte de su mano? 



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— 99 — 

5 Que del pasado mal de los amores 

Quedaron en lugar de los suspiros. 

Ya no canto, Señor, por los temores 
Que solía cantar; ya mudo verso; 
Ya se pasó el furor de los furores. 
I o Un modo de escribir nuevo y diverso 

Me hallé, poco há, para holgarmc, 
Y por huir del otro tan perverso, 

Solía cantar de amor y desvelarme, 
Andar fantasticando mil dulzuras, 
1 5 Que paraban después en degollarme. 
Yo no escribo. Señor, delicaduras; 
Escríbalas quien es más delicado; 
Yo soy loco y me agrado de locuras. 
Ya no pretendo más ser laureado; 
20 Antes por solo el nombre tomaría 

De andarme sin bonete y trasquilado. 
Pasáis, Señor, por la desgracia mía. 
Como vino entre burlas á mudarse 
El nombre de que tanto yo huía. 
25 Vaya fuera Satán; no ha de tratarse 

Cosa sin lauro aquí, como taberna; 
Que en todo ha de meterse y demostrarse. 

Tornando, pues, Señor, á la moderna 
Manera de vivir, digo que estamos 
30 Como le place á aquel que nos gobierna. 
Paz y salud hay más que deseamos, 
Mil cosas que comprar, pocos dineros, 



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— 100 — 

Aunque tantos, que basta que vivamos. 
Las damas, al amor, los caballeros, 
35 Andan hechos tasajos; yo me río, 

Que si yo no lo soy, son majaderos. 

Anda, Señor, tan flaco Juan de Río, 
Que es una compasión, porque su dama 
Ha apostado con él cuál es más frío. 
40 No viene á la ciudad, y desta trama 

Temo no ha de quedar al tristecillo 
Más de la sola voz con que le llama. 

Baste del galán flaco y amarillo 
Lo dicho; de otro gordo y rubicundo 
45 Diré, que os holgareis vos más de oillo. 
Don Manuel va sin luto y tan jocundo. 
Que solo es el galán de los galanes. 
¿Queréis que diga más? Que triunfa el mundo. 
El premio no sé yo de sus afanes 
50 Cuál es mas; sé os decir que muestra el juego 
Por ganado en las muestras y ademanes. 

Diréis que yo no veo y que estoy ciego; 
Que no puedo dar fe; mas yo me atengo 
A que no sale luz donde no hay fuego. 
5 5 Don Jorge, harto más ancho que luengo, 

Espera con deseo la camarada; 
Yo con las esperanzas lo entretengo. 

Va el cuitado á palacio, y no se agrada 
De cosa que en él vea, ausente aquella 
60 Luz que ni se la da ni le da nada. 



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~ lOI — 

Ella está en su lugar, y está con ella 
La bella camarada, por mostrarse 
Entre tanta beldad tanto más bella. 

Don Antonio ha dejado de quejarse; 
65 Después que os fuisteis vos no pierde punto, 

Si la dama no viene á importunarse. 

Gonzalo Girón va medio difunto; 
Que su dama no sale ni se muestra, 

Y no por culpa del según barrunto. 
70 Está el triste de cosa tan siniestra 

Harto más corcobado que solía; 
Fortuna lo enderece, que es maestra. 

Aquel embajador que no se vía. 
Salió ayer á volar con pluma nueva, 
75 Y la que lo peló sigue su vía. 

Ludovica se ha puesto en hacer prueba 
Si se puede afeitar más que su ama, 

Y no hay de quien tal yerro la remueva. 
Suspira por el príncipe y lo llama; 

80 Dice que era su bien, y yo lo creo; 

Mas no caerá, de amor, doliente en cama. 

Olvidado me había un gran torneo 
Que una noche hicimos en palacio. 
Por cumplir de una dama un mal deseo. 
85 Fué muy pobre de galas y muy lacio; 

Armados mucho bien, muy mal vestidos; 
Combatióse muy bien, aunque despacio. 
Todos nuestros amigos conoscidos 




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— 102 — 

Torneamos, y veinte italianos, 
90 Que fueron de nosotros escogidos. 

Ándanse aparejando entre las manos 
Estas Carnestolendas grandes fiestas. 
¡Ved qué alivio de pobres cortesanos! 
Rspérannos, Señor, las mesas puestas, 
95 Como suelen decir, por que en llegando 

Toméis de ellas el gasto á vuestras cuestas, 

Entretanto que yo vó adivinando 
Que estáis en esa tierra ya de asiento, 
Y que la nuestra acá vais olvidando. 
100 Y es harto indicio desto, á lo que siento. 

No escribir ni acordaros, á lo menos. 
De hacer con alguno un cumplimiento. 

Todos vuestros caballos están buenos; 
Vuestras bestias de casa se paseart, 
105 Sin vos, por estas calles, como ajenos. 
Algunas damas sé yo que os desean. 
Bien que por varios casos todavía; 
Venid, si no por ver, para que os vean. 
El dibujo que aquél darme debía 
1 10 Del moderno castillo de Plasencia 
Para enviar á vuestra señoría. 

No me ha dado; mas jura en su conciencia 
Que el principio está hecho y no acabado, 
Por habeilo estorbado la excelencia. 
115 No os quejareis, Señor, que no os he dado 

Particular aviso de mil cosas, 



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— 103 — 

Y en estilo más fácil que el pasado. 

Vuestras armas están lo más hermosas 
Que se pueden pintar, y yo no quiero 
1 20 Pintaros con palabras enfadosas 

Lo que sabéis de mí, del día primero. 



XIII. 

(A. fol. 248) 
Á PABORDRE QUALBES 

Señor pabordre, si el haber un año 
Que no nos vemos causa en vos olvido, 
Con razón puedo yo llamarme á engaño. 

Aquel mismo hora soy que siempre he sido, 
5 Tan vuestro servidor, que tengo miedo 

De haber á cuyo soy casi ofendido. 

Pero, aunque fuese ansí, contento quedo 
De haber la servitud ansí empleado; 
Que dolerme de mí, ni sé, ni puedo. 
10 Es tal vuestro valor, que siempre he estado 

Tan doliente de vos, tan siervo vuestro. 
Cuanto de quien sabéis enamorado. 

Aquel fiero, cruel ídolo nuestro 
Sabe bien si es ansí como lo digo: 
15 Si os amo harto más de lo que muestro. 



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— 104 — 

Mas, ¿quién no os amará? ;Quién no es amigo 
De un abad liberal y virtuoso. 
De costumbres de abades enemigo? 
Si no temiese que os será enojoso 
20 Narrar vuestra virtud, en breve suma, 
De sólo os alabar sería curioso. 

Pero porque papel no se consuma 
En cosa que os enfade, he presupuesto 
Á nuevo norte enderezar la pluma. 
25 Tratar debo de aquel divino gesto 

Que ayer vi estar con vos á una ventana; 
De aquel mirar cortés, suave, honesto. 

Si. en bosque ó prado donde el agua mana 
Os viera ansí á los dos, cierto pensara 
30 Ver á Febo en coloquio con Diana. 
Aquella sí es beldad única y rara; 
No estotras matizadas, donde el arte 
La cautela mostrar suele muy clara. 
Si Venus alcanzó sola una parte 
35 De mil que puedan verse en tal señora, 
No es mucho si ligar se dejó Marte. 
En vella aparecer, la bella Aurora 
Ante el carro del sol vi mostrar cuanto 
Esparcen por abril Favonio y Flora. 
40 Vi aquellos ojos que el celeste manto 

Podrían adornar; vide aquel riso, 
Para alguna ocasión de un luengo llanto; 
Vi aquellas perlas; vi un rubí diviso 



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— 105 — 

En dos hermosos labios; vi una boca... 
45 Antes no sino abierto un paraíso; 

En la serena frente vi cuan poca 
Cabida en el hermoso y casto pecho 
Pretender puede una esperanza loca; 

Un cuello vi de helada nieve hecho 
50 Con tanta proporción, que contemplallo 
Me tiene casi en lágrimas deshecho. 

De los cabellos, de las manos callo, 
Porque tengo temor no los ofenda 
La poca suficiencia que en mí hallo. 
55 Amor á la pasión suelta la rienda, 

Y cuanto la razón más piensa en ellos. 
Menos parte hay en mí que se defienda. 

Descuidado miraba los cabellos. 
Cuando los ojos, con los ojos vuelto, 
60 Ligar mi libertad vide con ellos. 

Ansí me hallo ya, Señor, envuelto , 
En una confusión de lazos tales, 
Que de los nuevos no querría ser suelto, 
Ni soltarme querrán los viejos males. 



11-14 



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^ loé — 
XIV. 

fA.fol.io6) 
A DON DIEGO HURTADO DE MENDOZA (i) 

Si aquella servitud, señor don Diego, 
Que con vos tuve, agora no tuviese, 
Sería de saber muy falto y ciego. 

Aquel amor que sólo de interese 
5 Nace fué por divina providencia 

Ordenado que á tiempo pereciese; 

Mas el de la virtud, el de la ciencia, 
No puede perecer, porque es tesoro 
Que muestra siempre en sí más excelencia. 
10 Yo observo en el amaros el decoro, 

Y como enamorado, os amo tanto. 
Que casi como á un ídolo os adoro. 

Anegada en el mar de un luengo llanto 
Ha estado hasta aquí la musa mía, 
1 5 Sin poder acordar la lira al canto. 

El cielo de mi dulce fantasía 
Vi todo revolver y escurecerse 
Cuando pensé que comenzaba el día. 

Y el sentido, que apena condolerse 



(i) Impresa por don Adolfo de Castro, en el tomo XXXII de la 
Biblioteca Rivadeneyra. 



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— 107 — 

20 Podía de su mal, siendo infinito, 

No pudo en otra cosa entremeterse. 

Esto causó, Señor, que no os he escrito, 
Como os prometí, cuando de Trento 
Partisteis tan mohino y tan aflito, 
25 Hasta agora, que el puro descontento 

Puso al furor las armas en la mano, 
No al poético, nó, mas al tormento. 

Y aunque parezca especie de liviano 
Lo que Febo hallar dificultoso 
30 Suele, la indignación ha hecho llano. 
En una confusión estoy dudoso. 
Que no sé qué os escriba que os agrade. 
Que pueda al gusto vuestro ser sabroso. 
Desta guerra he temor que os desagrade; 
35 Del suceso de corte no hay qué escriba; 
De amor, ¿qué diré yo que no os enfade? 

La imagen de Boscán, que casi viva 
Debéis tener, hará en vuestra memoria 
La mas hermosa parecer esquiva, 
40 Y el Laso de la Vega, cuya historia 

Sabéis, de piedad y envidia llena. 
Digo, de invidíosos de su gloria. 

Yo, que á volar he comenzado apena, 
Apenas oso alzarme tanto á vuelo, 
45 Q"^ ^^ lleve los pies por el arena. 

Vos, remontado allá casi en el ciclo. 
Paciendo el alma del manjar divino, 



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— io8 — 

¿Quién sabe si querréis mirar al suelo? 
Mas antes que volverme del camino, 
50 Acuerdo de decir alguna cosa 
En estilo grosero ó peregrino. 

Será el sujeto, pues, aquella honrosa 
Empresa que en este año ha César hecho. 
Tanto cuanto difícil, gloriosa. 
55 Ver un tirano en dos horas deshecho. 

Tan fuerte y atrevido, que hacía 
A los mayores que él tremer el pecho. 

No vencido de amor ni cortesía. 
Ni Fortuna en vencerle tuvo parte, 
60 Mas de solo valor y gallardía. 

Allí era de notar el nuevo Marte, 
Fernando, capitán de aquesta guerra, 
El ánimo, el valor, ingenio y arte; 
Allí se vio en el sitio de una tierra, 
65 Dura de nombre, asaz dura y extraña, 
Si en ánimo español virtud se encierra. 

Con razón memorar puedes, ¡oh España! 
Entre las otras tantas memorables, 
Esta, que no será menor hazaña. 
70 Profundos fosos, muros impugnables, 

Hierro, lanzas, saetas, piedras, fuego. 
Ánimos de Icones indomables, 

En un asalto, sin tomar sosiego, 
El cual duró cuatro horas, poco menos, 
75 Fueron domados, á la fin, del fuego: 



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— 109 — 

Allí de cuerpos muertos se vían llenos 
Los fosos; palpitando las heridas; 
Lastimero espectáculo á los buenos; 

Allí perdieron las honradas vidas 
8o Doscientos alemanes caballeros, 

De quien los nuestros fueron homicidas; 

Sin otros paisanos y extranjeros, 
Al número de mil, á quien la suerte 
Tocó á pasar por tan extraños fueros. 
85 El incendio cruel, la fiera muerte, 

El robo, el mal que en Dura hacer vieron, 
Junto con expugnar plaza tan fuerte, 

Hizo que los demás merced pidieron, 

Y con-su Duque malaconsejado 

90 En las manos de César se pusieron. 
Ellos absueltos, él fué perdonado; 

Y el ejército nuestro victorioso, 

De Güeldres en Henao presto pasado. 
Do en llegando, llegó t-empestuoso 
95 Juntamente el invierno, y tan esquivo. 

Que hizo el campear dificultoso. 
Así fué fuerza de mudar motivo 

Y contentarnos con menor ganancia, 
Dejando el pensamiento más altivo. 

1 00 Opuso, Señor, cerco el rey de Francia, 

Por si podía socorrer la villa, 
Que á él era de honor y de importancia. 
Y porque publicaba á maravilla 



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— lio 

Deseo de hacer jornada cierta, 
105 Nuestro César no quiso diferilla; 

Antes se puso en la campaña abierta, 

Y á tiro de cañón se le presenta, 
Mostrándole, si quiere entrar, la puerta; 

Mas él, que verse en semejante afrenta 
1 10 No quiso, ni tentar más su ventura. 
Con socorrer su villa se contenta. 

Carlos Quinto lo llama y lo importuna, 

Y ofrece la batalla, de que había 
El francés poca gana ó no ninguna. 

115 Y bien nos lo mostró el tercero día. 

Que nuestro campo cerca de él pusimos. 
Cuál era su intención y á qué venía; 

Fuésenos una noche, y no le vimos 
Apenas ir, y al fin de la jornada, 
120 Él veló bien, nosotros nos dormimos. 

César dejó después holgar la espada. 
Que en las francesas armas fiera mella 
Ha hecho, sin quedar escarmentada. 
Y si bien de la fin de esta querella 
125 Cada cual á su gusto ordena y trata, 

Y sobre la verdad la pasión sella. 

Yo querría decir, pues no me mata 
Nadie, que hizo el Rey la bella empresa. 
Ma/a rima mi f orza á dir cacata, 
1 30 Por abreviar: tenía César presa 

Fortjjna por el pelo, y hásele ido; 



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Piadosamente pienso que le pesa. 

El Rey -se fué; digo, que se ha huido, 
Sin daño y con vergüenza, y ha quedado 
^35 Quien lo dejó huir muy más corrido. 
La culpa cuya fué no he procurado 
Ni procuro saber, mas cierto veo 
Á Cesar en tal caso disculpado. 
Ya me parece que tendréis deseo 
140 De saber los que más se señalaron 
Y quién llevó la gloria y el torneo. 

Algunos caballeros se hallaron 
En las escaramuzas, que de España 
La fama gloriosa conservaron. 
145 Los demás y aun los más, en una extraña 

Escuadra ó escuadrón contino puestos, 
No pudieron de sí mostrar hazaña. 

De la disposición y de los gestos, 
Cómo las armas les estaban, callo, 
1 50 Pues ya todos á nos son manifiestos. 
Lo bueno yo no sé sino alaballo; 
Si algo hubo de mal, que nunca falta, 
A la presencia pienso reservallo. 
Más quisiera decir, sino que salta 
155 El furor, por seguir otra materia. 

Si no más agradable, al fin, más alta 

Pensé deciros del novel de Feria 
Cómo con su valor ha desterrado 
Desta corte los vicios y miseria, 



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— 11^ — 

1 6o Y cómo en cuatro pasos ha alcanzado 

Los que primero del corrieron tanto, 

Y algunos, ó los más, atrás dejado. 
Pero, tornando al comenzado canto, 

El humo y vanidad de aquesta corte 
165 Me tiene puesto en confusión y espanto. 
No pienso decir más sin pasaporte; 
De la corte murmuro y della digo, 
Mas de ninguno nada que le importe. 
Yo pienso que es á Dios y á sí enemigo 
170 Quien niega la verdad, y por favores. 
Por amor ni temor de algún castigo. 

¿Qué os parece, Señor, destos señores? 
De su ambición y envidia, ¿qué os parece? 
¿Qué de la multitud de servidores? 
^75 (Q^^ decís de la pena que padece 

Un grande, si otro le ha pasado en nada, 

Y cómo la igualdad mal compadece? 
¿Qué decís del tener mesa parada 

Todas horas á todos, do hay algunos 
1 80 Que desean probar con él su espada? 
¿Qué decís del sufrir mil importunos? 
¿Qué de la adulación que ansí los ciega, 
Sin que de ella escapar puedan ningunos? 
Del cortesano triste que se allega 
185 A demandar al Rey alguna cosa, 

¿Cuál queda, me decid, si se la niega? 
Y el otro que ni duerme ni reposa. 



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— 113 — 

Por llegar á aquel grado que desea, 
¡Qué vida tan estrecha y trabajosa! 
190 El otro con envidia urde y rodea 

Cómo podrá sacar de su privanza 
A tal que en hacer toda la emplea. 

;Qué os parece, Señor, de la esperanza 
Que grande se le muestra en perspectiva? 
195 ¡Cuan poco fruto, al fin, della se alcanza! 
¡Qué extraña presunción vana y altiva 
Se halla en corte de un privado injusto, 
Y qué conversación, seca y esquiva! 
¡Cómo toma otro ser, muda otro gusto, 
200 El que, siendo ayer pobre, hoy se ve rico! 
Tirano es hoy aquel que era ayer justo. 

¿Qué os parece cuál es tratado el chico 
Del grande hecho á fuerza de fortuna, 
Del poderoso el triste pobrecicor 
205 ¿Qué juzgáis de la turba que importuna 

A quien hacelle bien tan poco cuesta, . 
Sin poder del haber merced ninguna? 

Del ansia por salir en una fiesta 
Más galán que no el otro y más costoso, 
210 Tanto gasto y trabajo, ¿qué le presta? 
El otro va trotando presuroso 
A acompañar al Duque, si cabalga. 
Como si sin él fuera peligroso. 

Aquél está esperando que el Rey salga 
2 1 5 En sala por hacer antes presencia; 



lí-i.'i 



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— 114 — 

Si esta no es ignorancia, que no valga. 

;Qué decís del que teme haber sentencia 
En contra, el sobornar de su letrado, 
Cual del uno y del otro la conciencia? 
220 El cortesano cuerdo y avisado 

Que no quiere nadar con la corriente 
Del vulgo, me decid: ¿cómo es tratador 
Dicen que es importuno el diligente; 
Mentir y trampear es beneficio, 
225 El cauteloso dicen que es prudente. 

Han convertido el juego en ejercicio 
Común; juegan los grandes, los plebeos; 
Armas y letras van ya en precipicio. 
Ya cesaron las justas y torneos; 
230 La crápula y lascivia en lugar déstos 
Entraron, con mil otros actos feos. 

¡Cuántos veréis en alto asiento puestos. 
Soberbios, insolentes, desleales. 
Hipócritas, viciosos, deshonestos! 
235 ¿Por qué hizo Fortuna desiguales 

Sus leyes? ¿Por qué es rico un avariento? 
¿Por qué mendigan tanto liberales? 
¿Por qué no viviría yo contento, 
Y el que mejor que yo vivir podría 
240 En casa y del paterno nutrimiento? 
¿Para qué es ocupar la fantasía 
En desear mandar, y en grandes cargos 
Andar embebecidos noche y día? 



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— US - 

Los años de los ricos, ¿son mas largos, 
245 Por aventura, ó viven mas quietos, 

Ó muertos no han de dar de sí descargos? 

¿No son, como los pobres, tan sujetos 
Los ricos á mil casos desastrados, 
Si bien no corresponden los efetos? 
250 ;Cuál rico hay que no tenga mil cuidados 

Más que yo, que el temor de caso adverso 
No interrumpe mis sueños reposados? 

jOh, cuánto es su vivir del mío diverso! 
¡Cuánto es la mía más alegre vida! 
255 ¡En qué piélago está ciego y submerso! 
Yo, que, por experiencia, conocida 
Tengo la corte ya, vóime riendo 
De quien sigue tras cosa tan perdida. 
Y digo que es la corte, si la entiendo, 
260 Una cierta ilusión, una apariencia 

Que se va poco á poco deshaciendo. 

De la corte no hago diferencia 
Al espejo, que muestra algunas cosas 
Graves, que nada son en existencia. 
265 Ciertas bromas inútiles, costosas. 

Ansioso desear, vivir inquieto, 
Esperanzas inciertas, trabajosas. 

Un nunca responder con el efeto 
El pensamiento, que contino hace 
270 Mil torres en el aire, de indiscreto. 

Pero, porque he temor que no os aplace 



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-^ ii6 - - 

Tan luenga historia, aquí haremos punto, 
Pues que tampoco á mí me satisface. 

Y de todas las cosas que pregunto, 
275 Con el primero me enviad respuesta 

Cual la deseo yo, cual la barrunto; 

Que, pues mi servitud está tan presta 
Á vuestra voluntad para serviros. 
Cualquier demanda se me debe honesta. 
280 Olvidado me había de pediros 

Una cosa que mucho he codiciado, 
Y he pensado mil veces escribiros. 

Y es que de ver gran tiempo he deseado 
Del famoso Ticiano una pintura, 

285 Á quien yo he sido siempre aficionado. 
Entre flores y rosas y verdura, 
Deseo ver pintada primavera 
Con cuanto de beldad le di(3 Natura. 
Mucho pido, Señor; mas no debiera 
290 Pedir menos á quien fuera muy poco. 
Si cuanto puede dar Fortuna os diera. 

En este punto que postrero toco 
De pediros, veréis que soy poeta, 
Si no lo habíades visto en que soy loco. 
295 Llegado ha ya mi canto á aquella meta 

Do pienso poner fin á mi camino. 
Si, como temo, á vos no fuese aceta, 
Haced de ella un presente al Aretino. 



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- 117 — 
XV. 

fB. A. de S., 33-180, fol. 236.— M. B., Add. 20790, núm, 42.) 
PENÉLOPE A ULISES (i) 

Ulises, tu Penélope te escribe 
Esta, que tu tardanza larga acusa 
Ocasión que en mortal congoja vive. 

Ya no me escribas más cosa confusa; 
5 Tu presencia será respuesta cierta; 

No quiero ver más carta, ni otra excusa. 

Ya la enemiga Troya está desierta; 
Aquella por quien siempre han padecido 
Las griegas soledad y vida incierta. 
10 Al mal de tanto mal, mal merecido, 

Ni Príamo, ni Troya es recompensa, 
Ni puede apenas ser encarecido. 

Pluguiera á Dios, por su bondad inmensa, 
Que en el mar lacedémon se hundiera 
1 5 Paris, y no hiciera á Elena ofensa. 

Que si esto fuera así, jamás me viera 
En el viudo lecho, sola y fría, 
Ni de tí cual me duelo me doliera. 



(i) Es traducción de la He roída I úq Ovidio, PenclopeUltxi, q'ie 
comienza: 

Hanc tua Penélope lento tibi mittit, Ulixe: 
Nil mihi rescribas, attamen ipse veni. 



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— ii8 — 

No me enojara ahora el nuevo día, 
20 Ni con la tela y las viudas manos 
Las noches engañar procuraría. 

Cuando me vi sin tí, con mil livianos 
Temores (porque Amor, que el seso agrava. 
Es todo lleno de recelos vanos), 
25 ¡Cuántas veces, ay Dios, imaginaba 

Que contra tí el furor troyano fuese 
Y, de sólo el pensar, muerta quedaba! 

Sólo el nombre de Héctor que sintiese 
Nombrar me desmayaba, y más, si oía 
30 Que Antíloco feroz vencido fuese. 

De tí, en hablar de Antíloco temía, 
Y de aquel Menecida el triste engaño. 
Que con aquellas armas hizo un día. 
Lloraba, recelando de tu daño, 
3 5 Temiendo que á tu astucia señalada 
No siguiese á la fin suceso extraño. 
Ya la lanza de Aquiles, matizada 
Con la sangre del mozo Tlepolerao, 
Mi tristeza hacía sentir doblada. 
40 Llegaba el recelar tan al extremo. 

Que, en oyendo la muerte de algún griego, 
Me helaba del temor que ahora temo. 

Mas Dios al casto amor dio más sosiego; 
Que siendo sano y salvo mi marido, 
45 Troya es ya destruida á sangre y fuego. 

Los capitanes griegos han venido; 



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— ii9 — 

VA humo se ve ya de los altare.^ 
Do la bárbara presa han ofrecido, 
Mil víctimas alegres, con cantares, 
50 Van por ellos las ninfas ofreciendo, 
Desterrando los llantos y pesares. 

Ellos le van contando y repitiendo 
De los troyanos la llorosa historia, 
Que en gran admiración las va poniendo. 
55 Á los viejos admira esta victoria; 

Á las tiernas doncellas y casadas, 
Si la trae el marido á la memoria. 
Algunos las batallas señaladas 
Con el dedo y con un poco de vino 
60 En la mesa mostrar quieren pintadas. 

«Por aquí, —dice aquél — iba el camino 
Del río Simois; Troya aquí estaba, 
Y el palacio de Príamo divino. 

»E1 pabellón de Aquile aquí se alzaba, 
65 Y de Ulises aquí los desmandados 

Caballos Héctor por aquí espantaba.» 
Por el viejo Néstor fueron contados 
A tu hijo estos hechos, que había ido 
A buscarte, y los otros señalados. 
70 Piste me refirió cómo habían sido 

Muertos Reso y Dolón: uno, durmiendo; 
El otro, por engaño al fin traído. 

Y lo que siento más, que combatiendo 
A los de Tracia, vas la noche escura. 



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— 120 — 

75 Penélope en olvido así poniendo; 

Que á mil diste á sentir la muerte dura 
Con Díomedes sólo en compañía; 
¡Mira en qué punto estuvo mi ventura! 
Mientra en ítaca estaba, no solía 
8o Ser Ulises incauto en olvidarse, 

Ni estar sin verme ó sin hablarme un día. 

Temblaba el corazón en acordarse 
Que andaba en las batallas discurriendo 
El tuyo, sin temor por señalarse. 
85 En caballos de Tracia ibas corriendo, 

Mientras yo en casa queda, y con sospecha. 
Te andaba con el alma allá siguiendo, 

Mas ¡ay, mísera yo! ¿Qué me aprovecha 
Que Troya sea abrasada y destruida, 
90 Si, cual antes, estoy viuda hecha? 
Para las otras fué Troya abatida; 
Para mí, ¡sin ventura! en pie ha quedado. 
Pues sin marido estoy, sin bien, sin vida. 
Sobre los rotos muros descuidado, 
95 Ahora el vencedor griego, seguro. 
La tierra rompe con el corvo arado. 

Ahora campos son donde era el muro 
De Troya: todo está de trigo lleno, 
Y la hoz entra en él ya seco y duro. 
100 De la troyana sangre está el terreno 

P^értil y de los mediosepultados 
Cuerpos está el lugar graso y ameno. 



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— 121 -- 

Con el arado son despedazados; 
La yerba inculta ya cela y esconde 
105 Los edificios tanto celebrados. 

Y el vencedor Ulises no responde 
A mi voz, ni aun saber puedo siquiera 
Qué estorbo le detiene, cómo ó dónde. 
No llega alguna nave á la ribera 
1 10 Nuestra, ni se verá que della parta. 

Que por saber de tí nuevas no inquiera. 

Ninguno va de aquí sin llevar carta 
Escrita destos dedos y notada 
De esta alma de deseo y temor harta. 
115 Á Pilón envié, hice embajada 

Á tierra de Néstor, y nueva incierta 
De tierra de Pilón me fué enviada. 

En Esparta envié y tampoco acierta, 
Ni saben la verdad dónde te hallas, 
1 20 Ni con mi desear nueva concierta. 

j Cuánto fuera mejor que las murallas 
Estuvieran de Troya en pie y enteras 
Para mí, que no ha sido el derriballas! 
Supiera al menos ya donde estuvieras; 
125 Mi mal fuera conforme á los pasados; 
Temiera del peligro en que te vieras. 

Mas ¡ay! que temo y no quieren los hados 
Que sepa de qué temo. La fortuna 
Ha dado ancho lugar á mis cuidados. 
1 30 No hay peligro en el mar ni en tierra alguna 

U-IG 



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Que no pienso que causa tu tardanza, 
Tan larga para mí, tan importuna. 

Saltéame también desconfianza 
Mientras pienso estas cosas, y ya vengo 
315 A pensar otras en que no hay templanza. 

Temo que del tardar prolijo y luengo 
Sea causa nuevo amor, que te detiene, 

Y en ésta más que en todas me detengo. 
De la poca firmeza vuestra viene 

1 40 Usté miedo mortal; ella lo hace, 

Puesto que á tu virtud mal se conviene; 

Que así yo digo: ¡Triste! si le place 
Otra más que Penélope, á quien cuenta 
Cuan poco su mujer le satisface; 
145 Que soy grosera, que no tengo cuenta, 

Ni se más que hilar y tejer lana.... 
¡Plega á Dios que me engañe yo y que mienta! 
Esta sospecha lleve el viento vana, 

Y Ulises á la mísera que atiende 
í 50 Halle para volver vía más llana. 

Mi padre Icaro riñe y reprehende 
Mis esperanzas y que sola quede 
*En el viudo lecho me defiende. 

Mas reprehéndame él si sabe ó puede; 
1 5 5 Penélope es de Ulises y serálo 

Mientra vida á este cuerpo se concede. 

Icaro es padre al fin, y aquel regalo 
Con que él me quiere más que yo á él amo, 



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~ 123 — 

Hace que á su querer ponga intervalo. 
160 Mas estos mozos de Dulichio y Samo 

Y de Zazinto me aman y desean: 
De temor déstos te deseo y llamo. 

Estos, como en la suya, se pasean 
Por tu casa y de estar sola contino 
165 Viene que tu hacienda ellos posean. 

¿Quién piensas que es Pisandro y quién Antino, 
Quién el cruel P2urímaco insolente, 
Cuál Polibo y Medonte, aquel malino? 
Estos y los demás, viéndote absenté, 
1 70 Lo que tú con tu sangre has hecho nuestro 
Consumen y devoran torpemente. 

En tu daño y vergüenza está ya diestro 
Iro, pobre con El Melantio fuerte. 
De comer bestias el primer maestro. 
1 7 5 ¿Qué hará, pues, sin tí el viejo Laerte, 

Tu padre, tu mujer, tu hijo amado, 
Que ni pueden valerse ni valerte? 
Telémaco me fué casi robado. 
Queriendo ir á Pilón, por ver si pueda 
1 80 Saber del padre caro y deseado. 

Plega á Dios que á Telemaco conceda 
Que cierre nuestros ojos juntamente. 
De los hados siguiendo el curso y rueda. 
Con gran cuidado vive el diligente 
185 Guardián de los bueyes y la humana 
Nu trice, y Cumeo tan prudente. 



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— 124 — 

Mas ya Laerte, por su edad anciana, 
No puede gobernar el reino caro, 
Entre gente enemiga y tan liviana. 
1 90 Telémaco es pequeño para amparo 

Del reino, y no es razón tal peso dalle, 
Mientra niega la edad el ser más claro. 

Pues menos puedo yo sola amparalle. 
Ni lanzar de tu estado á los extraños, 
195 Que andan contra tu honor por usurpalle. 
Vén, pues, y excusarás tan graves daños; 
Tü que eres nuestro puerto y nuestra guía. 
Duélete de tu hijo y de sus años. 
Mira que en esta edad tierna debría 
200 Ser de tí amaestrado á obedecerte, 
Para que salga tal cual yo querría. 

Vén á cerrar los ojos á Laerte, 
Tu padre, ya en la fin de su jornada, 
Que antes de su morir muere por verte, 
205 Y á mí, que, tierna moza y delicada, 

Dejaste en el partir de mi presencia, 
Verás, si tardas más, vieja tornada, 
Oue también este mal causa tu ausencia. 



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— 125 - 

XVI. 

(B, a;.f. 366, foi, 22 j) 

A BALTASAR DE LEÓN (i) 

Vuestra carta, Señor, he recibido, 
Y con ella tan gran contentamiento, 
Que .casi el viejo mal puse en olvido. 

El gusto principal que della siento 
5 Es ver que, entre dulzuras y primores, 

Me habéis adivinado el pensamiento. 

Yo aquel dulce cantar de los amores 
Vuestros había leído; deseaba 
De tal ingenio ver otras labores, 
10 Y salióme mejor que lo pensaba; 

Porque me habéis pintado aquí el aldea 



(1) Esta epístola es respuesta ú otra de Baltasar de León, poeta 
desconocido, que, á juzgar por sus verses, residía en una aldea del reino 
de Sevilla. Tal vez sea el mismo á quien nombra Juan de Castellanos 
en sus Elegías de Varones ilustres de Indias, elegía VI, canto i r, cuan- 
do escribe: 

Y un hombre de Alanís, natural mío, 
Dol fuerte Boriquen pesada peste. 
Dicho Joan de León, con cuyo húo 
Aquí cobró valor cristiana hueste, 
Trájonos a las Indias un navio, 
A mí y á Baltasar, un hijo (leste. 



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— 126 — V 

Tan natural cual yo la imaginaba; 

Mas (de muy avisado), aunque ella es fea, 
Viene tan bien compuesta y aliñada, 
1 5 Que matará de amor á quien la vea. 
De que tengo por cosa averiguada 
Que es mayor ó menor la hermosura, 
Según va bien ó mal aderezada. 

Con todo, me movió vuestra pintura 
20 A probar á pintar estos borrones: 
i Ved hasta dónde llega mi locura! 

No le busquéis pulidas perfecciones, 
Ni sombras, ni luz clara, que, en efeto. 
Es un simple conjunto de carbones. 
25 Bien que entre lo grosero y lo perfeto 



Que hizo cosas dignas de memoga, 
Que el buen Oviedo pone por historia. 

Tanto en la epístola de Cetina como en la de León, contenidas am- 
bas en el ms. de la Nacional, V. 366, se notan lagunas, causadas por la 
acción del tiempo, que ha destruido el códice en algunas partes; la ma- 
yoría de las palabras que faltan no han podido suplirse y se indican 
con puntos suspensivos; las suplidas merced á la bondad de mi buen 
amigo el excelente poeta D. Francisco Rodríguez Marín, van subraya- 
das, así como las terminaciones de algunos versos que no ha sido posi- 
ble reconstruir. 

Dice así la epístola de Baltasar de León: 

Á CETINA. 

Si daros cuanto puedo, siendo el daros 
VA trabajo y vigilias de mi pluma 
Con pura voluntad de contentaros, 



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Espero que hallareis alguna cosa 

Que os muestre de mi parte un buen conceto. 

La vida del aldea es enfadosa. 
Según nos \a. pintáis de desabrida, 
30 Y por milé'^ de estilos trabajosa 

Ya que la pluma vuestra me convida 
A que de la ciudad la vida os cuente 
(Si se puede llamar con razón vida), 

Iré, en suma, tocando solamente 
35 Lo general que en público se muestra, 
Pues lo demás decir no se consiente. 

Aquí, Señor, el ciego al que ve adiestra; 
Mandan los que aún no son para mandados, 
Todo por ceguedad, por culpa nuestra. 



Saldase Iqs defectos def U suma 
Segura á vos iría, sin que de menos 
Valor que de un perfecto ser presuma. 

Porque ya que sus actos son ajenos 
De aquella perfección, señor Cetina, 
De que los vuestros se descubren llenos, 

Llevaran por lo menos por muy dina 
Excusa este deseo de serviros, 
Que es el que las esfuerza y determina. 

Mil veces he pensado en escribiros, 
Y tantas lo he dejado, de dudoso, 
Sin saber qué tratar ni qué deciros. 

Vivo tan descuidado, de cuidoso, 
Que tengo ya por tierra muy ajena 
La que fué en algún tiempo mi reposo. 

Ya no hay seguir las musas ni la vena 
Quel juicio descubre en su porfía, 



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— . I2<S — 

40 Los que gobiernan son los gobernados, 

Y, si no de soborno, de interese, 
De amigos, de parientes, de privados. 
Si, como en Roma, aquí lícito fuese 
Pasquín, tal vive mal, que viviría 
45 Mejor cuando su historia en plaza viese. 
Aquí la emulación, la tiranía. 
La envidia y la pasión hace y deshace 
Cuanto ordena la falsa hipocresía. 
Aquí el público bien se satisface 
50 Sólo con platicar y proponerse; 

Mas el particular es el que aplace. 
Aquí la adulación suele meterse 
En el Sancta Sanctorum y la triste 



Ni el sabroso penar que Amor ordena. 

No aquella soledad que ser solía 
Gran ocasión de gu*«to al pensamiento, 
Ni aquel velar la noche como el día; 
25 No aquel buscar con loco atrevimiento^ 

Ni aquel contento que d los cielos osn^ 
Sin parar hasta el d\io firmamento; 

Ni la viva esperanza, poderosa 
A levantar un corazón tan alto, 
30 Oue todo cuanto veis, con e'l no es cosa. 

Todo va ya en tristeza y sobresalto; 
Todo del ser tomado de una vida 
(^ue tras de bien al mal ha hecho falto. 
Tanto, que es la reliquia merecida 
35 Que en el alma quedó del bien pasado 

Una amarga memoria entristecida. 

Y así, porque el ingenio ha comenzado 



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— 1^9 — 

Verdad menospreciarse y esconderse. 
5 5 Aquí no calza nadie como viste: 

No conforman los dichos con los hechos; 
La disimulación es la que asiste. 

;Oué diré, pues, Señor, de los cohechos, 
Los robos y maldades de escribanos, 
6o Sus hurtos, S74S diabólicos proz^echosr 
Como del cuerpo nacen los gusanos 
Que el mismo cuerpo triste van comiendo^ 
Se comen á Sevilla sevillanos. 
Aquí se gana crédito mintiendo; 
65 Gánase la amistad lisonjeando 

Y viénese á perder, verdad diciendo, 
Aquí se hacen ricos trampeando 



Á quereros mostrar de sus sudores 
El poco premio qué virtud le ha dado, 
40 No cantaré, Señor, blandos amores, 

Que enternecen el alma y el sentido; 
No afectos delicados ni primores. 

No el amargo proceso del de Abido, 
Arrojado del agua en la ribera, 
45 Ni de Adonis el cíiso dolorido; 

No materia ninguna que requiera 
Gracia, estilo, ornamento nunca visto, 
Como aquel que de vos el mundo espera; 

No finezas, que nunca las aquisto, 
50 Por más que el alma afana y las desea, 

Sino conforme la librea que visto. 

Aldeana, Señor, es mi librea, 
Y así, os he de contar muy francamente 
La vida miserable del aldea. 



11- 17 



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— 130 — 

De un cambio en otro cambio y, sin dinefo, 
Grandes riquezas van acumulando. 
70 Andan, Señor, aquí los extranjeros 

Hechos de nuestra sangre sanguijuelas, 
Mudando, en cambio, el nombre de logreros. 

Aquí (digo verdad, no son novelas) 
Veréis por caballeros confirmados 
75 Hombres que vimos ser mozos de espuelas. 
Aquí los ricos son los estimados; 
Los nobles los que son más poderosos; 
Los pobres, los pecheros, maltratados. 
Sabios llámanse aquí los cautelosos; 
80 La fraude se bautiza por prudencia; 

Los que traidores son llaman mañosos. 



55 Todo el tiempo que della estuve ausente 

Y la esperé (oble) 

Como la {(nte.) 

Imaginaba (ahlc) 

La verde y (ado) 

60 De flores variable. 

Ser agudas olvidado 

(ano) 

Para pintar el bien que allá he dejado. 
Mas agora conozco que tan vano 
65 Fué entonces deseallo cuanto agora 

Ks insufrible el mal que dello gano. 

La vida que aquí paso es de hora en hora 
Ir visitando el silo y el molino; 
^ Mirar si acude bien, ó si mejora, 

70 Saliendo las más veces tan mohino 

De ver el poco fruto, que á ser vengo 



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— 131 — 

Aquí un letrado hace sin licencia 
Z^/V^ interpretaciones diferentes 
De una sola lección: ¡ved qué conciencia! 
85 Aquí la behetría 7ti á parientes 

Ni á consanguinidad ni á deudo mira; 
Venus todos los llena indiferentes. 

Ya siento que me vó encendiendo en ira; 
Mejor será callar, puesto que el caso 
90 A escribir más satírico me tira. 

Á fe que yo (aso) 

De que cosa e (era) 

Y los vicios de Baco..,, (aso,) 

Mas porque ya del mundaes ley que muera 
95 Quien dijese verdad, mudemos plática, 



Contra el que sirve bien mal adivino. 

De alli saliendo voy do sé que tengo 
De hallar las que andan remeciendo 
75 Y con ellas un rato me entretengo, 

Donde mientra los ojos están viendo 
El presente ejercicio, anda el seso, 
A donde vos estáis, yendo y viniendo. 
De allí me vó otro rato, con el peso 
80 De la ballesta al hombro, procurando 

Por que quede el zorzal herido ó preso. 

Al fin, sin hacer nadji, voy pisando 
El enojoso surco del arado. 
Que es causa de ir un hombre tropezando, 
85 Y llego, ya después de muy cansado, 

Do cogen las serranas la aceituna 
(Juc el verde olivo a/loso ha tributado. 

Allí extiendo mi (una^j 



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- 132 — 

Pasando así por todo á la ligera. 

Que el aldea es grosera y que es selvática 
Decís, mas no, Señor, que es importuna 
Como nuestra ciudad, loca y liunática. 
ICX) Los cuidados que allá causa Fortuna 

Son (como decís vos) mirar el silo, 
Si acude bien ó mal el aceituna. 

En la ciudad es ya común estilo 
El acudimos mal y mal contino, 
105 A cada cual según lleva su hilo. 

Vos os entretenéis con el molino; 
Díceos alguna pulla el molinero. 
Con que os hace reir, si estáis mohino. 
Acá no veis moler; mas un grosero 



Pero de suerte que 

90 Viene á ser (tina.J 

P^ro yo que de 

Tiene por (eña) 

Tantas faltas 

La saya trae tan corta y tan pequeña, 
95 yue descubre el botín de tantos años, 

Y aun mucho más (si más queréis) enseña, 

Lleno el gesto de tizne y mil araños. 
Pues si queréis llegar un poco adentro, 
Tendréis por muy livianos estos daños. 
100 Daros ba en las narices un encuentro 

El olor de humo ó del villano ajo, 
Que el hierro de la lanza os llegue al centro. 
¿No os parece, Señor, que es gran trabajo 
Tratar con una gente como aquesta 
105 Y el trato haber tomádolo á destajo? 



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— 133 ~ 

no Os muele con su trato y no hay remedio 
De poder excusar tal desafuero. 

Allá, si os enfadáis, tomáis por medio 
Saliros á mirar remecedores 
Que un aceituno ó dos toman enmedio. 
1 1 5 Acá podéis bitm ver cien mil traidores 

Que os remecen la honra, y poco presta 
Vivir un hombre bien de sus sudores. 

Salís allá á tirar con la ballesta; 
Acá os tiran y enclavan mil viciosos 
1 20 Que están contra virtud la mira puesta. 
Y si allá por los surcos escabrosos 
Caéis, acá halláis bestias cargadas. 
Estrechas calles, sucios cenagosos. 



Decildes un donaire y, en respueiila, 
Os dirán una pulla más delgada 
Que un amolado dardo sobre apuesta. 

Vuelvo, pues, á mi intento. La jornada 
Acabada del {^ran señor de Délo, 
Sobre nuestro horizonte acostumbrada, 

Cubriéndonos la noche con su velo, 
Nos tornamos, cantando aquesta gente 
Cantos bajados del supremo cielo. 

Cantos que hacer pudieran fácilmente 
Del infierno salir la bella esposa 
Que mordida murió á^\ fiero diente. (1) 

Hanie caído (osa) 

Velles decir [ana) 

Que ronca [osa). 



e a la leventla tle UnVo 



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~ 134 — 

Allá, si el pensamiento „„(adas), 
125 Sigue donde yo estoy; acá me hace 
Mil torres en el aire mal fundadas. 

Allá miráis, mientra el mirar os place, 
Coger vuestra aceituna á las serranas, 
Cuyo trato tan poco os satisface. 
1 30 Acá, Señor, veréis las sevillanas 

Vuestros días coger, menos corteses, 
Más fieras, más crueles, más villanas. 
Msas muestran tiznados los arneses; 
Éstas, tan cicalados, tan compuestos, 
135 Como máscaras finas modeneses. 

Ksas ni en las cabezas, ni'en los gestos. 
Ni en los vestidos, usan artificio: 



Y es de [ana) 

Tiene la malvada 

(Jue el mañana. 

Llega {(i^^í) 

125 Aparejan la cena, encienden fuego, 

Mientra yo doy la vuelta á mi posada. 

Véislas aquí, en cenando, todas luego 
Con su estopa en las ruecas y hilando, 
Que aun cenar no me dejan con sosiego. 
1 30 Veréis la cuadrillera entrar guiando 

Y la chusma tras ella, que la sigue, 
Como locas sin son todas bailando: 

El mayor mal que en esto me persigue 
Es no tener á quien volver mis ojos, 
135 Sin que á rcir su frialdad me obligc. 

Uondc quiera que niiru hallo abrojos. 
Porque del tronco déstas salen ramos 



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- 135 — 

Menos bellos serán; mas más honestos. 
Estas hacen martirio y sacrificio 
140 De sí, si no lo son, por ser más bellas, 
Cosa que de su honor da mal indicio. 

Esas, si necias son, andáis entre ellas 
Seguro que no os juzguen y seguro 
Que si vos no os vencéis, no os venzan ellas. 
145 Estas más sabias son, mas yo procuro 

Siempre menos saber y más llaneza: 
Tanto el trato es mejor cuanto es más puro. 

Esas tratan verdad con su torpeza, 
Y el no saber decir una malicia 
I 50 Es paga de ignorar una vileza. 

Si désas el amor no es de cudicia, 



Que os dejarán molido sus antojos. 
Pero dejemos éstas y volvamos 
1 40 A tratar destas otras' naturales, 

Que son las más gallardas que hallamos, 

Y veréislas en todo tan iguales, 
Que si difieren, es en el conceto 

Que tenemos de no ser (a/es.) 

145 Que todo lo demás, juro y prometo 

(De traje, discreción y hermosura) 
Que fundadas están sobre un sujeto. 

Decilde, por mi vida, una blandura 
A la más avisada </?if^ Jmllarcs; 
1 50 Luego os ha de pagar con grande usura: 

Daros ha un par de coces tan mulares^ 
Que os deje, de maltrecho y dolorido. 
Que vuestro seso en vano lo buscares. 

Mirad, pues, á (jué extremos me ha traído 



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— 136 — 

Dcstas es de huir, que es peligroso, 
Lleno de falsedad y de avaricia. 
Si désas el olor ¿\y enfadoso, 
1 5 5 Estotras sulen dar la tufarada 

De vino ó de otro olor más ponzoñoso. 

Una dama sé yó, harto avisada, 
Que dice que el olor de un buen tomillo 
Vale más que de algalia muy preciada. 
i6o Désas, el canto al son del caramillo 

O pandero, dejais cuando os enoja; 
Déstas á viva fuerza habéis de oillo. 
Esas os van á ver, si se os antoja; 
Estas vais á buscar, mas á ventura 
165 De que .se os deje ver, ó no os acoja. 



1 5 z^ Este fiero destino, que me tiene 

Sujeto á las mudanzas que he sufrido. 

;Cuál alma hay tan paciente, que no pene 
Con tan grandes bajezas, vanidades, 
Y que pasar gustándolas conviene? 
160 Ignorancias, malicias, necedades, 

Simplezas, pesadumbres, villanías, 
Molestias, groserías, torpedades. 

;Quercis saber, Señor, las demasías 
De su poco saber? Yo os determino 
165 Contar lo que pasó los otros días. 

De una cuestión que sobre un caso avino. 
Salió descalabrado aquí un serrano, 
Tan mal, que el ser dichoso le convino. 
Fué nuestra cuadrillera el cirujano 
170 Que lo curó, ensalmando la herida 

De suerte que á diez días quedó sano. 



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— 137 - 

Si no saben gustar de una dulzura 
Esas, éstas acá tampoco gustan, 
Si no son desvergüenzas y locura. 

Si las simplezas désas os disgustan, 
170 ¡Cuánto más debe dcstas disgustaros 
La liviandad con que su vida ajustan! 

El cuento que contais quise pagaros 
Con otro, que si dése habéis reído, 
Hiciera, y con razón, maravillaros. 
175 Sino que este temor de ser tenido 

Ó por de mala lengua, ó malicioso. 
Me hace estar callado y encogido. 

El caso del ensalmo es bien donoso; 
Mas la fe de l^i simple cuadrillera 



Túvose este concierto en la comida: 
Que porque el zagalejo no pudiera 
Sustentar una dieta tan cumplida, 

175 Que guardase (era) 

La boca que lo curaba 

Bastaba, aunque la llaga mayor fuera. 

Y así, el herido mozo se hartaba 
De puerco y de sardinas, confiado 
1 80 Kn quien por la salud suya ayudaba. 

Ved si con esto (ado ) 

El ser de aquí quien trato 

Y la vida (ado.) 

Salir un rato 

185 Gustareis sustanciales 

Harto bien (ato.) 

Contaros han los hechos principales 
De aquel Conde que, en esta algarabía, 



11-18 



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- 138 - 

i8o Suple el discurso bajo y defectoso. 
Estotras nos ensalman de manera, 
Que se comen la vida y la hacienda 
Y no dejan comer, aunque hombre quiera. 
Ya que déstas alguna se defienda, 

185 No faltan otras mil (erosj 

De que es ser más (enda.) 

Allá abundan villanos muy groseros; 
Acá sobran mercantes codiciosos. 
Amigos de encontrón, viles logreros. 
190 Allá, si simples son, son muy graciosos; 

Acá nacen sin gusto y desgraciados, 
De puro majaderos, maliciosos. 
Los entretenimientos más usados 



Llaman ellos el Conde Herrangonzález. 
iQo Deciros han que aquella valentía 

Era gracia de Dios, cuando en la guerra 
Los vahos de san Lázaro sentía. 

Veréis otro deciros que se encierra 
Con un solo deseo, que es hallarse 
1 95 Donde se junta el cielo con la tierra. 

Bien pudiera mi pluma aquí alargarse, 
Según esta materia puede darme 
Lugar para poder de ella tratarse. 
Mas la causa será de refrenarme 
200 Juzgaros tan cansado de escuchalla 

Cuanto yo de sufrilla y de quejarme. 
Yo, Señor, os confieso que pasalla 
LTn rato es gusto, mientra el hombre ensilla 
Otro rato el rocín para dejalla. 
205 Entonces la simpleza es gusto oílla, 



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— 139 — 

Déstos, armas no son, letras ni amores; 
1 95 Mas el juego, las cartas y los dados. 
Si no saben allá entender primores, 
No os hacen vacilar sin fundamento. 
Como hacen acá mil mofadores. 
Es la murmuración quinto elemento 
200 En Sevilla, y sin ella un sevillano 

No vive, ó vive triste y descontento. 

No presuma el más cuerdo cortesano 
Saber lo que no sabe el de Sevilla; 
Que le tendrá por simple ó por villano. 
205 Aquí el que no pasó de Villalbilla 

Tiene una necedad fiera, terrible. 
Que aun agora me enoja el referilla. 
Averiguado cree que es imposible 
Que alguno vio jamás lo que él ha visto; 
210 Que todo lo demás le es increible. 



Porque aquí la escucháis», y dando vuelta, 
Con quien gustare más podéis reílla, 

Pero mi libertad no está tan suelta 

Que pueda hacer esto 

210 Poder sufrir tan mísera revuelta. 

Xo soy tan melancólico, que 

Molestia para mí vena; 

Puede la soledad andar 

Asi, que imaginad 'lo que me apena 
215 En esta triste aldea pasar la vida^ 

Y, (sobro todo,) consolad la pena 
De quien i)rcscnte os tiene y no os olvida. 



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— 140 — 

Por estar siempre en paz, callo y resisto , 

Y quedo alguna vez tan enojado, 
Que de tratar con ellos me desisto. 

Ya temo que queráis estar cansado 
215 De leer las simplezas que os escribo, 
En estilo tan pobre y tan pesado. 

Hagamos punto aquí, ya que si vivo, 
Ó si afloja el Amor siquiera un día 
Un dolor que me aprieta, extraño, esquivo, 
220 Espero levantar la musa mía 

Y escribir tanto bueno del aldea 
Cuanto de la ciudad males podría. 

En tanto, esto que escribo sólo vea 
Vuesamerced, Señor, sin que otro haga 
225 Juicio desta carta, y, tal cual sea. 

Bástame á mí que á vos os satisfaga. 



xvir. 

(A.foLjúOJ ■ 

Ya, Señora, se van, como los días, 
Las semanas y meses, esperando 
Que os muev^an á piedad las ansias mías. 

Pasólos como puedo, así esforzando 
La vida en la virtud de una mudanza. 
Con que á mi propio mal voy engañando. 



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— 141 - 

Dice á veces el miedo á la esperanza: 
«Ausente de su bien ¿de qué confía 
Quien presente vivió sin confianza?» 
I o Pero la viva fe teme y porfía, 

Y, apesar del temor, dice que espere, 
Que en el perseverar «^ólo se fía. 

El alma, que salir de duda quiere. 
Como aquella que entiende el mal que siento, 
I 5 Siendo inmortal, porque no muero muere. 

Sale luego á engañarme un pensamiento, 

Y hallóme tan bien con el engaño. 
Que se aprovecha del el sentimiento. 

Muéstrame la verdad mi desengaño, 
20 Y porque me parece que os apoca, 
En algo quiero más mi propio daño. 

Viéneme alguna vez casi á la boca. 
Envuelta en mi dolor, la culpa vuestra, 

Y tornóla á esconder por lo que toca. 
25 No sólo mi dolor, mas aun la muestra, 

Trabajo por cubrir: ¡ved cuál me tiene 
El Ciego que por vos mi vida adiestra! 

Y puesto que á mi mal tanto conviene 
Quejarme, es tanto el miedo de enojaros, 
30 Que acobarda la lengua y la detiene. 

Vuestros efectos muestran ya bien claros 
Los pasos por donde iba mi recelo, 

Y encübromelos yo, por no agraviaros. 
Saltéame tal vez rabioso celo 



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— 142 — 

35 V defiéndome del con persuadirme 

Que me quisistes bien: ¡ved qué consuelo! 

No sé por qué dejais, pues, de escribirme. 
Sino es porque queréis que piense cosas 
De que quiera y no pueda arrepentirme. 
40 Si os fueron mis palabras enojosas, 

Al fin fueron palabras, y no han sido 
Obras, como las vuestras, sospechosas. 

Bastara recelarme de un olvido. 
Dolor universal de los ausentes; 
45 Mas ¡ay! que otro temor me trae perdido. 
Fuerza de mil rabiosos accidentes 
Me hace desmandar tal, que no puedo 
Ni esconderlos de vos ni de las gentes. 
Mas aunque del dolor venga el denuedo, 
50 Lengua, no presumáis tan de esforzada. 
Pues es más natural de amor el miedo. 
Si el alma de su mal tanto se agrada, 
Del miserable cuerpo, ;á qué se queja. 
Que pueda ya decir que valga nada? 
5 5 El que parte. Señora, el que se aleja 

Es la causa del mal que se le ofrece. 
Si prenda no llevó tal que él la deja. 
No tiene tanto mal cuanto merece 
Quien de todo su bien osa apartarse, 
60 Ni con la culpa igual pena padece. 

La vida y honra suele aventurarse; 
Que sólo un apetito á tal contento 



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- 143 - 

Vida y honra debiera atrás quedarse. 
¡Ay, sinventura yo! que agora siento 
65 Mi mal, cuando me aparto del remedio; 

Cuando no me aprovecha, me arrepiento. 
Entre mil desventuras puesto enmedio, 
De mil inconvenientes rodeado, 
Me hallo, y el menor no tiene medio; 
70 Mas ¿cuál medio será que á mi cuidado 

Aproveche, acordándome que vivo. 
Porque mi bien V/^V, del desterrado? 

Sólo este tiempo breve en que os escribo 
Es cuanto alivio siento en esta absencia: 
75 ¡Ved cuál debe de ser mi mal esquivo! 

Cuando esperaba oir vuestra sentencia 
En mi favor, decís ¡Quién tal pensara! 
Que os acaban mis cosas la paciencia. 
Si os la acaban. Señora, está muy clara 
80 La causa que la acaba, porque, amando 
Poco, poca ocasión os la acabara. 

La mía, mientras más la vais probando. 
Mientra me apartan más vuestros enojos, 
Va de mi fe mayor fuerza mostrando. 
^ 5 íQ^^ ^Ü^ y^ jamás, luz de mis ojos, 

De que tengáis razón de desabriros? 
Siempre me han de ser ley vuestros antojos. 

Sabe Amor si querría más escribiros 
Las veces que os. escribo alguna cosa, 
90 Cosa de que pudiérades reíros. 



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— 144 — 

Mas la alma enamorada y sospechosa 
Teme naturalmente, y, si os escribe, 
Trata de lo que está más recelosa. 

No os canse, pues, Señora, ni os esquive 
95 Que os diga lo que siente á causa vuestra 
Quien tan lejos de vos tal vida vive. 

Así perpetua sea la amistad nuestra, 
Como hay en la verdad con que os he amado 
Más limpieza en las obras que en la muestra. 
ICO Mas ya, de temeroso y maltratado, 

Tenéisme tan sujeto y tan vencido. 
Que os demando perdón de lo pasado. 
Siendo vos ofensor y yo ofendido. 



V 




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elegía 



fA. fol.jig. — B. N.-V. 366, fol. lóg vio. v M. 223.) 

Si aquel dolor que da á sentir la muerte (i) 
Es cual el mío, ¡ay Dios, cuánto más vale, 
Cuánto el no haber nacido es mejor suerte! 

Mas no pienso que cuando el alma sale 
Del cuerpo, y corta el hilo de la vida, 
Cause dolor que á mi dcrtor iguale. 

En la. muerte del cuerpo no hay partida; 



(i) Seguimos el texto del códice de Álava, que es igual al del 
V. 366 de la Nacional. En el M. 223 de la misma Biblioteca se encuentra 
esta elegía dos veces, con el título de Epístola d tina partida y atribuid:! 
una vez á D. Diego Hurtado de Mendoza y otra ú Cetina. Knapp la 
incluyó entre las obras del primero, en el tomo xi de la Colección de li- 
bros españoles raros ó curiosos. También se encuentra como de don 
Hernando de Acuña entre las poesías de este ingenio, impresas en Ma- 
drid en 1 59 1, pero tanto ésta como la publicada por Knapp ofrecen tan 
notables diferencias con la que insertamos en el texto, que nos decidi- 

11-11) 



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— 14^ — 

Mas cuando de la amada el que ama parte, 
Es fuerza que su misma alma divida. 
I o La más sensible y la más blanda parte 

Es aquella que en otro poder deja, 
Como place al amor que la reparte. 

¡Cuál irá, pues, el que de vos se aleja, 
Oh del ánima mía parte más cara! 



mos á copiarlas ambas por nota, sospecliando que todas ellas sean tra- 
ducción de alguna poesía italiana. 
La publicada por Knapp dice así: 

EPÍSTOLA A UNA PARTIDA 

Si el dolor del morir es trn crecido 
Que iguale al que me da pensar no verte, 
Cualquier hombre se duela en ser nacido. 

Mas no creo que el dolor que da la muerte, 
5 Ni cuando ya el dolor la ve presente, 

Iguala á mi dolor terrible y fuerte. 

La muerte mata el cuerpo solamente; 
Mas cuando el andador de su bien parte, 
Partes se hace el alma juntamente. 
I o La más perfecta della y mejor parte 

Queda puesta en los ojos de lo amado, 
Que de su mano Amor la corta y parte. 

Conviene, al fin, de vos verme apartado, 
¡Oh parte de mi alma la más cara! 
1 5 Para ofrecer la vida al mar airado. 

¡Oh día que en mi daño Febo aclara! 
;Qué tal será, llegando la partida, 
Si esperándola sólo me es tan cara? 

Dame, muerte, favor; de tí sea oida 
2o Mi voz, y si el partir ha de ser cierto, 

Antes que parta el pie parta la vida. 

Aquí es mejor* dejar el cuerpo muerto, 



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- 147 — 

I 5 jVed cuánto es más el mal que no es la queja! 

¡Ay, que ya, por mi mal, mi mal se aclara! 
¿Qué costará adelante esta partida, 
Pues antes del partir cuesta tan cara? 
Hora pudieras ser la bien venida 
20 Muerte, que es al partir la hora precisa 
Antes que parta el pie, parte la vida. 



Y que quede con vos el alma entera, 

Y no en partes, yo lejos deste puerto. 
25 ¡Oh fortuna mudable y muy ligera! 

Apenas el sol vi, ya sin él quedo; 
Llegó la tarde y aun de día no era. 

Lejos de vos si lejos vivir puedo, 
Lágrimas, confianza y pensamiento 
30 Me manterná entre esperanza y miedo, 

Y si del largo Jlanto algún momento 
Quedase al sueño en cuanto el bien se ofrece, 
Mi luz en sí me haga acogimiento. 

Mas ¡ay! que este esperar vano parece, 
35 Porque el sueño, amador de sombras frías. 

No traerá cosa que arde y resplandece. 

No hay pintar con humanas fantasías 
De suerte vuestra luz, que sea bastante 
Á quitar de dolor las nieblas mías; 
40 Ni el sol cuando más claro y más pujante, 

Aunque vaya do nace, dará lumbre 
Que me quite las nieblas de delante. 

Otra Aurora, otro Oriente que me alumbre 
He menester, porque ha sin vos quedado 
45 Sin luz la celestial y eterna cumbre. 

Triste yo, que pensando ahora mi estado 

Y cual será más cerca la jornada, 
Me ofende casi el ser de vos mirado. 

Pues un tiempo creí que á ini llegada 



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— 148 — 

Menos mal es partir en cualquier guisa, 
Quedándose con vos el alma entera, 
Que tan lejos de vos vivir divisa. 

¡Ay, fortuna cruel, vana y ligera! 
¿Por que permite el hado avaro, esquivo, 
Kn invierno volver mi primavera? 

Lejos de vos, de cuya vista vivo, 



50 Y presente la luz de vuestros ojos, 

No me ofendiera cielo y tierra en nada, 

Y agora es quien me acusa más enojos, 
Habiéndome subido antes al cielo, 
Y quien me da los males á manojos. 
55 Mirando aquesa luz en mi consuelo, 

De allá dentro una voz suena en mi oído; , 

«De aquesta luz te vas que alumbra el suelo.» 

( )jos de mi deseo y de amor nido: 
Una merced os pido, si me fuere, 
60 Antes que deste puesto sea partido. 

Mas vuestra crueldad que creer no quiere 
El fuego que en tan poco tanto crece, 
No me da confianza que le espere. 
Una, pues, pediré que os la merece 
65 Mi fé, y es de enemigos concedida 

Si esta ocasión el tiempo les ofrece. 

Ojos, si yo muriere y fuese oída 
De vos mi muerte, en mi ceniza os ruego 
Sea por vos una lágrima vertida 
70 Que á vos dará loor y á mí sosiego. 

La de Hernando de Acuña, folio 55 de sus poesías, es la siguiente 

ELEGÍA Á UNA PARTIDA 

Si el dolor de la muerte es tan crecido 
Que pueda compararse al que yo siento, 
Duélase el que nació de ser nacido. 



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— 149 — 

La memoria del bien que ser solía 
30 Fuera manjar del corazón captivo. 

Mas ¡ay! que ya la desventura mía 
Me tiene de temor tal, que no siente 
Bien que baste alegrar mi fantasía. 

;Qué luz pueden ya ver cual sol de Oriente 
35 Mis ojos, si, sin vos, me ha parecido 



Mas nunca pudo muerte al más contento 
5 Parecerle jamás tan cruda y fiera, 

Que iguale á mi dolor su sentimiento. 

Muerte puede hacer que el cuerpo muera; 
Mas cuando el amador de su bien parte, 
El alma se divide que era entera. 
10 Antes la más perfeta y mejor parte 

Es la que en el poder ajeno queda, 
Que con su propia mano Amor la parte. 
Pues ved cómo de vos partirme pueda, 
Que sois parte mayor del alma mía, 
1 5 Sin que el dolor al del morir preceda. 

Ya se me representa el triste día 
Tan lleno de tiniebla, horror y espantó, 
Cuan ajeno de luz y de alegría. 

Y pues de agora se comienza el llanto, 
20 ¡Ved qué será de efeto la partida, 

Si sólo el esperalla duele tanto! 

Será gran bien en pena tan crecida. 
Que (pues partiendo, de mi bien me alejo) 
Antes que parta el pie parta la vida. 
25 Mas el injusto amor (de quien me quejo) 

Permite para daño más notable, 
Que deje (sin morir) el bien que dejo. 

¡Oh fortuna envidiosa y variable, 
Que apenas vi mi bien, ya desparece! 
30 ¡Tanto te precias de tu ser mudable! 



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— ISO - 

El cielo obscuridad, siéndoos absenté? 

¡Mísero! que pensando en lo que he sido 
Y en lo que habré de ser, en tal camino 
Casi me ofende el bien que he poseído. 
40 Pensaba un tiempo ya tener benino 

El cielo y todo el bien que hay en la tierra, 
En virtud de un mirar dulce y divino. 



Aún bien no amaneció cuando anochece; 
(Jue en el bien que he tenido, ser primero 
Su lin que su principio me parece. 
Mas mi sustentamiento verdadero, 
35 Partiéndome de vos (por quien vivía), 

Ks la esperanza de volver do espero. 

Ni aunque me vaya donde nace el día 
Tendrá el sol rayo tan resplandeciente, 
Oue alumbre en su tinicbla al alma mía. 
40 ( )tra Alba han menester, otro Oriente 

Mis ojos, que sin vos hallan escuro 
Del cielo el resplandor más excelente. 

Y el bien que más deseo, y más procuro. 
Casi me ofendo; que es dejarme veros, 

45 Visto á lo que partiendo me aventuro. 

Y amenázame Amor con el perderos, 
Aunque mi corazón no lo consiente; 
(Jue desto se asegura con quereros. 

Pero, Señora, quien os ve presente, 
50 -iQiié corazón tendrá para acordarse 

Que de esos ojos se ha de vci ausente, 

Y para ver la triste hora llegarse 
lín que los míos hayan de partirse 
Del bien de que no saben apartarse? 

55 Si la pasión que desto ha de sentirse 

Es cierto que ha de ser conforme al daño. 
Harto se manifiesta sin decirse. 



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^ 151 — 

Agora el bien y el mal me hacen guerra, 

Y aquella misma luz de do mis quejas 
45 Se causaron, mirándola me atierra. 

Alma, ¿es posible, pues, que así te alejas? 
¿Es posible que piensas apartarte 
De ver los bellos ojos que atrás dejas? 

¿Es posible que parta el que se aparte 
50 De donde, á fuerza, ha de ir tan mal partido. 
Que ha llevar de sí la menor parte? 

Sólo me quedará sano el sentido, 

Y no para que sienta alguna cosa 

Más que el fiero temor de vuestro olvido. 
5 5 Pues con vida tan triste y trabajosa, 

¡Ved cómo vivirá quien se acordare 



Xo.digo la que siento en el enf;arío 
De ser mi voluntad desconocida, 
60 Oue éste es otro dolor nuevo y extraño. 

Ved qué cosa de vos ya tan sabida, 
No queráis por su nombre confesalla, 
Por no la agradecer siendo creída. 

Que aunque jamás yo supe declaralla, 
65 Sé que de vos por un igual se entiende. 

Esto que digo, y lo que el alma calla. 

Mas lo que en mi partida ella pretende, 
Y en pago de su fe por ella os pido, 
Si el pedillo, Señora, no os ofende, 
70 Es sólo que á un querer tan conocido 

Le deis su nombre, y que no sea pagado 
El jamás olvidaros con olvido, 
Ni con ese descuido mi cuidado. 



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— 152 



6o 



De la que tuvo ya, leda y sabrosa! 
Pero mientra el vivir se dilatare, 
¿Es posible que viva en esta absencia? 
Vuesamerced dará, si se acordare. 
De mí, mayor esfuerzo á mi presencia. 




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CAPÍTULOS 



I. 

(A, foh 133) 

Diga quien diga y quien alaba alabe; (i) 
Tenga por vida alegre y descansada 
La de aquel que del mal de amor no sabe; 
Que para mí ni alabo, ni me agrada, 
5 Ni llamo vida aquella que no viene 

Del agrodulce del amor mezclada. 

Duela al que duele aquel dolor que tiene 
Parte en un amoroso pensamiento 
Que enciende el corazón y lo entretiene; 
I O Que para 'mí no busco otro contento. 

Ni quiero otro manjar para que harte 
El gusto del vencido entendimiento. 



(i) Publicado en Gallardo, tomo 2.", col. 428. 



11-20 



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— 154 — 

Pese á quien pesa, y quien se aparta aparte 
De amar: diga que es malo, y que reprueba 
1 5 Que tan tarde el amor sus dones parte; 

Que digo para mí que es mayor prueba 

Y que es mayor el bien cuando por vía 
Larga y dificultosa Amor lo lleva. 

Crea el que cree, porfíe el que porfía 
20 Que es poco galardón de un mal tamaño 
VA que Amor puede dar en solo un día; 
Que yo para mí tengo que el engaño 
De cualquiera favor deja pagado 
Un perfecto amador del mayor daño. 
25 Parezca á quien parcsce mal gastado 

lín amores el tiempo y que Fortuna 
Lo hubiera en otras cosas prosperado; 

Que para mí no pienso que hay ninguna 
Honra ó gloria mayor, ni igual riqueza, 
30 Kn cuanto está debajo de la luna. 

Huya quien huye enojos y tristeza; 
Pinte falso el amor y sospechoso, 

Y diga que sufrille es gran bajeza; 

Que para mí no hay mal tan trabajoso 
3 5 En el amor, que no lo recompensa 

Solamente un mirar blando, sabroso. 

Trate el que trata y piense el que lo piensa 
Que el amor tiene fueros desiguales; 
Diga que á ciegos su favor dispensa; 
40 Que para mí no son tantos sus males 



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- 155 - 

Cuantos pueden pintarse y padecerse, 
Que puedan con su bien llamarse iguales. 

Ande el que anda y huya el que hacerse 
Quiere libre de amor; haga la prueba; 
45 No quiera por amar aborrecerse; 

Que para mí no habrá pena tan nueva, 
Tan rabioso dolor, tan sin medida, 
Que de amor para siempre me remueva. 

Procure el que procura alegre vida; 
50 Quiera el que quiere andar suelto y exento 
Y con su voluntad los pasos mida; 

Que para mí más quiero un pensamiento. 
Un dulce imaginar de un bien pasado, 
Que del mundo el mayor contentamiento. 
55 Tenga el que tiene puesto su cuidado 

En adquirir y en conservar hacienda; 
Busque el que busca verse en grave estado; 

Que yo ni lo procuro, ni se entienda 
Tal bajeza de mí; antes el cielo 
60 Con mano airada á su placer me ofenda. 

Tema el que teme tanto aquel recelo 
Que trae consigo Amor y sus temores. 
Sus miedos, su llorar, su desconsuelo; 

Que para mí no hay mal en los amores 
65 lín que no halle un verdadero amante 
Mil gustos, mil dulzuras y sabores. 

Mude el que muda objeto, y de inconstante 
Se precie el que se precia y tiene en poco 



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- 156 - 

Querer y no querer en un instante; 
70 Que yo lo tengo para mí por loco, 

Por hombre de poca arte al que lo hace 
(Hablando con perdón, si alguno toco). 

Ame el que ama, y plega al que le place 
Querer hoy aquí bien y aUí mañana, 
75 Si de su poca fe se satisface; 

Que para mí yo entiendo que es liviana 
En esto su opinión, y que, al fin, pierde 
El honor más que del á veces gana. 

Llore quien llora y quien se acuerda acuerde 
80 Las injurias de amor, iras y enojos, 
Y tenga dellos la memoria verde; 

Que para mí una vuelta de mis ojos, 
Un sabroso mirar, hace que crea 
Que el mayor mal pasado ha sido antojos. 
85 Ruegue el que ruega á Dios que no se vea 

En los lazos de amor preso y captivo; 
Desee libertad quien la desea; 

Que yo ruego al amor, si el mal esquivo 
Ha de faltar en mí que agora siento, 
90 Antes me falte el bien por el cual vivo. 
¡Ved cuan ufano estoy con mi tormento! 



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— 157 - 
II. 

(A,foLu40 

Si cosa he dicho yo que á vos ofenda 
Ni la pensó jamás mi fantasía, 
Ira del cielo sobre mí descienda. ^ 

Mas si no dije tal, Señora mía, 
5 Si no pensé jamás sino en serviros, 

¿Por qué no me habláis como solía? 

Si lo dije, mi llanto y mis suspiros 
No puedan empecer vuestra dureza, 
Ni jamás me habléis sin desabriros. 
I o Mas si no dije tal, tanta crueza, 

¿De qué sirve^ Señora? pues se entiende 
Que donde hay hermosura no hay fiereza. 

Si tal dije, aquel fuego que se enciende 
En mis entrañas arda de tal suerte, 
I 5 Que iguale á la ocasión de do deciende. 

Mas si no dije tal, ¿por qué tan fuerte, 
Por qué tan brava os me mostráis, Señora? 
¿A quién vida daréis, si á mí dais muerte? 

Si dije tal, esta alma que os adora 
20 Eternamente pene en el tormento 
Que le da vuestra saña cada hora. 

Mas si no dije tal, el sufrimiento 
Que contra ixií sin culpa habéis mostrado 



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- 158 - 

Volved, Señora, ya en algún contento. 
25 Si lo dije, yo viva desamado 

Y no pueda morir por mayor pena, 
Ni en vos quepa dolor de mi cuidado. 

Mas si no dije tal, si es tan ajena 
De mi beldad la culpa, ¿Por qué muero.^ 
30 ¿Por qué tan fiera muerte se me ordena? 
Si lo dije, yo ruego á Dios que el fiero 
Ceño que contra mí mostráis tamaño, 
Mis tristes días traiga al fin postrero. 
Mas si no dije tal, si el desengaño 
35 Podéis ver, si queréis, tan manifiesto, 

¿Por qué no os duele ya mi mal extraño? 

Si tal dije, el mirar dulce y honesto 
De que yo sustentaba ya mi vida. 
Vea para mi mal en otro puesto. 
40 Mas si no dije tal, si es tan sabida 

La fuerza de mi fe, tan sin cautela, 
¿Por qué os queréis mostrar tan desabrida? 
Si tal dije, el amor que el pecho os yela 
Os arda el corazón de un nuevo amante, 
45 Y sea del que más el mío recela. 

Mas si no dije tal, si tan bastante 
Prueba de mí tenéis, que os amo tanto, 
¿Por qué os endurecéis como diainante? 
Si lo dije, yo ruego á Dios que el llanto 
50 Que agora me consume y me deshace 

Me haga al mundo sor visión de espanto. 



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Mas si no dije tal, si el amor hace 
Fe de mi lealtad, de mi secreto, 
;Por qué de atormentar mi alma os i)lace? 

55 Si tal dije. Señora, el mal conecto, 

Que ya tenéis de mí, á las ^^cntes ha^a 
Con mi muerte mostrar más claro efeto. 

Mas sino dije tal, no os satisfacía 
Tanto el verme morir desta manera: 

6o ¡No deis á tanto amor tan mala paga. 

Pues tarde hallareis quien tanto os quiera! 




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iiibp entre li eileii y li ¡mu (» 



G.— ¿Adonde me llevas, cabeza? Maldita sea mi 
mala suerte y la injusta fortuna que sobre tí me puso. 

C. — ¿Qué has? ¿De qué te quejas, que de pocos 
días acá no se oyó de tí otra cosa que llantos, quejas y 
lamentaciones? ¿Qué te falta? 

G. — ¿Cómo qué me falta? Antes me quejo de lo 
que me sobra. 

. C. — Pues ¿qué quieres? 

G. — Quisiera yo que aquella oveja que me produjo 
hubiera sido comida de lobos,, ó, á lo menos, que la 
lana que fué hilada hubiera sido quemada entre los de- 
dos de aquella vejezuela malvada que me hiló. 



(i) Conserva el antiguo manuscrito que nos ha servido de original 
el diligentisimo bibliófilo D* José Sancho Rayón. 



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- i64 r- 

C. — ¿Por qué? ¿Qué te he hecho yo? 

G. — Mas que no me has hecho, ¿de quién procede 
toda mi desventura sino tratándome como me tratas? 

C. — No sé por qué dices eso, ni tienes razón de 
quejarte de mal tratamiento. Yo te compré, como sabes» 
por más precio del que justamente valías; que cuando 
la noche me voy á dormir, te dejo, por tomar un som- 
brero; bien sabes si un paje tiene cuidado, de ordinario, 
de quitarte el polvo sacudiéndote y limpiándote con una 
escobilla; sabes que te ponen á reposar la noche sobre 
una mesa y sobre los otros vestidos míos, cubierta so- 
bre una tohalla muy limpia, ó metida entre un papel 
muy blanco; sabes que, á la mañana, antes que te ponga 
en mi cabeza, te toman y te limpian, te sahuman y te 
rocían con muy buenos olores; tráigote, demás de esto, 
acuestas sobre mí, siendo la parte principal en el hom- 
bre. 

G. — Pluguiera á los dioses que me hubieras puesto 
en el más bajo lugar, y no sobre tí, como dices; hiciéras- 
me escarpines, zapatos, ó siquiera paño de... culo dijera; 
que de cualquiera suerte déstas fuera yo más contenta 
y tuviera más reposo, sin que por tu causa y por tu 
culpa fuese, como soy, tenida por mala; y esos tus re- 
galos y delicaduras guárdalos para otra que se inclinase 
á semejantes blanduras. 

C— Por Dios, que creo que has perdido el seso. ¿Es 
posible que te pese de que te haya sido dada por asien- 
to la silla del entendimiento, en el lugar más preeminen- 



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- i65 - 

te, más visto de todos, y que quisieras ser más alguna de 
las cosas bajas que has dicho? 

G. — Cuando en el asiento que dices hubiera lo que 
debía haber, ni me pesaría ni me quejaría; pero cuando 
considero que no solamente no hay en tí ni entendi- 
miento, ni juicio, ni razón, mas eres tan vacía y llena de 
viento, y cuando pienso en la vida que paso y en el des- 
asosiego que traigo, andando ahora de una manera, ó 
de otra, ahora baja, ahora alta, ó ahora á un lado, ahora 
á otro, poniéndome y quitándome á cada hora y á cada 
paso, ¿qué puedo hacer, que no me queje, que no llore y 
que no llame bienaventurada la lana de las cabras, el 
cáñamo y el esparto, que con tanto menos trabajo pasan 
su vida, la una hecha mantas de caballos y los otros en 
velas ó cuerdas de naves? Fuera yo compuesta de algu- 
no de éstos, y no de la lana que soy, aunque fuera del 
vellocino que ganó Jasón. 

C. — No te entiendo. Ó tú estás desesperada ó fre- 
nética. 

G. — Antes tú eres la frenética, pues estás, como di- 
eces poco hay, llena de materias, dispuesta para ello y, 
cierto, á mí se me daría poco que freneticases, cuando 
no fuese en mi perjuicio. 

C. — No sé qué diga; que me haces creer que soy otra 
de la que soy y que no me entiendo á mí misma; y ansí 
yo no te puedo entender. Habla más claro y de otra 
manera. 

G, — Menos me entenderás cuanto más claro habla- 



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— 166 -> 

se, porque si te quiero hablar claro, será menester de- 
cirte verdad; y tú, que ni estás usada á oiría ni la quie- 
res oir, enojarte, has conmigo y, cuando no me piense, 
echarásme con la ira que sueles en el suelo, ó arrojar- 
me has en el lodo. 

C. — Yo te prometo de no enojarme. Di lo que qui- 
sieres. 

G.— ¿Que tendrás paciencia, habiendo en tí tanta 
liviandad, que tres días siquiera no me dejaras andar á 
mi modo, sino mudándome el nombre y el talle en más 
formas que se muda el viento? Cuándo soy redonda; 
cuándo prolongada; cuándo triangular; cuándo honda; 
cuándo baja; ahora alta; ahora piramidal; ahora como 
pastel; ahora soy gorr a; ahora bonete; cuándo caperuza; 
cuándo montera; cuándo chapeo; cuándo sombrero; 
ahora grande; ahora chica; ahora suelta; ahora atada; 
ahora libre; ahora con fiador; y, lo que peor es, encade- 
nándome como á loca, llena toda de botoncillos, puntas, 
medallas, plumas, velos, cintas, flores, empresas y otras 
mil liviandades, hecha siempre caja de mercero. ¿Quién 
podría, pues, sufrir tantas y tantas diversas mudanzas 
y maneras? 

C— En verdad, que pensé, cuando tan apasiona- 
damente te quejabas, que fuese con algún fundamento; 
mas quiero convencerte con sola esta razón. Ó te parece 
que estoy obligada á hacer todo lo que puedo por ser 
extremada y por alcanzar reputación entre los hombres. 



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- ,¿7 - 

G. — Si, por cierto; pero ;á qué propósito? ¿Qué quie- 
res decir? 

C. — Quiero decir que el hombre se ha de trabajar 
por parecer hermoso, lo uno por agradar á los amigos; 
y lo otro, por poner temor á los enemigos. Estas vani- 
dades de que te quejas y estos modos diversos en que 
te traigo hacen ambos efectos. 

G. — Respóndeme á esto: la diversidad de maneras 
en que me usas, ¿puede hacer que un feo parezca her- 
moso y que un cobarde parezca animoso? 

C. — Pienso yo que sí, porque cuando te ponen 
en alguna cabeza que haya ejercitádose en las letras, 
pones sobre tí aquella insignia que el tal grado acos- 
tumbra; luego, aquel tal sobre quien eres puesta es juz- 
gado por docto, y, por el consiguiente, puede ser juzga- 
do uno por valiente, animoso, ó hermoso, según la for- 
ma y el lugar en que te trae. 

G. — Antes que pasemos más adelante, por que no 
nos erremos en los términos, díme que cosa es hermo- 
sura. 

C. — ¡Oh! ¡oh! eso yo te lo diré en dos palabras: her- 
mosura en un hombre es una barba bien puesta, un an- 
dar grave, un mirar piadoso, un traer una calza tirada, 
un zapato justo, una gorra á un lado, baja, ó sobre las 
ceja^. 

G. — No nos concertaremos: ya comienzas á dar se- 
ñal de tu vanidad. Desde que nací no he oido más loca 
difinición. 



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— i68 — 

C. — Á mí así me parece, y sé decirte que los que 
andan como yo te digo son tenidos por hermosos; pero 
si tú lo entiendes de otra manera, di lo que quieras. 

G. — No querría perder tanto tiempo contigo en 
palabras. Todavía yo te haré difinición buena y cierta 
de la hermosura. Hermosura es una justa y conforme 
proporción de todos los miembros juntos, con graciosa 
representación. 

C. — ¡Oh! ¡oh! es como quería decir yo, sino que no 
acerté. 

G. — Bien está. Dime más adelante qué cosa es va- 
lentía. 

C. — Veslo aquí: valentía es andar armado, la voz 
gruesa y espantosa, la gorra sobre los ojos, el mirar 
bravo y de través, la espada caída á un lado, y andar 
siempre sobre el aviso, apercebido. 

G. — ¡Ha, ha, ha! Hasme hecho reir lo que no pensa- 
ba. ¡Oh dioses! si yo había de andar sobre una bestia, 
¿por qué no me hicistes nacer albarda, que no gorra de 
hombre? 

C. — ¿Por qué?.... ¿No es ansí como yo digo? Ya ves 
que todos estos soldados y hombres bravos que el mun- 
do tiene por valientes, que andan como yo digo. Pero 
veamos cómo describes tü la valentía. 

G. — Quiero decírtelo, puesto que aprovechará poco. 
Sábete que valentía ó terribilidad, que casi es todo uno, 
es una cierta opinión concebida en la memoria de los 
hombres de la verdadera gallardía, ánimo, severidad. 



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— 169 — 

fuerza y esfuerzo de aquel que es tenido por valiente. 

C. — Bien está, puesto que sea así como dices. ¿Qué 
quieres decir por esto? 

G. — Quiero decir que eres loca si piensas que yo 
puedo en ninguna manera hacer parecer hermoso á 
aquel que no tiene aquella proporción justa de miem- 
bros, ni agradable aspecto que antes dije; ni valiente 
aquel que ni por animoso ni por esforzado es cognocido, 
y aún es más suprema locura la tuya, creer que pueda 
yo hacer teólogo ó jurisconsulto á uno que no haya es- 
tado en el estudio, por ponerme sobre su cabeza con las 
insignias de doctor; y si supieses cuánta ignorancia cu- 
bro algunas veces debajo de aquel bonete y de aquella 
borla de seda, dirás, como yo, que sería menos mal ser 
mantilla de servicial que gorra. No es el haber andado 
muchos años en el estudio lo que hace doctor, y sabios 
los hombres, sino el haber estudiado mucho y bien; y 
por esto, así como no puedo hacer docto al ignorante, 
tampoco puedo hacer- hermoso al feo ni valiente al pu- 
silánime. 

C. — Bien me parece esa razón; pero no puedes ne- 
garme que, según el hombre adorna su cabeza, así es 
estimado; como lo vemos en la pintura, que el diadema 
da testimonio de santidad; la tiara, del pontificado; la 
corona, del reino, y así de lo demás. 

G. — ¿No te digo yo que estás vacía? ¿Cuántas som- 
bras de hombres vemos pintadas con la diadema y cele- 
brados por santos en la tierra, que, según santo Tomás, 

n-22 



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t— Í7Ó — 

sus ánimas son atormentadas en el infierno? Y ¿cuántos 
hay que traen corona de reyes en la cabeza que no de- 
bían tener corona ni cabeza? Y ¿cuántos traen hoy la 
mitra que los señala por perlados, que, si bien fuesen 
pesados y remunerados sus méritos, la merecerían de 
papel pintada y no de joyas llenas de perlas? ¿Piensas, 
por ventura, que puedo yo encubrir las faltas y las man- 
chas del ánimo como cubro la calva ó la tina? 

C. — Tanto me podrías decir en esta parte, que me 
llamase vencida; mas es cierto que yo hago en esto lo 
que los demás y vóime acomodando al uso; y, como 
dicen: al hilo de la gente me ando. 

G. — Ahora me vas confirmando más en mi opinión, 
que ni. tienes seso ni razón alguna. ¿Al hilo de la gen- 
té te vas? ¿Por el vulgo te riges? ¿No sabes que ninguna 
cosa hay más lejos de la verdad que la vulgar opinión? 
Pero no tratemos desto, que sería nunca acabar. No es 
ésta la mayor de mis qnejas: otras injurias me haces ma- 
yores y de más fundamento. 

C. — Demasiado me parece que has dicho; díme en 
qué te ofendo yo. 

G. — ¿No te parece ofensa la que denantes decías? 
¿Traerme, como me traes, hecha tablilla de platero, 
prado de flores, nido de pájaros y tienda de sedero, car- 
gada de joyuelas y niñerías, como fajuela de niño; lle- 
na de flores, como mayo; cubierta de plumas, como al- 
mete de justa; adornado de cintillas, velos y cordonci- 
llos, que parezco á veces capa de gascón pobre remen- 



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— I/I — 

dada de colores, con las cuales cosas, demás de las inju- 
rias que. me haces, das malísimo indicio de tí? 

C. — ¡Oh! ¡oh! ¡oh! Todo eso hago yo por una mane- 
ra, que no está mal á los hombres de mi calidad ;antes las 
tales cosas dan testimonio que el que las trae tiene juicio 
y es hombre de arte regocijado y amoroso, que es cosa 
rara. 

G. — Por cierto que es cosa de grande importancia. 

C. — No sé si cabría ahora decirte la propia difinición 
de la gala, por no haberla jamás leído; mas para mí, creo 
yo que gala sea un traje ó un hábito de alguna cosa <3 
en alguna manera nuevo ó ra»*o, que hacen al hombre 
ser mirado de los otros y parecer mejor que los otros. 

G. — Cuanto más hablas, más descubres tu ignoran- 
cia. ¿Es posible que haciendo tú tan particular profesión 
de galas, no sepas qué cosa sea gala? Y es el donaire 
que, así como no sabe lo que dice, así no sabe tampoco 
lo que hace; y no se puede decir cosa peor de un hombre 
irracional, que decir que no sabe lo que hace, que es co- 
mo decirle que vive temerariamente y acaso; pero yo te 
la quiero difinir. Gala es una ocupación de cuerpo y de 
ánimo en cosas superfluas y de ningún momento, causa- 
da de vanidad demente y de ligereza de seso. 

C. — Podría ser que así fuese; pero, á mi parecer, tal 
difinición de gala sería en gran perjuicio de los galanes; 
y no probándola tú más auténticamente que por tu pro- 
pia opinión, fácilmente la podrían tomar por injuria. 

G. — Probártela he do mil maneras; y entre las otras. 



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— 172 — 

lu primera, por la etimología ó desinación del vocablo; 
por la autoridad de los proverbios antiguos, que son, co- 
mo sabes, reglas de filosófica; y este nombre gala es de- 
ducido de galla latino y de galla castellano, que es una 
cierta superfluidad que nace en las encinas ó carrascas, 
inútil, liviana y sin simiente, y redonda que apenas pue- 
de afirmar en ningún lugar. De aquí ha nacido el "^xo- 
vtúÁo fulano es más liviano que tina gala ó agalla. 

Y bien sabes tú que no sólo los hombres cuerdos y 
raros, mas aun la misma multitud del vulgo, con quien 
alegabas poco há, suele llamar liviandades y agallas las 
cosas que hacen de mí y las que me hacen traer. 

Sábete demás de esto que de galla se compone un 
verbo que se llama gallare, que no es otra cosa que en- 
loquecer; pues estas plumas de avestruz, de garza, de 
grulla y de otras aves, que me haces traer de mil mane- 
ras, ¿qué otra cosa significan sino liviandad de quien las 
trae? De donde también se dice en proverbio: fulano es 
más ligero que una pluma, 

C. — Jamás había oído otra difinición de la gala y he 
holgado de haber entendido ésta; mas, puesto que te 
concediese ésta que semejantes galas, plumas y cosas 
con alguna razón aparente se podrían reprobar como 
cosas de ningún valor y en todo contrarias á la grave- 
dad del hombre, no quiero en ninguna manera consen- 
tir que te quejes de estos cabos de, oro ni de estas cade- 
nillas tan delicadas que te hago traer, y cierto no tienes 
razón si dices mal de ellos. 



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— 173 - 

¿Quieres que te diga la verdad en pocas palabras? 
Sabe que aquellas ideas ó figuras que el hombre tiene ó 
c oncibe en el entendimiento, aquellas mismas muestra 
en sus obras exteriores, por fuerza. Así como el pintor 
ó el escultor, que hacen las estatuas ó las imágenes se; 
mejantes á aquello que primero concibieron en la men- 
te, el hombre sabio hace sus obras semejantes á los 
sabios conceptos que primero fabricaron en el entendi- 
miento; y, por el consiguiente, creo que ese poco seso 
que tienes, si alguno tienes, es divisado y variado con- 
forme á las divisas y variedades que impones cada día; 
bien sabes que por el fruto se conocen los árboles, por 
la marcha las balas, y por la señal los animales. 

C. — En ninguna manera quiero concederte esto, 
porque bien sabes que los hombres militares traen en 
las banderas y sobre las cabezas sus penachos, y sus 
empresas en los ejércitos, sin que por eso sean de pin- 
guno reprehendidos ni tenidos en menos. 

G. — Antes son dignos de loor; y cuando así no hi- 
ciesen en alguna manera, merecían reprehensión por 
ello. Mas ¿qué tiene que hacer lo uno con lo otro? que 
estos que dices son movidos con razón justa y con oca- 
sión honrada y han introducido un uso de que hacen ya 
hábito particular, y nada de esto no te mueve á tí, ni lo 
puedes alegar en tu favor. 

C. — ¿Cuál razón ó cuál ocasión tienen, más de la ga- 
la que he dicho? 

G. — Aún tornas á la gala: cada hora te hallo más 



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- 174 — 

vacía y defecto natural es de los locos creer de los otros 
lo mismo que sienten de sí, midiendo con su locura las 
obras de los otros, porque creen que todos los otros son 
como ellos. 

El fundamento de las divisas ó empresas de los sol- 
dados en la guerra, puestas en los almetes, en las ban- 
deras y en las armas, de una de cuatro ocasiones, ó de 
todas cuatro, tuvo principio. 

Ó se traen por distinguir la nación ó la compañía 
militar, por ensalzar nuestra santa fe católica, ó tener la 
milicia mejor disciplinada, recognociendo cada uno los 
suyos, como lo hacen hoy los ingleses, y como entre 
los alemanes se solía usar, trayendo los unos cabezas de 
osos, otros de javalíes, otros de lobos, los cuales habían 
ganado ó tomado gloriosamente. Estos tales se llaman 
despojos, como traía Manilio romano el que quitó por 
fuerza al enemigo francés los despojos. Y otros las 
traen por señal de alguna hermosa ó famosa hazaña, 
como Licima los cuernos del toro. Otros las ponen sobre 
los almetes para señalarse en las afrentas y para que en 
la confusión y mezcla de las batallas puedan ser cogno- 
cidos y mirados, como Pirro traía los cuernos del ca- 
brón, Pompeyo el Magno el león con la jespada en las 
uñas, Julio César el águila negra. Mas tú, que, sin oca- 
sión, sin razón y sin fundamento alguno, me traes en- 
ramada cada día de locuras nuevas ¿y no quieres que 
me queje de tu liviandad y de mi mala suerte? Con todo 
esto, quiero darte un consejo bucíio. 



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- 175 - 

C. -Di lo que quisieres; que ya te prometí, en el 
principio, de no enojarme de cosa que dijeres; pero mi- 
ra como hablas, no te oiga alguno de estos caballeros 
mozos que profesan la gala en esta ciudad, que no ten- 
drán tanta paciencia como yo. 

G. - ¡Oh! ¡oh! ¡oh! Pues de esa manera, tenme secre- 
to; que no quiero que lo sepan otros, puesto que, por 
otra parte, paréceme á mí que, si á ellos es lícito, ó si 
piensan que lo es usar tanta vanidad, ;por qué no será 
lícito á mí decir la verdad? Más, pues que ansí es, haz 
cuenta que no lo he dicho y digamos de otras injurias in- 
tolerables que cada hora me haces, por las cuales tuviera 
yo por harto mejor partido servir de barrendero en algún 
horno y pasar la vida con menos trabajo, digo, enojo y 
molestia de la que paso las veces que te enojas conmigo. 

C— Agora sí que se conoce que hablas con pasión. 
No quiero negar que algunas veces con ira no te haya 
tratado mal; mas fuera desto, ;de qué te puedes quejar 
de mí? porque, como ya he dicho, yo te traigo encima 
en la parte más alta, la mejor y la más principal que yo 
tengo. 

G. — No niego yo que me hayas puesto sobre tí, y 
estaríci de buena volunlad, si me dejases estar; pero no 
quieres ni me das reposo de una hora, poniéndome y 
quitándome: ahora me haces abajar á cualquiera; ahora 
me tornas á alzar; y, lo que más me duele, que ni haces 
ni sabes hacer diferencia de personas; por lo cual no 
solamente tengo por más dichosos á los turbantes de los 



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- 1-6 - 

turcos y á las tocas de los m« »ros, mas aun al más triste 
pegón del más sucio tinoso juzgo por más bien afortuna- 
do; pues de la mañana á la noche reposa y se está que- 
do en un lugar adonde es puesto, sin abajarse ni aun á 
su propio rey. 

C. — Extraña condición es la tuya, que te quejas de 
lo que ninguno se quejó jamás. ¡Cómo! ;Y parécete mal 
que, con el quitarte y abajarte, honre á los hombres que 
lo merecen? 

(j. — No me quejaría ni me parecería mal, cuando, 
como dices, me abajase hasta el suelo á los que lo me- 
recen; más duéleme que, sin hacer elección, me quites á 
cada paso de la silla donde ya me pusistes, habiéndome 
puesto en ella, como tú dices, por honrarme; y si tú su- 
pieses qué cosa es honra, sabrías asímesmo si tengo 
razón de quejarme. 

C. — Pues ¿quién hay que no sepa qué cosa es honra.^ 
Es verdad que es alguna cosa muy dificultosa de saber. 

G. — Bien creo yo que á tí parece fácil, por que te 
persuades que lo sabes todo, puesto que los efectos 
muestran bien lo contrario; mas, por probar, dime qué 
cosa es honra. 

C. — Honra es un quitar la gorra yo anaquel, ó aquél 
á mí; y questo sea verdad mira cómo cada uno lo desea 
y huelgan que se la quitan, tanto que algunos van miran- 
do á las manos, á los ojos, como si fuesen cortabolsas, 
á ver si se quitan la gorra. 

G. — Verdaderamente que eres toda de una pieza: yo 



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no he visto jamás cabeza más vacía que tú; digo, vacía 
de todo aquello que debieras estar llena, como lo estás 
de ignorancia. 

C. — Pues si el quitarse uno al otro no es honra, haz- 
me entender qué cosa es honra. 

G. — Dirételo, puesto que sé que no me entenderás, 
ó ya que lo entiendas lo que pretendo decir, por un oído 
te entrará y por otro te saldrá, sin retener ni aprovechar 
de nada. Honra, en una sola palabra, es premio de la 
virtud; pero moralizándola más, digo que es una exhi- 
bición de reverencia que señala la virtud del honrado. 

C. — Eso mismo es lo que yo digo y lo que yo hago 
cuando te quito para saludar á alguno. 

G. — :Bien dije yo que no me habías de entender. De- 
jémoslo estar y no perdamos más tiempo.. Vamonos á 
pasear. ' 

C. — Vamonos, y de camino pasaremos por palacio, 
por ver si parece un amigo mío con quien tengo un ne- 
gocio. 

G. — Vamos presto. Plega Dios que algún día me de- 
jes reposar en un estado, sin que, aconsejándote con ese 
espejo tuyo, me hagas á cada paso mudar asiento, dán- 
dome más jaques que á un rey encerrado. Dime, por tu 
vida, por qué me has tirado agora así sobre los ojos. 

C. — ¿No ves cómo parezco ansí más bravo y más 
gallardo? 

G. — ¡Oh dioses! ¿Hay suerte más miserable que ser- 
vir á un loco? Pues si agora me traías sobre ambas cejas, 

11-25 



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- 178 - 

;a qué propósito me has puesto sobre el ojo izquierdo, 
dejando toda la parte derecha de la cabeza descubierta? 
¿Quieres que te dé algún sereno en ella, que tengas des- 
pués que curar? 

C. — ¡Qué mal avisada que eres! ¿No ves cuánta me- 
jor gracia da esta manera de llevarte que la otra? Mira 
cómo parece bien esta sombra que hace sobre el izquier- 
do lado á las damas que parecen por las ventanas. Y el 
ojo mismo muestra cierta fuerza más atractiva que el 
derecho, que va descubierto. 

G. — Agora bien, esto sea así; al menos, déjame es- 
tar desta manera, pues te agrada tanto; ves aquí que 
me has puesto como diadema, de media cabeza atrás. 
¿No ves que me llevará el aire? 

C. — Tü quieres saberlo todo. ¿No ves que llevándo- 
te ansí muestro á las gentes cierto descuido galán que 
suele parecer bien? Muéstrase ansí el hombre más cuida- 
doso de otras cosas y menos afectado en éstas, y por 
otros mil respectos gentiles que tú no entiendes. 

G. — No me digas más, por tu fe. Vamos, llévame 
como quisieres. Créeme que sería harto mejor dejarme 
estar, y que haciéndote rapar toda, te pusieses un goz- 
que, ó un gallo abierto, acabado de matar. 

C. — ¿Para qué me harían falta tales animales? 

G. — Otra vez te lo diré. Vamos ahora á donde íba- 
mos. No puedo dejar de decirte lo que es esto: ¿Para 
qué me has quitado de mi asiento, en viendo á aquél 
que allá va? 



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— 179 — 

C. — ¿Cómo no quieres que le haga honra y acata- 
miento? ¿No viste qué hermosa cadena de oro lleva al 
cuello? 

G. — De manera que á la cadena honraste, que no 
á él. 

C. — Antes honré á él por la cadena. 

G. — ¿Sabes quién es? 

C. — Nó; pero basta para honrarlo saber que lleva 
una hermosa cadena. 

G. — Y si no la llevara, ;quitárasme de mi lugar para 
honrarlo? 

C. — Nó, ni por pensamiento. Donosa bobería es 
ésa: ¿por qué lo había de honrar sin conocelle, si no le 
viera la cadena? 

G. — Pues ¿cómo dices que á él acataste, y no á la 
cadena? 

C. — Porque me pareció que una cadena como aqué- 
lla no la puede traer sino hombre principal. 

G. — Pero si, en efecto, no fuese hombre, como 
dices, principal, sino malo, vicioso, soberbio ó raro y 
ignorante, conociéndolo tú por tal, y viéndolo con otra 
cadena como aquélla, ¿honráraslo ya? 

C. — Nó, que no lo honraría en ninguna manera. 

G. — ¡Oh, gracias á los dioses que has dicho alguna 
cosa bien dicha! Mas, ¿por qué. me quitaste á éste? 

C. — ¡Oh! ¡oh! ¿no ves el hábito que lleva de letrado? 
Es hombre docto. 

G. — ¿P2s más docto que yo? 



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— i8o — 

C. — No lo sé; sé que es doctor, que es más que ser 
docto. 

G. — ¡Oh, diosesl ¿Cómo sufrís tanta ignorancia? 
¡Cuánto mejor te estuviera que fueras una calabaza, que 
una cabeza! ¿Es posible que creas que es más ser doc- 
tor que docto? 

C. — ¿Qué se yo?.... Acuerdóme que los días pasados 
le dieron el grado de doctor y lo llevaron desde el cole- 
gio á su casa, más acompañado que novia, con trompe- 
tas y otros instrumentos, y todas las calles por donde 
pasaba estaban llenas de gente mirándolos, y aun parti- 
cularmente me acuerdo que me lo puse á mirar á la 
puerta de un barbero, el cual decía-allí á otros sus veci- 
nos que lo cognocía, y que era un excelente músico de 
vihuela, y que en una cuestión qne se ofreció una noche, 
lo había hecho como hombre, aunque salió mal herido. 

G. — Bien me has concluido, todo en una mano, y 
yo te digo que no me engañas en nada. De manera que 
porque iba muy acompañado, porque tañe bien vihuela 
y sabe bien acuchillarse, ¿lo juzgas por sabio? Bien está: 
todas son cualidades harto necesarias al grado de doc- 
tor; pero dejemos esto. ¿Quién es estotro á quien has 
hecho tan grande reverencia? 

C. — ¡Oh! éste es un procurador el más astuto y más 
solícito del reino; es hombre que hará de un tuerto de- 
recho. 

G. — En efecto, que sabe hacer eso que dices. 

C. — Como que en el mundo no se podría hallar otro 



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— i8í — 

que así supiese seguir un pleito, poner una demanda y 
enredar un laberinto cuando no tiene justicia, para hacer 
desatinar á la mesma justicia, cuanto más al juez. Es 
hombre que de un pleito más claro que el sol y de po- 
cos días, hará que dure diez años; en suma: es único en 
su arte procuratoria y, sobre todo, gran amigo de sus 
amigos. 

G. —Tantos loores me dices déste, que no solamente 
me parece digno de quitalle la gorra, mas aun la cabeza. 
Pero ¿quién es estotro que te ha hecho bajar las rodillas 
hasta el suelo? 

C. —Habla bajo, no te oiga. Es el hombre de más ma- 
la lengua que hay en el mundo; y á esta causa le hablo 
y hago acatamiento cuando lo veo, y paréceme que ha- 
go cuerdamente en granjeármelo por amigo, para que 
no diga mal de mí. 

G. — Miserable sujeción es la tuya: de miedo le ha- 
ces honra. Señal es que fías tan poco de tu virtud como 
de tu conciencia; pero hágote saber que te aprovechará 
poco tu diligencia, porque el flujo de la lengua es una 
enfermedad, que el que una vez de ella es tocado jamás 
sana, salvo cuando lo curan á palos ó cuchilladas. 

C. — Por Dios, que creo que dices verdad. Mas espe- 
ra, haré reverencia á este que aquí viene. 

G. — ¿Quién es.^ 

C — Uno de los más ricos hombres de esta tierra. 

G. — ;Cómo se ha hecho tan rico ese hombre? 

C— Es astuto y mañoso y ha sabido hacer sus ne- 




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— I82 — 

godos; es hombre que parte el cabello en diez partes. 

G. — ;Ha ganado él lo que tiene, ó halo heredado? 

C. — Todo lo ha ganado él, y lo que es más de ma- 
ravillar, que lo ha ganado en muy poco tiempo. 

G. — Si así es, á viva fuerza ha de ser, como dicen los 
sabios, una de dos: ó que él es malo, ó heredero de al- 
gún mal hombre. 

C. — No te lo sabría decir bien; sé que un tiempo tu. 
vo á su cargo las rentas del rey; algunas veces daba di- 
neros á cambio y prestaba sobre buenas prendas y con 
mejores intereses. 

G. — Basta, basta, no me digas; ya sé cómo se ha he- 
cho rico; mas dime si es liberal de esta su riqueza. 

C. — ¿Liberal dices? ¡Ha.... ha...! Más seco y más es- 
téril que una piedra pómez. 

G. — Bien está. Dime, ya que no es liberal en dar 
su hacienda, cuándo y cómo y á quién es necesario. ¿Es 
magnífico, es espléndido, hace edificios suntuosos pú- 
blicos ó particulares, socorre al rey con dineros en sus 
necesidades? 

C. — ¡Ha...! ¡ha...! Extrañas preguntas haces. No sola- 
mente no hace nada de eso, mas que cuando ha de pagar 
algún pecho, subsidio ó servicio al rey, ó para alguna 
necesidad particular de la ciudad, hace todo lo que pue- 
de por no pagarlo, y, al cabo, no lo paga sino es por 
fijerza de ejecuciones. ¿Qué quieres más sino que es tan 
malaventurado, que no se harta de pan? 

G. — Y ¿por tal hombre como es me quitastes de 



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- 183 -^ 

mi asiento y le haces tan grande reverencia? Aosadas 
que sé yo bien lo que me digo cuando hago juicio de tí. 
Mas ¿quién es estotro que creí cayeras por humillarte? 

C. — ¡Oh! éste es un caballero. 

G. — ¿Caballero de nombre, ó de efecto? 

C. — Caballero de linaje, habido y tenido por tal. 

G. — Hazte un poco más acá; díme: ¿en efecto es ca- 
ballero? ¿Hace profesión de las armas? ¿Ha usado la gue- 
rra, ha combatido por la patria ó por su príncipe, ha he- 
cho alguna cosa notable de las que deben hacer los ca- 
balleros? 

C. — No lo sé, á decirte la verdad; sé que jura á fe de 
caballero y que, generalmente, es tenido en tal posesión 
de todos. 

G. — A lo menos, díme cómo. ¿Es cortés, es liberal ó 
defensor de viudas y de pupilos y de los pobres que tie- 
nen necesidad de su favor? ¿Recoge en su casa peregri- 
nos? ¿Trata bien á los extranjeros que pasan por esta 
ciudad? 

C. — ¡Ha...! ¡ha...! Rióme de tu simpleza. Ya no es ese 
tiempo. No sé, si su padre le pidiese dineros prestados, 
si perdería el deudo. Con el bien estar en la cuenta, ha- 
blara él en el cabildo cuatro palabras por uno de esos que 
dices, habiéndoselo rogado primero, porque es ambicio- 
so y perdido por que se haga gran caso de su persona; 
pero si el negocio ha de costar más que palabras, bien 
puede buscar otro remedio la viuda y el pupilo, el pere- 



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— 184 — 

grino y el extranjero. Si tuviesen dineros, aprovecharlos 
ha por su daño, cuanto más que en esta tierra no se usa 
convidar ni regalar tanto á los extranjero^ como en 
otras partes; cada uno se va á su casa y el que no la 
tiene se va al mesón. 

G.— Pues ¿por solo el nombre de caballero, sin otra 
ninguna buena parte, le haces tanto acatamiento? ¡Oh 
dioses! ¿por qué no me hicistes escoba y no gorra? ¡Sus! 
por amor de Dios, no me digas más; que te juro, según 
estoy contigo, que voy determinada á refregarme con el 
primer candil que halle ó con el primer aceitero que 
tope, porque, á lo menos, estando muy manchada, dejar- 
me has de traer, sin sacarme á ver tanta sinrazón. ¡Oh! 
¡oh! ¿Aún este quedaba? ¿Quién es éste, por tu vida, 
que en mirándote á las manos me hiciste hacer un salto? 

C. —Este es uno de los nobles desta ciudad; es 
ilustre. 

G. — ¿Qué sabe hacer este noble en esta ciudad? 

C, — ¿Qué quieres que sepa hacer? ¿Ha de ser me- 
cánico un noble? ¿No sabes que, entre nosotros, los no- 
bles no saben hacer nacjp, no estudian, ni aprenden na- 
da? Antes lo tienen por cosa baja y plebeya; mas están- 
se siempre ociosos, ó vanse á pasear cuando quieren; 
alguna vez van á caza y la mayor ocupación que tienen 
y su mayor recreación es ver la cuenta de su mayordo- 
mo de casa ó la del que mira por su hacienda en el cam- 
po. Pero, esto déjalo aparte, que, como he dicho, es no- 
ble ó hombre de bien. 



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- i85 - 

G. — Declárame un poco cómo entiendes tu ser uno 
hombre de bien. 

C. — Yo llamo hombre de bien á uno que vive de su 
hacienda, sin dar trabajo ni molestia á nadie. 

G. — De manera que no tienes por hombre de bien al 
que hace el bien^, sino al que no hace mal. 

C. — No sé yo tantas cosas; yo llamo hombre de bien 
al que tiene bien. 

G. — Esa es otra ignorancia; pero tratemos deste no- 
ble: digo que no puede ser llamado hombre de bien, 
pues no hace bien; que quien no hace alguna cosa, co- 
mo dice Aristóteles, imposible es que haga bien. 

C. — Yo no sé tanta lógica como tú dices, que decir 
que éste es llamado noble. 

G. — Yo quiero ver si en alguna manera puedo ha- 
certe capaz de alguna verdad: dime qué cosa es no- 
bleza. 

C. — Yo creo que es nobleza un poder recontar el nú- 
mero de sus antecesores eñ memoria de mucho tiempo. 

G.— ¿No os digo yo que es predicar en desierto? 
¡Cuántos mercaderes, cuántos escribanos, cuántos zapa- 
teros y cuántos labradores se hallarán que puedan mos- 
trar buena cuenta y memoria de sus antepasados, maa 
ni por eso son llamados nobles! Antes digo que si por 
tal causa se lo deben de llamar, éstos que yo digo y los 
que tú dices igualmente son nobles, si igualmente mues- 
tra cada uno la antigüedad-de su origen. 

C. — Pues si esto que yo digo no es nobleza, serálo 

11-24 



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— i86 — 

poder un hombre decir que sus pasados alcanzaron gran- 
des victorias y fueron hombres muy señalados. 

G. — Durísimo ingenio tienes. Yo te digo que el gran- 
de que predica la virtud de sus pasados no se alaba á sí, 
sino á sus pasados; pues ^cómo puede ser que la virtud 
de sus pasados haga noble al que no tiene ni usa de 
aquella virtud.^ 

C. — Yo veo que estos que profesan la nobleza y la 
antigüedad alegan siempre la memoria de sus pasados, 
que fueron hombres cabidos con sus príncipes y seña- 
lados en diversas cosas. 

G. — Por cierto gran maldad comete aquel que sin 
ornamento de armas ó de* letras ó de alguna otra virtud, 
osa llamarse, hallándose en algima miseria, noble, y quie- 
re ser tenido por noble solamente porque sus abuelos ha- 
yan sido virtuosos ó bien afortunados, y que, estando él 
ocioso, quiera hacerse sombra y armarse de la virtud de 
los que por ventura la ganaron á costa de muchos tra- 
bajos. 

C. — Tú me haces saber más de lo que he menester^ 
con ciertas razones nuevas que traes á tu propósito; pero 
hazme entender qué cosa es nobleza y de dónde 3e diga. 

G. — Tanto será decírtelo á tí como decírselo á un 
caballo; porque, habitada y llena de falsas opiniones, no 
creerás ni entenderás nada de lo que dijese. Todavía te 
quiero decir aquello en que concuerdan todos los sabios. 
Nobleza es un resplandor nacido de la propia virtud; así, 
que quien no tiene virtud no puede dar de sí resplandor; 



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- 187 - 

y si alguno muestra, no es suyo, sino de sus pasados y 
antecesores. De aquí se sigue que cualquier virtuoso mé- 
ritamente es llamado noble; y s¿ bien fuese nacido de 
bajísima sangre, bástale decir lo que digo. 

Claudio emperador, de un virtuoso que era dijo que 
era hijo de sí mismo; y no se puede negar que no me- 
rezca título de nobilísimo aquel que la virtud de sus pa- 
sados con las propias obras imita, é ilustra las de sus 
pasados. Pero no tampoco debes de negarme que no 
merezca nombre de inominioso el que, habiendo naci- 
do ilustre por la nobleza de su linaje, trasliguea y dege- 
nera de aquella fama hereditaria con sus malas obras. 

C. — Tú me hinches el seso de palabras; yo no en- 
tiendo este tu resplandor ni se qué quieres decir. Yo veo 
que en la iglesia y en los convites, en las procesiones y 
en las fiestas, le dan á éste como á más noble la presi- 
dencia. 

G. — ¿Qué quiere decir presidencia? 

C. — Quiere decir darle el más honrado lugar que á 
los otros. 

G. — Pues ¡desventurada de tí! á\ precedencia y no 
presidencia. Mira si tiene alguna estofa ese tu capacete, 
pues no sabes hacer distinción de precedencia á presi- 
dencia, 

C. — ¿Qué maravilla que no sepa, si en mi vida estu- 
dié letra? 

G. — Ya se te parece. Y no pienses que vales más 
por eso: mal tesoro dice Hipócrates que es el de la ig- 



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^ 188 — 

norancia. Pero ¿qué importa esta precedencia? Yo he 
leído y oído que, por natural y antigua ley y por el co- 
mún consentimiento de los hombres, y aun hoy se guar- 
da en las bien ordenadas repúblicas, que los que nacie- 
ron primeros gocen del privilegio de la antigüedad, pre- 
cediendo á los más mozos, cosa de que ninguno se de- 
be ni puede quejarse, siendo introducción de nuestra 
común madre naturaleza. También he oído decir que los 
árboles y las plantas, según el lugar donde están pues- 
tas, tienen más ó menos bondad y abundancia. Y los 
astrólogos hacen de mayor ó menor eficacia á sus pla- 
netas, según los lugares donde están en sus figuras; pe- 
ro que el poner un hombre más adelante ó más atrás, 
más alto ó más bajo, y que la diferencia del lugar los 
haga mejor ó peor, esto nunca leí ni entendí jamás; an- 
tes he leído y entendido que los hombres honran á los 
lugares, y no los lugares á los hombres; y aún más te 
quiero decir: que he visto muchas veces la experiencia 
en contrario de lo que has dicho; que muchos hombres, 
mientras estuvieron en lugares bajos y en fortuna pobre, 
tuvieron vida y fama loables, los cuales, levantados des- 
pués á más alto grado y á fortuna más próspera, per- 
dieron luego el arte y la reputación, haciendo lo que 
hacen las ximias: que cuanto más alto suben, tanto más 
descubren la parte más fea que tienen. Pero di de qué 
te ríes agora. 

C. — Rióme de esa comparación, que es la más na- 
tural que oí jamás; y he mirado en ello mil veces, que 



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— i89 — 

mientras la mona está baja, sentada en el suelo, en al- 
guna manera tiene gracia, ó, a lo menos, un no sé qué 
que agrada; mas en subiéndose en alto, se le parecen 
aquellas sus nalgas callosas y feas y muestran todo su 
vituperio. 

G. — Eso mesmo es lo que quiero inferir. Muchos de- 
sean y procuran \^ presidencia por \di precedencia, y al- 
canzada, y puestos en alto y en los lugares eminentes, 
descubren luego la ignorancia, Ja avaricia, la ambición, 
la envidia y la insuficiencia suya; y si se estuvieran que- 
dos y contentos en su bajeza y fortuna moderada, no se 
hiciera tan pública su miseria. Pues si estos tales no me- 
recen precedencia, ^por qué por tales hombres me ha- 
ces tanto agravio, levantándome de mi silla y haciéndo- 
me ministro cíe tan grande sinjusticia? 

C. — Bien entiendo que dices verdad; pero yo hago 
lo que veo hacer á los otros. 

G. — ¿Ves cómo todavía te vas con el vulgo y cómo 
aprovecha poco reprehenderte? No me digas más que me 
colocaste en lugar de razón, antes sobre un nido de 
grillos. 

C. — Sin razón me injurias; mas mucho deseo saber 
de tí, no habiendo tú estudiado jamás, cómo sabes 
tanto. Parécesme una filósofa. 

G. — No te debes maravillar de eso, porque habiendo 
yo estado sobre tantas cabezas de doctos, de sabios, de 
industriosos, de locos, de obstinados, de vanos y de ig- 
norantes, y de tantas suertes de hombres, yo sería más 



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— 190 — 

digna de reprehensión que tú, si en tanto tiempo y en 
tanta prática no hubiese aprendido alguna verdad. Pe; 
ro dejemos esto; quitémonos presto de aquí, y vamos 
á hacer lo que quisieres, y vuélveme á casa, por tu vida, 
para que pueda reposar un poco; que no se puede su- 
frir lo que haces conmigo. 

Por tan mal lo tengo que me quites á todos sin di- 
ferencia, como que me dejases de quitar á aquéllos que 
lo merecen; y tanto más, que sé cierto que no lo haces 
tanto porque te huelgas de acatallos, como por ambi- 
ción de ser acatado.. No hay hombre tan bajo que, si 
te saluda, no quieras luego que yo pague la pena, qui- 
tándome de sobre tí por honrarlos. 

Y, demás de esto, hácenme asco y risa ciertos ges- 
tos y ademanes que haces quitándome á los unos y á 
los otros para mostrarte más humilde, más grata ó más 
sujeta, y no miras que no se pueden así fácilmente en- 
gañar los que tienen algún entendimiento y ya saben 
cuánto humo sale de tu chimenea; y, lo que peor es, 
que algunas veces se quedan riendo y burlando de tí, 
de cuan sobre el aviso vas para quitarme y para que los 
otros te quiten las suyas^ Al menor movimiento de ma- 
nos que ves hacer á los que encuentras, piensas luego 
que quieren honrarte, y, por no perdellos, como si con 
ésto los tuvieses ya ganados, de presto me haces hacer 
un salto todavía, de que te has hallado burlado mil 
veces y que has podido cognocer que el uno mo- 
vió la mano para rascarse la cabeza, el otro para ade- 



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-^ ígi — 

rezarse la barba, uno para tirarse la camisa del cuello y 
otro para fretarse las narices y los menos para saludarte. 
Mas ¿qué aprovecha? que ni por eso dejas de traerme á 
la contina, hecha señuelo de cazador, llamando las aves, 
que ni por eso te acuden, y que sea verdad, yo he visto 
alguno que, cayéndote en la cuenta-, dijo un día, pasan- 
do por tí: € Aquella cabeza anda á caza de gorras; pero 
no toma tantas cuantas querría.» 

C. — Yo te prometí de no enojarme y ansí lo he 
cumplido, puesto que te has desmandado mucho conmi- 
go, poniéndome mil tachas; pero quiérote mostrar que 
todo lo que hago es con fundamento y con razón y que 
no estoy tan sin ella como has dicho. A mí me parece 
que aquel que en todas las cosas tiene gran cuenta con 
su interese particular sea un excelente hombre, y que el 
que por sus propias cosas se trabaja sea digno de gran 
loor. 

Entre las otras cosas que particularmente aprove- 
chan, el ganarse y granjearse el hombre los amigos me 
parece cosa provechosísima. Viendo, pues, por otra par- 
te la ambición y la soberbia de los hombres, tan grande, 
que el menor, por bajo que sea, pretende y presume 
merecer que el rey le quita la gorra; y entendiendo yo 
que no se les puede hacer cosa que más les agrade, por 
que ninguna me agrada más á mí, te quito de sobre mí 
luego que los veo, por lo cual ya ves cómo se alegran y 
qué rostro me muestran; mas si á estos tales á quien ya 
una vez te he quitado, alguna te dejase de quitar, por el 



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— íg^ — 

mesmo caso se me harían enemigos; porque en las leyes 
de la ambición es capítulo expreso que aquel á quien 
una ó dos veces quítase la gorra la tiene ya para siempre 
ganada, y como juro de por vida echado sobre tí. De 
aquí viene que, esperando con el tiempo mi provecho, 
te quito á todos, para hacerme amigo de todos. Por eso 
te quité á aquel que traía la cadena, porque vieses de 
cuántas maneras se la ponía y lo que iba haciendo con 
ella porque fuese vista: ahora la tiraba, ahora la alzaba, 
ahora la abajaba, ahora iba jugando con ella, ahora la 
escondía, ahora la mostraba. ¿Qué piensas, que quería 
decir esto sino c quítenme todos la gorra»? Y ansí al le- 
trado y al procurador, para hallármelos begnévolos cuan- 
do los hubiese menester, y lo mismo al rico, al caballe- 
ro, al noble y á los demás, porque ninguno hay que no 
pueda aprovecharme, para que no me haga daño ni mo- 
lestia, como aquel satírico á quien te quité denantes, de 
temor no diga mal de mí. Hora mira si soy tan sin razón 
y tan vacía como te pareció ni tan de poco seso. 

G. — ¡No más! ¡No más! porque cuanto más hablas, 
tanto más simpleza muestras, y no sólo simpleza, mas 
con malicia y falsedad; porque no se llama excelente 
hombre, como denante dijiste, el que solamente atiende 
á su voluntad y á su particular, antes son malos y se 
debe huir de los tales como de ponzoña y guardarse de 
ellos como de enemigos del bien público. ¡Desventurado 
de aquel príncipe que tales consejeros tiene! ¡Tristes de 
aquellas ciudades que de tales hombres son gobernadas! 



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- 193 ^ 

Créeme que no hay en el mundo pestilencia más dañosa 
que el ansia del interese particular, y más: dicen los sa- 
bios que el querer siempre de cualquiera cosa sacar uti- 
lidad no conviene á hombres magnánimos y virtuosos. 

Pero ¿cuál justicia consiente que aquella reverencia 
que se debe á los dioses, al príncipe, ó al magistrado, ó 
á los buenos y virtuosos, quieras tü hacerla á los hom- 
bres ignorantes, viciosos, malignos y inútiles, avaros y 
manchados de mil géneros de maldades? ¿No sabes cuan 
peligroso lugar es aquel donde el vicio es honrado y el 
vicio es acatado? ¿Cómo quieres que viva contenta, vien- 
do lo que haces de mí? Que parece que para este efecto 
no me criaron los dioses, salvo para mostrar á las gentes 
tu ignorancia, tu vanidad, tu liviandad, tu pusilanimidad 
y tu locura, en mil varias formas y locuras que cada día 
me mudas, cortándome, aforrándome, bordándome, en- 
clavándome, emplumándome, encadenándome, ponien- 
do en mí y ^obre mí plumas, velos, cintas, cordones, ca- 
bos, medallas, perlas, cadenas, flores, y mil otros argu- 
m^tos de liviandad; y, lo que más que todo siento, qui- 
tándome de mi asiento inconsideradamente, por hombres 
que merecen mil horcas, y dejándome de quitar otras 
veces á aquellos que méritamente debrían ser acatados. 

Llévame si quieres á casa; conténtate con lo que he 
padecido; y si no me quieres dejar reposar en un cofre, 
ahórcame de algún clavo, donde me cubra de polvo, ó 
ponme sobre la cabeza de algún espantajo en tu huerto; 
que, á lo inenos, allí estaré queda, espantando á los pá- 

11-25 



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— 194 — 

jaros, y sobre tí podrás poner una veleta de chimenea ó 
un arpón de campanario, que se ande co^ cada viento, 
y así honrando á cada uno, satisfarás á todos. 

C. — Bien me parecen tus razones, si no fuesen en to- 
do tan contrarias de la común opinión. Porque ya sabes 
que quien contradice á los más y quiere antes guiarse 
por su parecer solo que por el de muchos, viene á ser 
juzgado y tenido por loco ó por temerario. Créeme que 
es mejor que nos vamos con la marea y que nademos 
con la corriente. 

G. — ¿No te tengo ya respondido á eso que la verdad 
pocas ó ninguna vez habita con el vulgo ni con la multi- 
tud, antes la contradice y la menosprecia? Pues ¿cómo 
quieres tú que así traiga falsas opiniones? ¿No sabes que 
los amigos se han de honrar y conservar en un cierto 
modo, más la verdad siempre y en todo lugar debe ser 
adorada? Así, que, si deseas mi salud, llévame á casa y 
no quieras que traiga tratos con el vulgo. 

C. — Vamos; que ya no sé qué me haga, sino andar- 
me descubierta, al sol, al agua, al frío, al viento. Mas 
ves aquí do viene Hércules. Dime agora que no es razón 
que te quite á éste tampoco, como á los otros que te he 
quitado. 

G. — A éste digo que no solamente debes honrar qui- 
tándome, más aun con las rodillas en el suelo acatarlo; 
porque si la honra, como poco ha te dije, es exhibición, 
reverefícia, en testimonio de la virtud, ¿quién es más vir- 
tuoso ni más digno de reverencia que Hércules? 



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- 195 - 

C. — ¡Oh!... |oh!... ¡oh! Agora me acuerdo que me re- 
prehendías denantes porque te traía de tantas maneras y 
formas diferentes; veamos cómo no reprehendes al que 
trae aquella tan espantable hechura de tocado sobre la 
cabeza, siendo tan virtuoso y tan digno de ser honrado 
como has dicho. 

G. — ¿No basta que seas ignorante, sino que tengas 
tan poca meiporia? ;No te tengo dicho que no se des- 
conviene, antes es lícito, traer en la cabeza un traje ó 
una empresa la cual sea indicio de la virtud del que la 
trae y que ésta tal antes se llama despojo que tocado ó 
atavío, así como traen hoy los húngaros las plumas de 
las alas del gallo? 

C. — ¿Para qué efecto las traen? 

G. — Has de saber que entre los húngaros ninguno 
puede traer pluma de águila en la cabeza si no ha muer- 
to turco, peleando de solo á solo; y tantos cuantos así 
hubiere muerto, tantas plumas puede traer sobre la ca- 
beza. Pues Hércules trae aquella cabeza de león por to- 
cado ó atavío de la cabeza, no es de maravillar, antes 
es digno de ser alabado, porque aquélla es la cabeza del 
león ñemeo que él gloriosamente venció combatiendo 
con él, y trae agora méritamente la piel y la cabeza por 
ornamento de su persona, para más prueba y testimo- 
nio de su hazaña y de su virtud. 

C. — Harto á tu propósito me has argüido. Ninguna 
cosa te alego que no me haces luego mil anzuelos con 
que asirme. 



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— 196 — 

G. — Estos que llamas anzuelos no son sino verdades 
manifiestas. ¿Sabes cuáles son anzuelos y máscaras del 
vulgo? Cuando un asno se cubre de la piel de un león, ó 
un cuervo se cubre de las plumas del pavón, usurpando 
la honra ajena; pero que un virtuoso traiga la memoria 
ó la impresa de su virtud y que con modestia procure 
que sea cognocida esta tal, se llama gloria. 

C— ¿Quieres que comprometamos en Hércules esta 
nuestra diferencia? 

G. — Ningún juez podríamos hallar más recto ni más 
apropósito; mas quiero ser yo la que se lo diga. 

C. — Antes yo, por desengañarme de mil otras du- 
das que tengo en este caso. Nosotros te adoramos, ¡oh 
Hércules! porque sabemos que en tí hay saber y verdad. 
Queremos que juzgues una nuestra diferencia, la cual te 
contaremos brevemente. 

HÉRCULES. — No es menester contármela: la virtud 
de mi nombre sólo basta para entenderos yo. He sido 
presente á toda vuestra diferencia y controversia, la cual 
prometo de difiniros fielmente. 

C. — Lo primero es rogarte que nos digas qué cosa es 
honra, lo cual sabemos y creemos que sabrás mejor que 
otro, siendo, como eres, más honrado que otro. 

H. — Así como entre los bienes del cuerpo la salud 
es primero, así entre los del ánimo la virtud, así entre 
los bienes extremos que llamamos de fortuna la honra 
tiene el primer grado, y no las riquezas, como algunos 
ignorantes piensan. Ésta desean, pues, todos los honi- 



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— .197 — 

bres de ingenio y todos aquellos que á cosas famosas 
son inclinados. Pero los bajos, los plebeyos y los que 
traen sus pensamientos envueltos en el lodo, ni la curan 
ni la procuran. La descripción de ello se puede hacer 
de esta manera: Honra es toda señal, todo dicho, todo 
hecho y cualquier acto que vemos hecho por reverencia 
y por testimonio de la virtud de aquel por quien se 
hace. 

C. — ¿El quitar la gorra es señal de honra? 

H. — Sí sería señal de honra, cuando el fundamento 
de la tal señal no faltase; digo, la virtud; porque, puesto 
que el humo sea señal del fuego, aquella tal no la lla- 
mamos humo de fuego, sino alguna exhalación, ó va- 
por, ó alguna otra elevación espesa, causada de alguna 
sucia materia. 

C — Pues ¿de dónde tomó origen este quitar de go- 
rra por testimonio de honra? 

H. — El descubrir la cabeza en señal de reverencia 
quiero que sepas que á sólo los príncipes y magistrados 
era antiguamente debido, si bien entre los sabios hubo 
algunos que dijeron que fué inventado por conservación 
de la salud del cuerpo, porque con el cubrirse y descu- 
brirse la cabeza, usándose al frío y al calor, se hacía 
más recia y más sana. Todavía digo que más bastante 
razón que ésta fué la causa porque siendo la cabeza la 
más noble parte del hombre y la que él procura guardar 
más en cualquiera peligro, cuando eran vencidos de sus 
enemigos, en señal cierta de su vencimiento, les ofrecían 



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— 198 — 

la armadura de la cabeza, poniéndoles delante la cabeza 
desnuda é inclinada, siendo la más noble y la vital par- 
te del cuerpo. Y de aquí, los prudentísimos romanos 
antiguos, para mostrar la obediencia y reverencia que á 
los dioses, á los príncipes y á los magistrados se debe, 
transfirieron aquella militar costumbre en conversación 
y en uso hábil, haciendo que, en el conspecto de los que 
digo, cada uno mostrase desnuda su cabeza. Pero aqué- 
llos que, sin hacer elección, á cualquiera persona y por 
cualquiera causa quitan la gorra, dan señal de ánimo 
bajo é ignorante, adulterando una tan noble institución. 
Y los que esta pregminencia usurpan, no siendo de los 
que he dicho, éstos tales se pueden llamar ambiciosos. 
Verdad es que, puesto que no sean príncipes ni gober- 
nadores de república, cuando por alguna particular vir- 
tud méritamente pueden ser llamados miembros de la 
república, méritamente deben ser honrados, nó como los 
que gobiernan, mas como dignos de gobernar, porque, 
como dice Aristótiles, un hombre de virtud excelente 
como un dios debe ser estimado entre los hombres; y 
aun el día de hoy, en algunas bien ordenadas repúbli- 
cas, se ve que el descubrir de la cabeza no se hace sino 
delante de la persona pública que tiene el gobierno. 

C. — ¡Oh, cuánto me huelgo de haber entendido to- 
do esto de que mil veces he estado dudosa! Mas aún de 
una cosa no quedo bien satisfecha, porque me parece 
que no han lugar en ella las razones que has dicho. ;Por 
cuál razón, Hércules, cuando el príncipe se quiere lavar 



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las manos para comer, los circunstantes se quitan las 
gorras? Pues en tal caso, parece que no es menester 
mostrar señal de honra ni de obediencia. 

H. — Antes es cosa muy puesta en razón, porque 
así como la cabeza significa el cognocimiento y la inte- 
ligencia de las cosas místicas, ansí las manos significan 
las operaciones humanas, y los pies significan efectos 
del ánima. Por esto antiguamente se usaba que si algu- 
no quería en algún acto juzgar ó mostrar su inocencia 
se lavaba las manos en público, así mostrando que to- 
das sus obras eran limpias y inocentes, de donde tomó 
origen aquel proverbio tan usado, cuando alguno de al- 
guna cosa ilícita no quiere ser culpado, que dice }^o lavo 
mis manos de eso^ por no querer mancharse. Pues cuan- 
do el rey ó el señor se lava las manos, los subditos que 
lo miran descubren las cabezas por dos razones: la 
primera, para darle gracias de la inocencia que muestra ; 
la otra, para dar señal de verdadera obediencia y del 
arbitrio que le dan por el mérito de aquella inocencia y 
limpieza que les muestra. Y si bien no se lavan hoy los 
príncipes con aquel intento, sino por la buena costum- 
bre y por la limpieza, todavía se les hace esta demos- 
tración, heredada de la antigüedad: Verdad que me 
acuerdo haber oído á un sacerdote egipcio que, siendo 
costumbre de los reyes suplicar á los dioses en el prin- 
cipio de la comida y dalles gracias en el fin de ella, to- 
dos los que se hallaban presentes descubrían las cabe- 
zas para suplicar y para darles gracias á los dioses. Y 



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— :^00 — 

ansí, siendo el lavar de las manos principio y fin de 
la mesa, en los cuales tiempos se solía hacer la oración, 
dura hoy la costumbre de quitarse Icis gorras cuando al 
principio y fin de la comida se lavan las manos, por ser 
ambos tiempos principios de la oración. 

C. — ¡Oh, como me huelgo de oirte! Mil gracias te 
doy. Hércules, y á esta mi gorra otras tantas, que por 
haberse enojado conmigo ha sido causa de hacerme 
capaz de mil cosas que no sabía. 

Antes oí decir un día á un loco, preguntándole el 
origen de quitar la gorra al lavar de las manos, que an- 
tiguamente los príncipes solían, queriéndose sentar á 
comer, convidar á los circunstantes, los cuales, rehusán- 
dolo, se quitaban la gorra en señal de agradecimiento; 
y que de aquí ha quedado en nuestros tiempos esta 
usanza, aunque los príncipes no nos conviden. 

Pero si no te soy enojoso, yo te suplico. Hércules, 
que me declares otra duda: ¿Dónde viene que cuando el 
príncipe estornuda, demás de invocar los que se hallan 
presentes su salud, se descubren las cabezas? 

H. — Todo mana de una ñiente. Verdaderamente, el 
reino, el estado, la república á quien los dioses prove- 
yeron de buen príncipe, méritamente se pueden llamar 
bienaventurados, y más méritamente es llamado y se 
puede llamar bienaventurado el byen príncipe, don de 
Dios, porque no hay duda, según la opinión de los sa- 
bios, que, cuando Dios quiere bien un pueblo, le pro- 
vee de un señor justo, tal que el mesmo pueblo pueda 



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— 201 — 

decir reposándose: «yo duermo y mi corazón y este mi 
príncipe vela por mí.» Escriben los antiguos que de to- 
das las señales bastantes á significar alguna cosa en los 
cuerpos humanos, sólo el estornudo es señal de augurio 
y llamado sacrosanto, como cosa dirivada de parte divi- 
na, por ser procedido del celebro y de ocasión vehemen- 
tísima; porque, en efecto, es un ímpetu y una erupción 
de todo el spíritu, la cual produce buen efecto á la sa- 
lud de todo el cuerpo. Cuando el señor, pues, estornuda, 
los que están presentes descubren la cabeza, para rogar 
á los dioses que al tal estornudo, ó la señal de su salud, 
siga el efecto. Porque así como el príncipe es la salud 
de su república, así la república es obligada á rogar á 
los dioses por la salud del príncipe, lo cual hace, como 
he dicho, con la gorra quitada. 

C— Á maravilla me has satisfecho. Hércules; pero 
¿por qué cuando estornudan nuestros iguales ó nuestros 
inferiores no nos quitamos las gorras.^ 

H. — Porque ni la salud de aquellos es tan necesaria 
como la del príncipe en la república, ni tenemos tanta 
obligación para pedírsela á los dioses. ;No sabes que los 
pueblos son los miembros, las leyes, los niervos, y el rey 
la cabeza del cuerpo público y civil? Por lo cual es ne- 
cesario que se haga cualquiera diligencia por la salud 
de la cabeza, como aquella que es causa de su salud en 
todos los miembros. 

G. — Mil veces le he dicho, ¡oh Hércules! á esta ca- 
beza que bien podría hacerse capaz de alguna otra cosa; 

11-26 



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pero que de ciencia ni de prudencia no lo será jamás; y 
es cosa de admiración que, siendo la verdad y la razón 
dos cosas tan eficaces para persuadir, si no viniera aquí 
la autoridad de tu persona, ninguna cosa quisiera creer- 
me; por lo cual te ruego que le des á entender cuáles 
son los verdaderos honores, para que, entendiéndolos, 
atienda á merecer alguno, y, dejándome reposar á mí, 
sea de aquí adelante menos curiosa de quitarme á los 
otros ni que los otros quiten las suyas á ella. 

H. — Los verdaderos honores son aquellos que se ha' 
cen á significación temporal ó perpetua de aquellos que 
tienen algún grado notable de virtud, como son los 
triunfos, los arcos, las columnas, las estatuas, las inscrip- 
ciones, y semejantes monumentos. Verdadero honor 
fué aquél de Themistio, que entrando en el espectáculo 
público de toda Grecia, todos los hombres en un mo- 
mento pusieron los ojos en él. Semejante fué el de Vir- 
gilio mantuano en el teatro de Roma; tal fué el del mag- 
no Pompeyo, que, siendo mozo, se levantó á él Lucio 
Sila dictador para recibirlo; como éste fué el de Atio, 
antiquísimo poeta de Pessaro, á quien se levantó en 
pie Lucio César, summo dictador, por honrarlo. Estos 
son verdaderos honores. También es verdadero honor 
cuando alguno es llamado á alguna administración ó go- 
bierno público por propia virtud, sin otro medio de fa- 
vor y de diligencia. Verdadera honra fué aquella de 
Otavio Augusto, cuando el senado y el pueblo romano, 
de común consentimiento, lo llamaron padre de la pa- 



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— 203 — 

tria; verdaderos honores son las coronas, las guirlandas 
y los collares, y los otros grados militares que con tra- 
bajo de la propia persona son ganados, los cuales daban 
á los caballeros y á los otros soldados. Y semejantes son 
los que se daban á los hombres señalados en alguna 
dotrina, y así, lo buenos acogimientos y los buenos 
tratamientos que los príncipes hacen á los hombres vir- 
tuosos son verdaderos testimonios de la honra y de la 
virtud de los tales. Asimesmo son verdaderos honores 
aquella testificación que los graves y verdaderos escrip- 
tores dejan en sus libros de la virtud de alguno, contra 
la cual casi parece que en el tiempo no tiene jurisdición. 
De aquí vino que los príncipes virtuosos antiguamente 
se preciaron de tener cerca de sí scriptores doctos y 
virtuosos que dejasen scriptas sus hazañas. De aquí vino 
á ser tan recordado y tan traído á la memoria aquel ge- 
neroso sospiro del magno Alejandro: cuando vido el se- 
pulcro del famoso Achiles, dijo: «¡Oh bienaventurado 
mozo, que mereciste tener á Homero por coronista de 
tu vida!» 

C. — Confiésote, Hércules, que es verdad todo lo que 
has dicho y que me parece ser otra ya de lo que hasta 
aquí he sido, en virtud de un poco de luz que de lo que 
has dicho se me ha entrado en el celebro. Aún quedo 
dudosa que me dices que honra es testificación de vir- 
tud y yo he visto y oído que muchos príncipes de nues- 
tros tiempos y de los antiguos honraron algunos hom- 
bres mecánicos, así como Alejandro á Dinócrates gran- 



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— 204 — 

de ingeniero y arquitecto famoso; á Apeles, pinctor; á 
Lisipo, escultor; y ansí otros muchos que dejo de de- 
cir por huir la prolejidad, los cuales no tenían prehemi- 
nencia de virtud, sino de arte. 

H. — No digas eso. ¿Eres tan torpe, que el arte no 
tienes por virtud y grande? Sábete que en la virtud hay 
grados de más y de menos excelencia; pero á cada uno 
por su virtud debe de honrar en su grado el que quie- 
re tener título de humano y de justo. 

C. — Yo me pensaba que ninguna virtud era digna de 
honor, salvo la de las armas ó la de las letras. 

G. — ¿No te lo he dicho yo, Hércules? Ésta piensa 
que es tan rica de seso como de hacienda; pero ya ves 
si le falta todo, pues no te entiende. 

H. — Poquísimas veces acontece que la virtud y la 
riqueza se acompañen, porque se conciertan muy mal 
juntas; antes, de ordinario, donde la una crece, mengua 
la otra. Con todo esto, sábete que hay dos maneras de 
virtud: la una, intelectiva, como son las artes, las scien- 
cias; y cualquiera que posee una déstas méritamente es 
digno de honor, como los filósofos, los hombres letrados 
y doctores, que han sido siempre muy estimados y hon*- 
rados. Otra manera de virtud hay que se llama moral, la 
cual hace asimesmo á los hombres que la poseen méri- 
tamente dignos de honor; por ésta, son honrados los 
hombres fuertes, los mansuetos, los sufridos, los tem- 
plados, los justos, los vergonzosos, los magníficos y libe- 
rales; y si cada virtud de éstas, de por sí, merecen reve- 



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— 205 — 

renda, mira cuánto loor y reverencia merecerá aquel que 
de todas juntas se honra, hecho guirlanda, y acumulan- 
do las intelectivas y las morales dentro del ánimo. ¿No te 
parece que este tal no solamente será digno de mortales 
honores, mas aún de ser acatado casi como uno de los 
dioses entre los hombres? Los otros que á la vanidad y 
á la ambición de la gorra atienden, sin curarse de mere- 
cella por alguna de las virtudes que he dicho, como am- 
biciosos y vanos debrían ser echados de la compañía de 
los buenos, porque injusta cosa es que quiera uno, en los 
asientos, en las fiestas y en los lugares que denantes 
dije, preceder á los otros, y que á la defensión de la 
patria en los peligros, en las batallas y en los otros tra- 
bajos que hacen las obras de los hombres eternas y fa- 
mosas, se quede atrás el postrero y que, haciendo mal, 
le parece parte de saber y de nobleza despreciar las artes 
y las virtudes de los otros, atendiendo solamente á acu- 
mular hacienda. Para significar esto, los sabios romanos 
hicieron templo á la honra y la virtud, á quien tenían 
por dioses de esta manera: que no se podía entrar en el 
templo del honor sino pasando primero por el de la vir- 
tud, sobre la puerta del cual estaban en grandes letras 
de oro escriptos estos versos: 

«No puede entrar de honor al sacro templo 
Quien por el mío no pasa y persevera: 
Medid la vida, pues, con este ejemplo.» 

Esto basta por agora para conclusión de vuestras di- 



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— 206 — 

fe rendas y yo me vuelvo al cielo, donde los dioses me 
están esperando. 

G. — ¿Has entendido, cascabel mío dorado, has enten- 
dido lo que Hércules te ha dicho? Hora llévame á casa y 
déjame estar en un rincón, sin darme más trabajo del que 
hasta aquí me has dado. Allí me dejarás, mientras río 
de tu vanidad y tu ambición; me gozaré de la sapientí- 
sima difinición que el divino Hércules te ha hecho, cuya 
señalada virtud te ha dado bien claro á entender, si has 
sabido entenderlo, qué cosa sea el verdadero honor, (i) 




( I ) Al pié del manuscrito que posee el Sr. Sancho Rayón se lee: 
<íAcabose de tresladar en Sevilla d diez de Marfo de mili y quinien- 
tos y novela años en Sevilla en la parroquia de Sant Martin,^ 



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\ 



PARADOJA 



Trata que no solamente no es cosa mala, dañosa ni vergonzosa ser 
un hombre cornudo 
mas que los cuernos son buenos y provechosos, (i) 

(B. a— A \i4i, 4) 

No ha muchos días que hallándome en una buena 
conversación, donde se hablaba de los cuernos, fui harto 
reprehendido, porque, movido á piedad de verlos así 
maltratar, dije solamente que no eran tan malos como el 
mundo los juzgaba, y que es una ironía y una cierta 



(i) D. Aureliano Fernández-Guerra publicó esta paradoja, supri- 
miendo varios párrafos, en el apéndice al tomo i ^ de Gallardo, donde 
se notan algunas pequeñas variantes entre el texto dado por el doctísi- 
mo académico y el del códice colombino, al que nos hemos ajustado 
fielmente. 



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— :5o8 — 

mala opinión, nacida de gente baja y de poco discurso, 
el estar mal con ellos. Y no habiéndome consentido los 
que allí se hallaron que dijese todo lo que sentía en esto, 
quedé con un gran deseo de declarar esta ceguedad, así 
por probar mi intención, como para que el mundo en- 
tienda el engaño que recibe, y que no solamente no son 
malos ni dignos de ser vituperados, mas á quien sana- 
mente los entiende, son buenos, honrosos y provechosos, 
como lo pienso mostrar en esta mi paradoja. 

Así, digo que generalmente aquellas cosas son más 
dignas y más excelentes en sí, y de mayor autoridad 
acerca de los otros, que tuvieron más altos, más buenos, 
antiguos, y mas honrosos principios y que fueron he- 
chas y usadas por hombres más famosos, y en lugares 
más señalados y preeminentes, y siendo esto así, ningu- 
no puede negar que los cuernos sean la cosa más exce- 
lente, más buena, más honrosa y de mayor autoridad de 
cuantas tienen los hombres acá en el suelo, ó, á lo menos 
de aquellas que la fortuna ó la buena diligencia pueden 
dar á ninguno. Porque si los principios y la antigüedad 
se mira, desde que hubo cielo hay cuernos como lo diré 
hoy, pues, en su lugar; mas aún, demás de esto, hubo 
hombres que tuvieron cuernos; y qu;5 aquellos gigantes 
que quisieron hacer guerra á Júpiter eran no solamente 
cornudos, mas que de la grandezsc de sus cuernos nació 
la soberbia de sus ánimos y de sus impresas; hasta que 
los dioses, temiendo ser echados del cielo á cornadas, 
viendo que ya lo intentaban, los abrasaron á todos, y, 



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— :209 — 

no contentos con esta venganza, siguiendo su victoria, 
por asegurarse mejor y por estirpar entre los hombres la 
simiente de los cuernos, como cosa que un día les pudie- 
ra quitar el imperio, ahogaron los que quedaron; hasta 
que venidos después Pirra y Deucalión, que solos que- 
daron para casta, y, por haber salido muchas, les manda- 
ron que echasen aquellas piedras por aquella cuesta aba- 
jo (como lo escribe Ovidio en sus Metaníorfóseos) los 
cuales, en llegando á lo llano, eran luego convertidos en 
hombres; percr ahora fuese por ser las tales piedras qui- 
zás redondas, ahora porque los que las echaron no los 
tenían, todos los hombres que de ellas se hacían nacían 
sin cuernos. Puesto que dice á este propósito un doctor 
de mi tierra (que de causa de tener una mujer bonita como 
un oro, presume de saber tanto de cuernos como de me- 
dicina), que no fué ninguna de éstas la causa, sino que 
habiendo Júpiter considerado mejor la presunción y so- 
berbia de los hombres, queriendo reformarlos en aquella 
nueva generación, les disminuyó el poder y la dignidad, 
quitándoles los cuernos, para que de temerarios que antes 
eran, fuesen de allí adelante tímidos, pues, los hombres, la 
primera vez con cuernos y la segunda vez sin ellos;, ó, 
por mejor, la inclinación natural nos tira siempre á de- 
sear más aquellas cosas de que más carecemos; ó por- 
que viendo á las otras bestias con cuernos, los hombres 
tuviesen envidia y les pareciese quedar mancos sin ellos; 
ó, según yo creo, porque les dijen »n que los primeros 
hombres los habían tenido y la causa por que Júpiter se 

U-27 



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— ¿lÓ -* 

los había quitado, nacióles tan gran deseo de tener cuet'- 
nos, que luego despacharon sobre ello mensajes á Júpi- 
ter. De esta embajada dieron cargo á la honra y á la -opi- 
nión, por ser la una y la otra personas tan principales 
en la república de los hombres; ellas acetaron su comi- 
sión pacto expreso que si Júpiter concediese su demanda, 
no pudiesen los hombres traer los cuernos en la cabeza; 
ni en la frente, como los otros animales, ni en ninguno 
otro lugar, salvo en medio de la honra y debajo de la 
opinión; y de aquí viene que no se pueden ver hoy los 
cuernos en los hombres que los tienen, por traerlos es- 
condidos en los lugares que he dicho. 

Llegados, pues, los embajadores á Júpiter, entre 
otras cosas le dijeron que por qué, habiendo dado á los 
otros animales colas, escamas, conchas, espinas, cuer- 
nos, picos y otras armas, para defensa suya y de sus 
mujeres, á solos los hombres había dejado desnudos y 
faltos de todas estas cosas, teniendo ellos, á causa de la 
liviandad y bulliciosa cumplición de las mujeres, mayor 
necesidad de armas con que poderlas defender, por lo 
cual le suplicaban les proveyese de nuevo, de manera, 
que, á lo menos, les volviese los cuernos que les habían 
sido quitados; porque demás que sería desagraviarlos, 
en esto excusaba el pecado de la invidia en que gene- 
ralmente incurrían, viendo gozar y abundar á las bestias 
de lo que ellos carecían, habiendo ellos antes tenídolos. 

Rióse Júpiter déla demanda de los hombres, pero, por 
no desesperarlos, y también porque no se le amotina- 



L 



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— 211 — 

sen, respondióles que haría su ruego si las mujeres con- 
sentían en ello; porque no habiendo de tener ellas cuer- 
nos, no era bien sin su consentimiento gozasen ellos de 
tanto favor. Y, á la verdad, creo para mí que Júpiter les 
dio aquella respuesta pensando que jamás las mujeres 
vinieran en ello, y que así ellos quedarían sin cuernos y 
él sin culpa. Vueltos los embajadores á 'os hombres y 
sabido lo que habían negociado, dióse aviso de ello á las 
mujeres, rogándoles que fuesen en ello, las cuales, con- 
sultando el negocio entre sí, enviaron con los mismos 
embajadores una de ellas á Júpiter para que les dijese 
que, no embargante que en alguna manera les paraba 
perjuicio, ó podía en algún tiempo redundar en su daño 
dar tanta autoridad á. los hombres, proveyéndolos de 
armas y que ellas no las tuviesen, pero por lo mucho 
que deseaban agradar á los hombres, holgaban dello, con 
tal que ningún hombre ni ninguno de sus maridos pu- 
diese de allí adelante ni tener cuernos ni llamarse cornu- 
dos, pues la mujer no podía holgarse ni hablar con otro 
hombre que mejor le pareciese. De manera, que así co- 
mo los cuernos del podían nacer del temor della, por 
consiguiente del contentamiento de ella, nacen los cuer- 
nos de él, para que lo uno recompense lo otro, de donde 
tomó principio aquel proverbio que dice vayate mocho 
por cornuda^ el cual, por ser tan antiguo^ apostaré yo 
que hay en esta corte más de seis catarriberas que no 
saben por qué se dijo. 

Concedióles ansí Júpiter como se lo pidieron y de 



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— 212 — 

allí quedó casi por ley inviolable que ninguno osase lla- 
marse el día de hoy cornudo sin que su mujer haya pri- 
mero dispensado con él. 

Esta fué, pues, la primera origen de los cuernos y 
después la segunda reformación de ellos. Si algunos lo 
cuentan de otra manera sepan que se engañan y que es 
error manifiesto; pero, demás de esto, para probar la an- 
tigüedad dellos, ;quc mejor autoridad ni cuáles mas abo- 
nados testigos que el mismo Júpiter y el mismo cielo? 
Ved en el cielo la luna con cuernos; y tan conocidos y 
estimados, que cuando queremos encarecer mucho una 
cosa decimos que está en el cuento de la luna\ como tam- 
bién, encareciendo una cosa y peligro grande, se suele 
decir que se vio en los cuernos del toro. 

Mas volvamos al cielo, y veremos algunos de ellos y 
de los signos con cuernos: el norte rodeado y guardado 
con la cabra Amaltea con sus cuernos, el cabrón del 
dios Baco con cuernos, el carnero de Anfirioso con 
cuernos, el toro de Europa con cuernos, tres con el Cor- 
nucopia. Y la hermosa Venus, madre del Amor y abuela 
de los cuernos, ¿quién no sabe que, viéndose casada con 
aquel malaventurado herrero (con quien acordó de ca- 
sarla aquel desdichado de su padre, de puro avaro, por- 
que se la tomó sin dineros ni dote), viéndolo tan feo, 
sucio, tiznado y tan para poco, acordó de ponerle los 
cuernos, porque pareciese algo y para que tuviese algo 
de nuevo? 

Y aquella diosa Diana, tan casta y tan hermosa, di- 



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— 213 — 

go, tan honesta, ¿dejó por eso de ser amiga de los cuer- 
nos y preciarse de ellos? ¿No se sabe que, siendo suya la 
casa de aquellos bosques donde se criaba, no se podía 
matar un ciervo en todos ellos, sin que le presentasen 
á ella los cuernos, como cosa tan alta y tan excelente 
que no merecían los viles gozar de ellos? Y así, en matan- 
do algún ciervo, la primera cosa era colgar los cuernos 
de un pino, dedicándolos á Diana; pero dejemos á una 
parte las autoridades de los poetas, que, por ser tenidos 
por mentirosos, podían leyendo esta mi paradoja poner 
sospechas en mi verdad: no aleguemos más con ello, si- 
no con la experiencia y ejemplos vivos; con razones 
fuertes y eficaces y con aquellas cosas que fácilmente se 
pueden probar y entender; y, demás de los cuernos que 
habemos dicho, que hay en el reino de Júpiter, bajemos 
al de Plutón y su infierno y hallaremos todos sus va- 
sallos y gente con cuernos, tanto, que si alguno pintase 
hoy diablo, no pensaría haberlo sacado al natural si no 
le pusiese cuernos, que para prueba de su antigüedad 
és validísimo argumento de la dignidad de ellos. 

Mirad la tierra y veréisla toda llena de animales cor- 
nudos, demás de los hombres á quienes sus mujeres los 
han puesto, y demás de los sátiros que tienen cuernos, 
puesto que en cierta leyenda hallé un autor que dice ha- 
berse escapado estos sátiros del diluvio de Júpiter, por 
ser grandes nadadores, y que viéndolos después con 
cuernos, sabiendo que eran de la raza de los pasados, no 
queriéndolos deshacer del todo, los deshizo de la mitad, 



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— 214 — 

haciéndolos de la mitad abajo cabrones, porque no fue- 
sen peores que los pasados y porque no se fuesen ala- 
bando que, siendo hombres, á su pesar tenían cuernos; y 
asi, donde quiera que los viéredes^hallareis que gozan de 
preeminencia de los cuernos con este sobregüeso. 

Pues si dejamos la tierra, y pasamos á la región del 
aire, allí se verán muchas aves que tienen cuernos; y 
algunos de ellos tan estimados y tenidos de todos los 
que los conocen, que de pura invidia los matan por 
quitarles los cuernos, los cuales traen después los hom- 
bres en los bonetes por ornamentos de las cabezas y 
por suplir por arte aquello en que la naturaleza los hizo 
faltos. 

En las montañas de Lombardía he visto yo cierto 
género de aves como escarabajos, que parecen aves y 
vuelan tanto como algunas aves, y son llamados en 
aquella tierra Bochegucare, Estos tienen en la frente un 
par de cuernos, imitación de los ciervos, con sus ganchos 
ó puntas que ninguna cosa se puede ver más hermosa 
en su calidad. Son muy estimados y tenidos en mucho 
de los que los pueden haber. Acuerdóme haber traído 
un par dellos en una medalla, ligados con oro, con una 
letra nemo est qui se abscondat. 

Mirad el ave fénix, que se dice ser única en el mun- 
do, y veréisla que en esto como en lo demás fué estima- 
da entre todas las otras aves; á ésta le nace de la parte 
alta de la frente una pluma á manera de cuerno, ó por 
decir más proprio, un cuerno á manera de pluma que la 



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hace parecer muy hermosa, como se puede ver en sü 
pintura. 

Dejemos el aire, y volvamos á la mar; y en ella 
veréis muchos peces eon cuernos de muchas maneras. 
Pues si en el cielo se usaron cuernos, el infierno está 
lleno de cuernos, en el aire cuernos, ¿quién pondrá du- 
da en su antigüedad, en su dignidad, ni en su autoridad? 

¿Quién no tendrá en mucho (si tiene juicio) una pren- 
da tan cara y de tanto valor? ¿Quién, oyendo decir la 
fuerza tan extremada que el rinoceronte tiene en un cuer- 
no de que le proveyó la naturaleza, para defenderse del 
elefante enemigo suyo, no le tiene invidia? ¿Quién no 
sabe que aquellos colmillos del elefante tan grandes y 
tan hermosos son cuernos y no colmillos, viendo que 
demás de la grandeza y hechura dellos nos lo muestra 
el efecto que con ellos hace, y aquellos que de ellos se 
ayudan? (queda claramente entendido:) estos, pues, son 
cuernos de tanta hermosura como vemos, de los cuales 
se hacen tantas cosas hermosas y excelentes, que sería 
nunca acabar de quererlas escribir, y de aquí vino que 
los poetas queriendo hacer una puerta para la casa del 
sol, se la hicieron de cuernos de elefante, por la cosa de 
más calidad y hermosura de cuantas pudieron hallar y 
no se las quisieron hacer de oro guarnecidas de piedras 
y de perlas, como la podrían hacer y no les costara 
tanto como esto. 

Así, los cuernos, por sí no fueran tan autorizados, 
con las dtVinas letras alpgara los cuernos de Moysén, 



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— 2l6 — 

los de Urías y los de David y el cuerno con que ungían 
los reyes de aquellos pueblos y mil otros de otros donde 
en la sagrada escritura se trata de ellos. Pero porque no 
parezcan ni es bien que se profane, y porque sin ella 
pienso probar mi intención, acuerdo de dejarla y tratar 
de cosas humanas. 

Lisímaco, famoso capitán de Alejandro Magno, sa- 
biendo la dignidad de los cuernos, los amó tanto, que los 
traía por adorno de su cabeza; y no se dejara retratar 
de muchos pintores que lo sacaran al natural sin ellos, 
á causa de su gran hermosura, si no lo pintaran con 
cuernos; y se ve en algunas medallas antiguas que del 
hallaron. 

Pirro, famoso capitán griego, traía los cuernos de un 
cabrón sobre su celada, por ser más conocido, más se- 
ñalado y más temido por ello en las batallas. 

Fueron siempre los cuernos tan estimados, que al- 
gunas naciones antiguas los usaron en las guerras; y en 
los ejércitos se los ponían en las cabezas, por parecer 
más fieros y más valientes á sus enemigos. Y aun en 
algunas partes de nuestras indias occidentales me dicen 
que los usan los indios. 

Uno de los mayores trabajos de Hércules, y una de 
las victorias que le hicieron tan famoso, fué el haber 
quitado los cuernos á Aqueloo; el cual tenía tanta fuerza 
en ellos, que no hallaron otra cosa por donde Hércules 
fuese más alabado los que del escribieron. Que si yo 
fuera coronista de sus proezas antes callara ésta que re- 



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— 517 — 

ferirla por tal; que antes alabaría yo á aquel que hubie- 
vSe puesto los cuernos á otro que no á aquel que se los 
hubiese quitado. Con todo eso, los antiguos nos lo de- 
jaron escrito así; ello^ debrían de saber por qué; y por 
esto los pojstas hicieron después gran caudal de estos 
cuernos de Aqueloo: hicieron casas de ellos de que nos 
dura aún hoy la memoria. 

Leed los hechos de los romanos, tan sabios, y tan 
valerosos, los cuales el día de la batalla hacían dos cuer- 
nos de sus ejércitos; y éstos eran tan estimados y de 
tanta dignidad, que no se diera cargo dellos á ningún 
capitán que primero no hubiese vencido alguna batalla; 
era, en suma, tanta la preeminencia destos cuernos, que 
aun del cuerno derecho al izquierdo se hacía gran 
diferencia, y así, la mayor honra y la mayor gloria que 
en un día de batalla podían dar los romanos á sus capi- 
tanes, era entregarles el cuerno derecho del ejército y 
no querría que pensase alguno que este orden de milicia 
esté hoy del todo perdido ni olvidado, aunque en parte 
esté pervertido, porque en los ejércitos del emperador, 
nuestro señor, la he visto yo y usarse cada día; y así ve- 
réis que después de hecho balance de los escuadrones, 
sacan y hacen dos cuernos de arcabucería, poniéndolos 
en la frente y en los lados de ella, y si algunos los lla- 
man mangas ó alas, no saben lo que dicen; que no son 
sino cuernos, ansi por la autoridad antigua que he dicho 
como porque si fuesen alas estarían en los hombros ó en 
los sobacos de los ejércitos ó de los escuadrones y no 

11-28 



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— ¿i8 — 

en las frentes donde los ponen, que son los mismos lu- 
gares donde nacen los cuernos. Y no solamente los ejér- 
citos guardan hoy tan buena orden, y esta preeminencia 
de los cuernos, mas aun cada soldado particular, visto 
que no puede tenerlos, movidos de cierta . invidia ho- 
nesta y valerosa, las van imitando en cierta manera; y 
de aquí vienen los penachos y las plumas que vemos 
usarse hoy sobre las celadas y las gorras y sombreros, los 
cuales no son, en efeto, ni parecen otra cosa que cuernos 
y no parece mal á ninguno. Esta es virtuosa disimulación 
de los hombres por los cuernos; pues aun los vemos en 
las mujeres de nuestros tiempos, las cuales, puesto que 
por la capitulación ya dicha, no pueden tener cuernos, 
todavía, conociendo el valor dellos, no contentándose 
algunas de ponerlos á sus maridos, los quieren ellas tam- 
bién traer; y así, veréis á algunas que hacen é inventan 
mil maneras de tocados nuevos y extraños, con ciertos 
lados y entradas para que parezcan cuernos. Las mila- 
nesas tuercen con cuernos y fuego y con otras cosas los 
cabellos de los lados y sobre la frente, haciéndoles to- 
mar la forma de cuernos de carneros, y teniéndolos en 
tanto, que no le parecía á una mujer milanesa ó lombar- 
da que aun para poder ser vista cuando sale de su casa, 
si no lleva los cuernos que digo, le parece que no va ga- 
lana. 

Otras demás déstas los traen por zarcillos en las ore- 
jas y por pendientes en las tocas, hechos de esmeraldas 
y de oro guarnecidas y perlas con mil gentilezas, para 



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— 219 — 

mostrar en cuánta veneración tienen los cuernos. 

Y acuérdaseme que, preguntando yo una vez á una 
dueña vieja, harto reverenda, á qué propósito se rapan y 
se pelan las mujeres los lados, me dijo: «Sabed, hijo, que 
la primera que se los peló fué una moza maliciosa, sober- 
bia y de grandes pensamientos; la cual, teniendo gran 
deseo de que le naciesen cuernos como á las otras bes- 
tias, y pareciéndole que aquellos cabellos podían impi 
dir naciesen, se pelaba muchas veces los aladeros (i), es- 
tercolándolos después con mil cosas para poder nacer, 
hasta que al cabo de algún tiempo, desesperada dello, y 
que tanto lo había deseado, visto que no nacían, se dejó 
dello; pero siendo después de otras amigas suyas pre- 
guntada por qué se había rapado de aquella manera, les 
contó su caso; lo cual entendido por las otras (como to- 
das sean naturalmente, invidiosas), apenas tuvieron sufri- 
miento para llegar á sus casas, que luego cada una, cuál 
más, cuál menos, desmontaron los alados, pensando que 
haría con ellas naturaleza el milagro que con la otra no 
quiso hacer. Y de aquí quedó, como vemos, el pelarse y 
raparse los aladores las mujeres, con deseo que les naz- 
can cuernos. 

Puesto que dice un amigo mío que no fué desto sino 
que habiendo sido informado Júpiter que algunas mu- 



íi) D. Aureliáno Fernández-Guerra hace notar que esta palabra 
significa lo mismo que aladares^ y que en la Paradoja se usan indistin- 
tamente las voces, alados^ aladores y aladeros. 



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— 220 — 

jeres soberbias trayan cuernos, contra la premática, y los 
cubrían con los cabellos de los aladores, mandó por de- 
creto público que se los rapasen y que todas de allí ade- 
lante traigan las frentes y los lados descubiertos, para 
que se pudiesen ver los cuernos si alguna lo traía; mas 
yo apostaría cualquiera cosa que las más de las mujeres 
que hoy traen largos los lados de los cabellos, traen los 
cuernos en sí mismas disimulados debajo dellos. 

¿Qué diré de la dignidad y autoridad de los cuernos, 
que todo no sea poco respeto de lo que se podía decir? 
En Alemania, entre otras hermosas antigüedades que aún 
duran entre ellos, son tenidos los cuernos en tanta esti- 
ma, que solos los príncipes y grandes señores los usan; 
los unos por armas y los otros por cimeras ó impresas 
sobre las armas; casi pareciéndoles que con ninguna 
cosa pueden traer el resplandor de la fama de sus pasa- 
dos como con los cuernos, y de aquí vinieron á ser lla- 
mados los cuernos cimera. 

Cuando quieren diferenciarse, y no solamente los se- 
ñores en Alemana, mas aun en Francia y en Flandes y 
en Italia, particularmente en el reino de Ñapóles, traen 
hoy los príncipes de Salerno un par de cuernos muy 
grandes sobre las armas, y el blasón de ellos, que trae- 
rían antes los cuernos sin las armas que las armas sin 
los cuernos con cierta letra. 

En la república de Genova, puesto que hay muchos 
nobles; ninguno es libre, antes todos son pecheros igual- 
mente, y no habiendo entre ellos mercaderías ni cosa 



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— 221 — 

alguna que sea exenta de mil maneras de derechos que 
pagan, solos los cuernos es su exención antigua y por 
preeminencia particular ni pagan ni deben ningún dere- 
cho, ni los que los traen á vender ni los que los compran. 
Mirad si supiesen deste privilegio los gavilanes de Espa- 
ña, si anduvieran tan locos con el suyo, y no piense algu- 
no que es donaire esto que digo, que no es sino pura ver- 
dad y exención particular de los cuernos en aquesta re- 
pública. 

Cualquiera que haya estado en Alemania habrá vis- 
to y entendido en lo que se deben de estimar los cuer- 
nos, viendo que son el ornamento principal de las casas 
y cámaras de los mayores príncipes; tanto, que como 
los nuestros acá tienen cuidado de adornarlas y adere- 
zarlas con doseles ricos y con tapices de brocado, pro- 
curan ellos de enramarlas y adornarlas con muchos cuer- 
nos de diversos animales, teniendo en esto tanto cui- 
dado y diligencia, que los buscan y los traen de otras 
provincias y se los presentan los unos á los otros por 
una cosa muy preciada, teniendo siempre en más los 
mayores. Y á este propósito me juró un caballero de los 
que se hallaron en esta última guerra de Alemana (y sé 
que me dijo verdad) que en casa del Duque de Vitem- 
beírga vio más de tres mil pares de cuernos de ciervos 
juntos, los cuales tenía guardado el duque allí con gran- 
dísimo cuidado; y que, habiéndole sido de pocos días 
acá restituido el ducado (el cual el Emperador le ha- 
bía quitado por su rebelión), andando recogiendo sus 



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— 222 — 

cuernos, halló que en un castillo suyo le faltaban un par 
de cuernos que tenía en mucho por su grandeza y 4ier- 
mosura; y sabiendo que estaban en poder del Duque de 
Baviera, se los envió á pedir; y no queriéndolos dar, le 
amenazó de destruirle, sino les vuelve sus cuernos. 

Pero, porque he tratado de los cuernos del ciervo, ved 
un poco cuan bien les parece, y considerad la hermosu- 
ra de ellos; mirad cuan mal parece quitándoselos, tanto, 
que aun ellos mismos, avergonzados de sí cuando los 
mudan para renovarlos, todo aquel tiempo que tardan 
en nacerles los otros, andan escondidos en parte tan re- 
mota, que de ninguno pueden ser vistos sin cuernos: mi- 
rad en cuánto los tienen y con cuánto cuidado los guar- 
dan, que muchas veces les acontece, y algunas los he yo 
visto, que siendo apretados de los perros y de los caza- 
. dores, yendo huyendo por algunos bosques, se les asen 
los cuernos á las ramas de algunos árboles y, detenién- 
dose, quieren antes ser muertos que poner fuerza para 
desasirse, á riesgo de quebrar los cuernos; imitando en 
esta propriedad al armiño, el cual tiene por menos mal 
ser tomado y muerto que ensuciar la blancura de su 
piel. 

Vese hoy, demás de esto, en aquellos edificios tan so- 
berbios de los romanos, tan sumptuosos y tan costosos, 
ó á lo menos en aquellas pocas memorias que de sus ha- 
zañas han quedado labrados y esculpidos muchos cuer- 
nos, como por ornamento de los tales edificios. Porque 
sabían aquellos tan sabios hombres, que ninguna otra 



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cosa pudieron poner en lugar de ellos que tanta calidad 
les diera. 

Pero notad otro argumento validísimo del valor de 
los cuernos. Mirad los trineos, que son cierta manera de 
carretoncillos sin ruedas; tirados de un solo caballo, que 
usan los príncipes y los caballeros en Alemania para 
andar con las damas por la nieve; y veréis que, habiendo 
aderezado el trineo lo más soberbiamente que pueden, 
no les parecerá que va bien ni que pueden parecer bien, 
si no llevan un par de cuernos muy grandes; los cuales 
he yo visto algunas veces plateados y dorados para 
acrecentar su hermosura. Y de aquí creo que vino llamar 
á algunos cuernos de oro. 

El camuco es un animal que vive de ordinario en la 
soledad de los bosques, cerca de las más altas montañas; 
éste tiene unos cuernecillos que le nacen en la frente y 
tornan para atrás casi á manera de anzuelos; y puesto 
que son pequeños, tiénenlos en tanto, que, volviéndose 
algunas veces á rascar tras de la cola (por ser, como 
he dicho, los cuernos á manera de anzuelos ó garaba- 
tos), se asen al salvo honor, y de temor de no rompe- 
Uos, no osan poner fuerza para tirar y desasirse; antes 
se dejarán morir de hambre, asidos de aquella manera. 

Y aunque parezca salir de la materia, no dejaré de 
contar un cuento á este propósito; y no será salir della. 
Estaban una vez juntas una gran multitud de llaves á la 
puerta de la bodega de unos frailes, que razonando en- 
tre sí, como acontece, y estando así, dijo una dellas (que 



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— 524 — 

parecía doctora): «Hermosa virtud es la que nos ha da- 
do naturaleza, puesto que algunos malinos la atribuyen 
á la industria y á la malicia de los hombres.» Y pregun- 
tándole otras qué era la virtud, «¿No veis- respondió 
jella — el poder que tenemos en esta casa, y en todas las 
otras donde habitamos? ¿Cómo á nuestra voluntad abri- 
mos y cerramos, y admitimos en la casa y dejamos fue- 
ra al que se nos antoja?» Estaba acaso tras de la puerta 
un cuerno, el cual lo había oido todo y cuando vino el 
fraile se lo contó todo, diciéndolc que no debía dar 
tanta autoridad ni tanto poder á las llaves, que algún día 
por ventura se hallaría burlado. «¿Qué me pueden á mí 
hacerlas llaves?» dijo el fraile; replicó el cuerno: «Mucho 
y mucho os podrían hacer si quisieran; pero cuando 
otra cosa no sea, ¿no os parece que se podrían escon- 
der la primera noche que vos fuérades fuera y no dejar- 
se hallar en todo el convento, para que no entréis acá 
hasta el día, á riesgo de os descubrir vuestra salida?» El 
fraile, considerando bien el caso, halló que el cuerno 
decía bien; que fácilmente las llaves le podían hacer 
una burla, por ser el compañero á quien las dejaba de 
noche encomendadas algo descuidado y de poca me- 
moria; y preguntándole al cuerno qué remedio tendría 
para asegurarse, el cuerno respondió que sería bien á él 
atarle con ellas, y serviría como de maza á las monas ó 
como de corma á los muchachos que se huyen; «y enton- 
ees si las llaves se perdiesen yo me descubriré y me deja- 
ré hallar.» El fraile lo hizo así, hallándose bien con el avi- 



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— 525 

so, y lo dijo á otros frailes amigos suyos; de los cuales 
ha quedado hasta nuestros tiempos, entre ellos y entre 
otros, atar las llaves en los cuernos. 

Mas tornando á la preeminencia de los cuernos, digo 
que el día que los venecianos salen á desposar su repú- 
blica con la mar en aquella grande barca llamada el 
buen tesoro, habiendo vestido al Duque de los más ricos 
ornamentos que se pueden pensar, le ponen én la cabe- 
za un bonete con un cuerno y no teniendo otro nombre 
el tal bonete sino cuerno de creses (?); que si aquellos 
tan cuerdos viejos tuviesen por más preciada ó más an- 
tigua otra corona que el cuerno, que la pondrían en lu- 
gar de la corona de cuerno. 

Los helvecios ó esguízaros rigen y ordenan toda su 
milicia al son de un cuerno; el marchar, el hacer alto, el 
retirarse, el acometer, es todo al son de un cuerno; y 
débese creer que lo hacen por ser instrumento que los 
hombres nobles y claros de ingenio, tienen en mucho 
los cuernos y que sólo ellos conocen su valor, que aun 
entre la gente rústica y grosera se puede ver lo mismo. 
¿No veis los labradores sacar las mañanas á apacentar 
los ganados al son del cuerno? Y ¿no vemos en tierra 
de Rioja, y en algunas aldeas de tierras de Sayago y de 
Campos, llamar al cabildo con un cuerno? Y ¿no veis los 
vaqueros del campo de Alcudia, cómo se entienden con 
su ganado al son de un cuerno? Mirad sin son avisados 
y maliciosos los villanos, y si entienden también como 
nosotros de qué quilates sea el valor del cuerno, que 

11-29 



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viendo que no los pueden tener, ni sus mujeres, por ser 
necios, no quieren dispensar con ellos, para que sean 
cornudos como la demás gente honrada; y cómo algunos 
de ellos, echando un cuerno en alto y dejándolo caer en 
el suelo, se rien y huelgan y se burlan mucho de aquel 
hacia quien se vuelva la punta del cuerno, pareciéndoles 
que lo mira como enemigo, y que le vuelve la punta co- 
mo al más inmérito, puesto que ya por nuestros pecados 
y por andar los cuernos tan comunes como la seda, que 
también se precian los villanos de cornudos y se pican 
dello como la gente noble: Dios se lo perdone á los cu- 
ras de las aldeas, que han dispensado con ellos para que 
lo puedan ser. ¿Pensáis que no tiene misterio aquella in- 
juria que se hacen los unos á los otros, echándose de no- 
che á la puerta los cuernos? Sabed que es uno de los de- 
licados puntos que pueden ser; porque, sabiendo el 
villano que á otro quiere mal, luego le llama cornudo; 
habiendo su mujer también dispensado con él, se los 
echan de noche á la puerta, para reprehender secreta- 
mente su descuido y su ignorancia. ¿Sabéis en cuánto 
son tenidos entre villanos los cornudos.? Que si uno sabe 
de otro que se los ha puesto, dará el alma al diablo por 
ponérselos al que se los puso, para pagarle en la misma 
moneda la misma cortesía: y de aquí vino el refrán de 
Tornacuer7ios, tan usado en todas las partes del mundo. 
Los animales brutos sin sentido y sin alguna lumbre 
de razón (digo de aquellos que tienen cuernos), ¿po sa- 
béis que se dejan atar y tomar por ellos? ;Quién se pu- 



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— 227 — 

diera valer con un toro si no le ataran los cuernos? 
¿Quién le haría sufrir á los bueyes el trabajo sin yugo y 
si no les ataran los cuernos? Oí decir que antiguamente 
se usaba y se ataban los hombres por los cuernos como 
los bueyes, hasta que, como he dicho, se los quitó Júpi- 
ter y que preguntándoles después cómo quería que se 
apremiasen de allí adelante los hombres, habiéndoles 
quitado los cuernos, respondió Júpiter: al buey por el 
cuerno y al hombre por ¡a palabra', lo cual ha quedado 
como ley universal hasta nuestros tiempos. Estas uñas 
que naturaleza dio á algunos animales á quien quitó 
los cuernos, y los picos de las aves, ¿no vemos claro que 
son hechos de cuernos, y que de allí les viene la forta- 
leza de ellos y de ellas? Sabemos que se dice comun- 
mente //¿:¿7 de cuerno\ no sé si me engaño, mas para mí 
creído tengo que las primeras aves y los primeros ani- 
males no los tenían, como vemos que no los tienen hoy 
las monas y los murciélagos, sino que después de hecha 
y estirpada del mundo la primera generación de los 
hombres, pareciéndole á Júpiter que no sería bien que 
se perdiese la materia, ya que se perdía la forma de los 
cuernos, hizo de ellos picos y uñas, para que hiciesen fe 
cuáles habían sido los cuernos en la primera generación 
antes del diluvio. ¿Quién hay que haya sido cazador 
que no sepa lo que ahora diré? y es que, entre otras co- 
sas excelentes que se notan de, los canes, es una esti- 
mación grande que hacen de los cuernos, y lo que se 
regucijan con ellos, tanto que en oyendo sonar uu ciier- 



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— 228 — 

no, veréis todos los perros á la redonda correr, saltar y 
regucijarse, haciendo un cierto contento diferente del 
que suelen hacer de ordinario. 

Paréceme que de lo que he dicho quedará razona- 
blemente probado el origen, la antigüedad, el uso y la 
autoridad de los cuernos. Queda ahora que diga algo 
de las virtudes que tienen y de sus propriedades, y las 
cosas que se hacen dellos. 

En lo que toca á las virtudes, ¿quién no sabe que el 
olor del cuerno de ciervo quemado hace huir las cu- 
lebras, y el polvo del mismo cuerno, para el estómago y 
para el mal del corazón; y los perros mordidos de ví- 
boras sanan con los polvos de los cuernos del ciervo, y 
esto hacen los cazadores punzando las mordiduras con 
un gancho de los cuernos del ciervo? 

¿Quién hay que no sepa la virtud maravillosa del 
cuerno del unicornio? El cual es contra todo género de 
ponzoña: tanto que se escribe del que los otros anima- 
les no osan á beber del agua hasta que llega el unicor- 
nio y suelta prjmero el cuerno en el agua, asegurándoles 
del veneno; que por natural instinto conocen la virtud 
del cuerno. 

¡Cuántas viejas ensalmadoras se conocen cada día 
por estas aldeas, que no osarían á ensalmar á ninguno, 
ni pensarían que les puede aprovechar el ensalmo, si no 
tienen en la mano un cuchillo que tenga los cabos de 
cuernos? Piensan, por dicha, que consiste la virtud en el 
acero ó en el hierro del cuchillo; y no aciertan, porque. 



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— 229 — 

si así fuese, el mismo efeto harían unas tixeras ú otro 
cualquier hierro; sino que es en virtud particular del 
cuerno, que ellas mejor conocen, por ser las más de ellas 
lapidarias, herbolarias y hechiceras. 

En el reino de Aragón hay una suerte de vino que 
llaman malvasía, el cual es el mejor de aquel reino; y 
sabido el secreto es que cuando plantan aquellas viñas, 
entierran al pie de cada cepa un cuerno, y esto los ma- 
yores que hallan, y tiénese por averiguado de la expe- 
riencia que la virtud de los cuernos hace tan excelente 
aquel vino, que si no se los pusiesen como se los ponen, 
aunque fuese de aquel mesmo género de vides, y en una 
mesma tierra, que el vino no sería tal como es el que le 
ponen cuernos. 

Son los cuernos de estos animales significadores de 
buenos agüeros, y á los caminantes, de buenas posadas, 
como lo sabrán mejor los que hubiesen caminado por 
Francia, Alemania y Flandes, donde en las insignias de 
muchas hosterías y mesones, sirven cuernos pintados de 
muchas maneras con letras que dicen: «En los cuernos 
de oro hay buena posada», y cEn los cuernos de plata» 
y «En los cuernos del ciervo hay buena posada.* 

¿No sabéis que en los cuernos de los animales se co- 
noce el bien ó el mal? Después de esto, ¿dónde nacerla 
templanza del aire y la bondad de ¡la tierra? De tal ma- 
nera, que donde los cuernos de los animales fuesen más 
grandes cada uno. en su especie, allí es señal manifiesta 
ser el aire más templado, y el clima más bien dispuesto, 



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— 230 — 

y la tierra más fértil: de donde tomó fundamento el pro- 
verbio que dice el buey chico en el cuerno crece, para mos- 
trar que si el aire es templado, puesto que el animal sea 
pequeño, no por eso dejará de tener los cuernos gran- 
des, porque provee naturaleza en lo principal, aunque fal- 
te en lo que menos importa. 

Los años de los bueyes, en muchas partes he yo visto 
hacerse juicio de ellos por las rayas de los cuernos. Pues 
¿quién no sabe que el sonido del cuerno tiene virtud pa- 
ra regucijar al cazador, á los perros, y atemoriza las 
fieras? 

Acuerdóme haber leído (entre otras virtudes casi in- 
finitas que los cuernos tienen) que barrenándoles á los 
carneros el cuerno izqu ierdo, engendran macho; y barre- 
nándoles, el derecho, engendran hembras; y que barre- 
nándoselos ambos junto á los oídos, no hacen casta, por 
lo cual creo sin duda que el no parir algunas mujeres 
mozas y hermosas que vemos, que deben tener sus ma- 
ridos barrenados los cuernos junto á los oidos y no por 
la extremada lujuria de ellas ni por otras razones frías y 
de poco fundamento que alegó Galeno y otros mata- 
sanos. 

Aristóteles que también inquirió y quiso saber las 
virtudes de los cuernos, como de todas las cosas natu- 
rales, dice en el libro de la generación de los anima- 
les que todos aquellos que tienen cuernos carecen de 
dientes: creo que fué porque la sabia naturaleza vido 
que era demasiado tener dientes y cuernos. Pero siendo 



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- ¿3t - 

tan amiga del hombre, quiso que solo gozase este favor. 

Otra virtud maravillosa me acuerdo ansíniismo ha- 
ber leído, y es que en tierra donde no hay cañas, si quie- 
ren que las haya, siembren cuernos; y enterrándolos, na- 
cerán hermosas cañas. Y sola esta virtud debía de bas- 
tar para confusión de un amigo mío y para probarle 
cuan mal lo ha hecho en haberse desenterrado los cuer- 
nos y cuan mejor le fuera tenerlos enterrados: que según 
eran muchos y grandes, si los dejara estar así, fuera po- 
sible que tuviese ahora un cañaveral que le valiera junto 
más que el haberlos descubierto. 

Querría decir todas las cosas para que son buenos y 
las que se hacen de ellos; pero no sé por qué les comien- 
ce, cuando acabe. ¿Quién creerá hayan hecho y que ha- 
gan cada día grandes príncipes y prelados y hombres 
muy principales? Ni tampoco quieren creer que los cuer- 
nos hayan sido autores de grandes mayorazgos, de pree- 
minentes dignidades y de cargos y oficios honrosos. Y 
con todo esto, es así verdad. Y no quiero alegaros á Sa- 
lomón, hecho de los cuernos de Urías; ni traeros ningu- 
no de los ejemplos antiguos, por no cansaros, ni de los 
modernos, por ser tan conocidos. Solamente diré que de 
cuernos se hizo Alejandro Magno monarca del mundo 
entre los antiguos; y de cuernos, entre los modernos, se 
hizo otro Alexandre, ó, á lo menos, por los de un cuñado 
suyo. 

De los cuernos de su marido hizo una mujer que yo 
conozco un don que le dio hasta calidad entre las de su 



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— ^3^ — 

manera, puesto que el maligno del Provincial dijo que 
no; sino que lo había sacado de sus espaldas, como na- 
rices de brazo, por negros azotes que le dieron un día, 
harto contra su voluntad. 

De cuerno se hacen linternas, cabos de cuchillos, ca- 
bos de puñales, regatones de lanzas, de dardos y de ar- 
maduras de camas, cabos de azagayas y extremos de 
otras mil cosas; que, por ser, como son, extremadas, an- 
tes se hacen de cuernos que de oro. De cuernos se ha- 
cen cucharas, alcuzas de pastores, y arcos, calzadores, 
tinteros, botones, antojos, salvaderas, pimenteros, fras- 
cos y bujetas. 

Con cuernos he visto en Madrid armar á milanos y 
tomarlos harto graciosamente; y no quiero decir cómo, 
porque no se le antoje á algún cornudo armar á alguno 
con los suyos, á riesgo de que se los lleve algún milano 
por ahí adelante; que á causa del luengo uso, parecería 
después al diablo C9n cuernos. 

Los canarios solían labrar y cultivar la tierra con ' 
cuernos y de ellos hacían sus rejas, azadas y todos los 
otros instrumentos del campo, que nosotros hacemos de 
hierro, y así lo testifican aquellos que en nuestros tiem- 
pos los conquistaron; y creo para mí que de aquí fueron 
llamadas aquellas lúdiS fortunadas ^ por la abundancia de 
los cuernos y la grandeza y provecho dellos. 

Con polvos de cuerno se afina y funde la plata; de 
cuernos se hacen los colodros y bebederos de pájaros; 
con un cuerno guardan los cocineros los asadores, para 



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que ni hagan ni reciban daño, cuando caminan; y con 
un cuerno defienden los labradores sus arados que no 
se les rocen cuando vuelven á sus casas; con cuernos ha- 
cen los hortelanos sus espantajos, y puestos en los na- 
ranjos ó otros árboles, defienden no suban las hormigas 
á las ramas y fruta; de cuernos se hacen las espeteras 
en Alemania, y aun en Sierra-Morena; un cuerno sirve 
de orinal á algunos oficiales en sus tiendas; cuernos en 
muchas partes sirven de argollas para atar los caballos. 
Un cuerno sirve de instrumento á un albeitar para pur- 
gar un caballo, para limpiarle las ranillas y para sa- 
carle los tolanos; con un cuerno se tira y se calza una 
bota y un borceguí muy justo; con un cuerno hacen es- 
tar quedos á los más bravos y feroces caballos; un cuer- 
no sirve á los villanos de mira cuando juegan al mojón: 
de un cuerno se hacen nueces de ballesta, frascos y 
frasquillos para arcabuces, bocas y llaves de botas para 
vino; en cuernos se guarda y conserva el algalia; en un 
cuerno traen los pastores la miera con que curan el 
ganado. 

Son, en suma, los cuernos de tanto valor y dignidad, 
que muchos tomaron denominación y quisieron descen- 
der de ellos, y así como todos los emperadores de Julio 
César se llamaron cesares, y así como algunos romanos 
famosos tomaron denominación de algunas cosas, como 
los Fabios de las habas, los Léntulos de las lentejas, los 
Cicerones de los garbanzos, los Sabinos de los árboles 
deste nombre, llamados sabinos, los Papinianos del pá- 

n-30 



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^ 234 — 

peí y otros de otras cosas, así de los cuernos se deriva- 
ron las cornerinas ó corniolas, Corneta, ciudad muy an- 
tigua en tierra de Roma; y Cornilán, aldea de gino- 
veses. 

De cornio, ó cuerno se derivó el cornu-copia de Ce- 
res, los Cornelios y Cornelias romanos, los Cornieles y 
Cómeles aragoneses y los de Cornete catalanes. De 
cuernos se derivó el unicornio, Cornejas, y Cornuallas, y 
Cornilias, provincias en el reino de Ingalaterra, de don- 
de se saca el mejor estaño del mundo; y puesto que esta 
provincia sea al presente sujeta al reino de Ingalaterra, 
en otro tiempo fué reino de por sí y el reino y rey solían 
traer por armas, en campo azul, tres cuernos grandes de , 
oro. Mirad si en aquel tiempo eran estimados los cuer- 
nos. 

De cuerno era coronada la cornamusa, corneta, car- 
nera, carnices y cornigones y cornilles. 

En los ojos de los hombres dice Aristóteles que hay 
cuatro telas diferentes, de donde viene que los ojos asi- 
mesmo sean de diferentes colores, y estos cuatro, á la 
una, llaman hoy los filósofos y los médicos de la córnea 
ó por la derivación ó por la similitud de los cuernos. 

De cuernos se dijo cornudo^ que es el punto princi- 
pal desta paradoja; y de cornudo han derivado los de 
Madrid entre nuestras casadas con cierta lengua nueva 
que ha descubierto el Marqués del Valle, que tiene en 
Nueva España un muy buen valle y lugar que llaman 
Cuerna-vaca, sobre el cual se vio un pleito con uno dq 



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— 235 - 

los mayores cornudos que hay de aquí allá, y creo que 
el mejor derecho que éste tenía al lugar eran sus pro- 
pios cuernos, puesto que parecía disparate á quien no 
sabía también como yo esta historia; bastaría que el 
Marqués se quiso concertar con él y darle la mitad del lu- 
gar, con este partido: que, pues el lugar se llamaba Cuer- 
na-vaca, él tomase para sí los cuernos, y para el Mar- 
qués la vaca; y contentárase de la partición el pobre gen- 
til hombre, sino que su mujer jamás lo quiso consentir, 
ni se pudo acabar con ella, diciendo que cuernos por 
cuernos, Valladolid en Castilla, y que por la vaca lo ha- 
bía ella, que no por los cuernos, teniéndolos sembrados 
por su casa. Pero tiempo es ya que salgamos á lo largo: 
no quiero recitar más historias antiguas, ni fábulas pos- 
tizas, ni invenciones fantásticas: no es bien que la tierra 
de los loores que he dicho me tenga tanto tiempo ocu- 
pado; antes quiero meterme en el golfo de los verdade- 
ros cuernos y dejando de alabar más lo que de sí es tan 
alabado, trataré en especie de s(Slos los cuernos de los 
hombres. 

Sepamos: ¿por qué se tiene por afrenta ser un hom- 
bre cornudo? ¿Con cuánta autoridad reprobamos los 
cuernos? ¿Qué ley hay escrita que condene por infame á 
ninguno cornudo? En, las divinas yo sé que no se hallará 
tal cosa, ni en la ley vieja, ni en la nueva; y sino hubie 
ra dicho atrás que no quería (ni es bien mezclar lo sacro 
con lo profano), yo supiera decir lo que respondió Nues- 
tro Señor á aquellos que acusaban una pobre mujer por- 



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— 236 — 

que había puesto los cuernos á su marido, como si lo 
hubiera muerto, y algunas otras cosas á este propósito. 
Pero tornando al mío, si las leyes humanas miramos, 
veráse que á solas las mujeres castigan; y no se verá que 
por adulterio de la mujer quede el marido infamado, ni 
que deje de ser tan honrado siendo cornudo, como lo era 
antes que lo fuese, cuanto más que esta severidad y es- 
ta aspereza que las leyes muestran en este caso contra 
las mujeres, se podría razonablemente estorbar y repro- 
bar, según la opinión de una dama harto hermosa que 
yo conocí, por haber sido invención de bachilleres, vie- 
jos, caducos, impotentes y aun ignorantes (i); los cuales 
siendo casados con mujeres mozas, como se suelen casar 
los más de ellos, hallándose mal aparejados á pagar la 



(i) En el códice colombino se lee la siguiente nota, de letra más 
moderna que el texto: 

«Esta dama hermosa, sin duda, es aquella Laronia que entroduce Ju- 
venal en la sátira 2 contra estos severos censores. Y si de aqui no tomó 
el pensamiento el autor de esta paradoja, autoriza mucho el suyo Juve- 
nal en dicha sátira, donde dice lindas cosas contra estos severos é hipó- 
critas censores de las mujeres. Y entre otras: 

RÉSPICE PRIMUM 

Et scriitare viros: faciunt ht phira, sed íllos 
Defendit mimerusj iunctoeqiie umbone phalanges. 
Magna ínter molleis concordia^ etc. 

Y más abajo: 

De nohü post hac tristis sententia feriiir; 
Dat veniam corvisy vexat censura columbas. 



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- 237 — 

deuda del matrimonio, y recelándose de esta causa de 
cornucopia, ordenaron apasionadamente estas leyes tan 
injustas y tan inhumanas contra las pobres mujeres, para 
refrenarlas con el temor de la pena y hacerlas contentarse 
con sólo el pan de casa. ^Quién duda que si los primeros 
legisladores fueran mujeres como fueron hombres, que 
las leyes en esto fueran todas diferentes de lo que son? 
Y no quisieran que fueran mujeres, sino hombres; 
con que fueron mozos robustos y bien dispuestos, yo 
creo que fueran las leyes más moderadas y más pia- 
dosas; juzguémoslo desapasionadamente y veráse que es 
ansí lo que digo. Mas no es éste el mayor inconvenien- 
te: el mal es que la invidia del demonio y la ambición y 
maldad de los hombres han introducido en diversos 
tiempos diversas costumbres^ hermoseándolas con cier- 
tas falsas apariencias, para que con más facilidad fuesen 
administradas, como la honra, la fama, la gloria del 
mundo, el encerramiento de las mujeres, el celo de los 
hombres y otras diversas cosas con las cuales, debajo del 
color de una cierta virtud, nos engañamos y nos dejamos 
fácilmente persuadir. Sábese que, en aquella primera rus- 
ticidad de los hombres primeros, no solamente las cosas 
exteriores y adquiridas eran comunes, mas aun las pro- 
prias mujeres, ni más ni menos. 

Y el César, cuando la primera vez pasó en Ingala- 
terra, según escribe, aún duraba en la mayor parte de 
aquella isla esta buena costumbre, que se juntaban quin- 
ce y veinte maridos con sus mujeres á vivir de compa- 



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— 238 — 

nía y de tal manera vivían, que cada una de las mujeres 
era mujer de todos ellos, y cada uno de ellos era ma- 
rido de todas ellas, sin que por eso hobiese jamás ce- 
los ni enojo alguno entre ellos; y cuanto á la genera- 
ción, tenían entendido que el hijo era de aquel que pri- 
mero tuvo participación con la madre. Entonces sí que 
eran estimados los cuernos y tenidos en lo que ellos me- 
recen, y no ahora, que la maldad con la ignorancia de 
los hombres (como ya tengo dicho) han hecho caso de 
honra de aquéllo que, si bien lo entendiésemos, más nos 
debíamos de afrentar y avergonzar: y en efeto, ¿cuál ma- 
yor vergüenza ni cual infamia mayor que tener el hom- 
bre alguna cosa la cual quisiera para sí solo, y que sea 
tan avaro de ella, que, pudiéndolo hacer, no la comuni- 
que á nadie? Y tanto más de aquellas cosas que ni por 
guardarlas mucho, ni disminuyen ninguna cosa, como es 
la mujer, y por el contrario, ¿cuál puede ser mayor libe- 
ralidad que tener el hombre una mujer hermosa cudi- 
ciada de muchos y comunicarla con todos, dándoles la 
misma parte de ella que él tomaría para sí? 

Bien hayan los ginoveses, que, entendiendo esto co- 
mo se debe entender, van por el mundo á hacer sus ne- 
gocios, dejando á sus mujeres en entera libertad para po- 
der hacer de sí Ib que quisieren; y estando presentes, no 
se avergüenzan ni se tiene por mal que tenga cada una 
su galán, como ellos los llevan para suplir las faltas de 
la mujer, bastándoles para todo la generación, como á 
los ingleses, que el hijo nazca en casa, para que se cu- 



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— 230 — 

tienda que es del marido y se halla por hábil aunque es- 
té el marido ausente; y es tan común y tan ordinario en- 
tre ellos, que ninguno que, tenga seso osaría á llamar á 
otro cornudo por afrentarle; así porque, como dije, no se 
tiene por afrenta: porque, como entre todos ellos, de cor- 
nudo ó hijo de cornudo, nenio est qui se ahscondat, 
Uxorein qui ducit mechaní in vértice portat 
Cornu tmufn: qui scit disÍ7nidate dúo: 
Qui videt, et patitur tria gestat: quatuor Ule 
Qííi ducit nitidos ad sua tecta Prochos 
Et qui non credit hoc etiam se in ordine para 
Credit et uxori cornu a quinqué gesit. 



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J^ne^to be Cabillo 



Entre todos los poetas contemporáneos y amigos de 
Cetina, distingüese Vadillo por el sentidísimo soneto, 
copiado en la Introdticción, que le inspiró la muerte de 
Vandalio, No nos ha sido posible adquirir noticia algu- 
na de su vida; ni siquiera hemos podido comprobar si 
el poeta y el J. de Vadillo de quien se conserva en la 
Biblioteca Nacional (Q. 83,) una Oración latina en ala- 
banza de Ciudad- Real, su patria, ms. fechado en 1577, 
son una misma persona. 

Sus obras están contenidas en los siguientes códices: 
I. Biblioteca Nacional, M. 268, ó sea el curiosísi- 
mo cancionero Flores de varia poesía &, recopilado en 
Méjico en 1577, y que se describe con el numero II en- 
tre los mss. que contienen poesías de Cetina, (i) 



(i) El mal estado de este interesante ms. ha obligado á hacer una 
fiel copia, que se guarda en la misma Biblioteca, registrada V. 366, á la 
cual nos referimos. 



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— 244 — 

II. Biblioteca Nacional, M. 381, descrito con el nú- 
mero VIII entre los ya citados. 

III. Libello en el qual han escrito muchos Señores , 
admirables discursos sobre la differencia que ay del amor 
al desseo, ms. de la Biblioteca del Excmo. Sr. Duque de 
T^Serclaes, en Sevilla. 

Excepción hecha del soneto XVIII, dedicado á la 
muerte de Cetina, creemos inéditas las demás composi- 
ciones de este petrarquista. 



SONETOS 



I. 

(B. N.rM.3Si,fol.2o8) 
DE LA HISTORIA DE NARCISO 

A las ninfas Narciso enamoraba 
Por sola su hermosura y gallardía, 

Y cada cual en fuego vivo ardía, 

Y á él ninguna deltas le agfadaba. 
Eco sobre las otras más le amaba, 

Y por él á la postre se moría, 

Y aunque deseaba hablalle, no podía, 
Porque á la triste la habla le faltaba. 



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— 245 - 

Él desdeñoso, acaso fatigado 
De cazar, se llegó á una fuente un día. 
Donde su rostro vio, que no debiera. 

Y en pena, de sí mismo enamorado, 
Un abrazo á sí mismo se pedía, 
Y temiéndose á sí, por sí muriera. 

II. 

fB, X.rM. jSiy/ol. 206 vio.) 
CONTRA CUPIDO (I) 

Amor, yo os juro á Dios que si os cogiese 
En parte donde nadie me estorbase. 
Que yo hiciera que se os acordase 
De mí cuanto la vida en vos viviese. 



(1 ) El soneto xxx de este apéndice es continuación del presente. 
Uno y otro recuerdan aquella donosísima oda en sáñcos-adónicos 
del festivo Baltasar de Alcázar, que dice asi: 

AL AMOR 

Suelta la venda, sucio y asqueroso, 
Lava los ojos llenos de légañas, 
Cubre las carnes y lugares feos, 
Hijo de Venus. 

Deja las alas, las doradas flechas. 
Arco y aljaba y el ardiente fuego, 
Para que en falta tuya lo gobierne 
Hombre de seso. 



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— 246 — 

Yo os prometo, rapaz, que no me viese 
Vengado, si la flecha no os quebrase, 

Y sin que por la greña os apañase 

Y á azotes con la mano os deshiciese. 
Muchacho mal mirado, en hora mala 

Para vos presumís andar tirando 
Saeta que do acierta se señala. 

Rapaz, desnudo, ciego, á fe que cuando 
Os coja sin padrinos en mi sala, 
A la madre no os vais de mí alabando. 



Cuando tu madre se sintiere d' esto, 
Puedes decille que como á muchacho 
Loco, atrevido, vano, antojadizo, 
No te queremos; 

Y que, pues tiene de quien ella sabe, 
Mil Cupidillos, que nos dé, de tantos, 
Uno que rija su amoroso imperio, 
Menos infame. 

Tú, miserable, viéndote sin honra. 
Vuélvete á casa de tu bella madre, 
Porque te vista: que andas deshonesto. 
Picaro hacho. 

Ponió por obra, porque no me hagas 
Que ande el azote; mas, si no me engaño, 
De estos azotes y aun de mí te ríes. 
Fiero tirano. 



V 



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- ¿4; - 
III. 

ÍB. N.rV. 366. fol. 70 vto.) 

Aquí al vivo se ve el sagrado coro 
De Gracias que robaron mis despojos; 
Vense dos soles claros en sus ojos, 
Á quien me inclino humilde y los adoro. 

El cabello encrespado de fino oro, 
Que en gloria volvería mil enojos, 
Aquí se ha de enlazar, con que á manojos 
Enriquezca de amor el gran tesoro. 

La blanca y viva nieve matizada 
Del purpureo color de fina rosa. 
Aquí se ha de templar para mi gloria. 

Aquí la diestra mano delicada 
Compone el'sutil velo, deseosa 
De renovar en mi alma la victoria. 

IV. 

(B. iV.j-r. 366, f oí. 147 vto.) 

Arde de mí la más ilustre parte 
De un tan ardiente y encendido fuego, 
Que no hay descanso al alma ni sosiego, 
Sino el tiempo que empleo en contemplarte.^ 

Y tanta gloria siento de mirarte. 



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— 248 — 

Que el mortal sentimiento pierdo luego, 
El uso, el apetito torpe y ciego, 
Rendido á la razón de bien amarte. 

Y como el alma tanto se levanta, 
Haciendo mil ventajas de nobleza 
Al bajo, vil, mortal, corpóreo velo, 

No sufro, aunque la llama en que qrde es tanta, 
Menoscabar un punto su fiereza: 
Ella sola es la que arde; el cuerpo, un yelo. 

V. 

(B, N.--M. 3Si,fol. 205.) 

Ausencia, que de Amor es enemiga, 
En esta ausencia hanse concertado; 
Que, siendo diferentes, se han juntado 

Y entrambos contra mí hicieron liga. 

Ved cómo ha de faltar quien me persiga, 
Si con lo que otros mil diz que han sanado. 
No sólo no me sana, mas doblado 
Mi mal en esta ausencia me fatiga. 

Los amores que matan las ausencias 
Físicos eran ya, determinados. 
Por falta de virtud se consumiera, (sic) 

Y hacían en su pecho intercadencias; 
Ya buscaban salida á sus cuidados 

Y de otro achaque quizá muriera, (sic) 



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— H9 — 
VI. 

fB. N'.rM. 381, foL 207 vto.J 

Cruel y en crueldad más porfiada 
Que el río con su corriente y más temosa, 
Más dorada que el sol y más hermosa, 
Más brava que la víbora pisada; 

Más dura que hermosa y más amada 
De mí que yo, ó más linda y graciosa: (sic) 
No se si te compare, porque cosa 
Fuera de tí no es bien ser comparada. 

Cual es tu hermosura es tu valor; 
Conforme á tu valor, tu honestidad; 
Cual tu merecimiento, tal mi amor; 

Como mi amor, tal es tu crueldad; 
Cual es tu crueldad, tal mi dolor; 
Y todo se midió á mi vokmtad. 

VIL 

(B. A'.~F. 366. fol, 71 vto.J 

Cual en alpina cumbre hermosa planta, 
Rica de flor y fruto, sombra y hoja. 
Que el alto monte pasa y se le antoja 
Tocar al cielo, tanto se levanta; 

De la soberbia gloria y honra tanta 
Con que adornaba el Alpe, si se enoja 



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Kl impetuoso Bóreas la despoja, 

La esparce por el suelo y la quebranta, 

Tal de una tempestuosa noche obscura, 
Que el alma de pensarlo huye y se asombra 
Medrosa de tal golpe, el viento airado 

Echó por tierra toda la verdura 
Del ramo do esperé ser coronado 

Y defraudóme de la fruta y sombra. 

vm. 

CB. N.— V. 366, fol. 122 vto.) 

Cual sale por abril la blanca aurora 
Toda en fuego encendida, matizando 
El cielo de colores, y alegrando 
La gente que entre el Tajo y Ebro mora. 

Tal esta ninfa, que mi alma adora, 
Al mostrar dulce rostro, tierno y blando, 
La tierra, cielo y mar va hermoseando 

Y cuantas almas ve las enamora. 
La blanca nieve y colorada rosa 

Perlas, rubís marfil y oro 

Adornan esta siempreviva hermosa. 
Cara prenda de amor, rico tesoro, 
Imagen en que Dios, sin faltar cosa, 
Al vivo dibujó el supremo coro. 



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- 251 - 

IX. 

(B. N.,'M. 381, foL 207,) 

Dentro de mi alma tengo un aposento 
Que sólo para vos fué edificado; 
Nadie en él sino vos jamás ha entrado, 
Ni piense entrar con mi consentimiento. 

De puro amor es hecho su cimiento; 
Amor es cuanto en él está labrado; 
Cuando huís vos del está cerrado; 
Cosa que no sea vos no la consiento. 

Si por dicha volvéis á él algún día, 
Sabed que le hallaréis cual le dejastes, 
Y aun quizá con alguna mejoría. 

Y el acordaros de que me agraviastes 
Tan sin razón, esta voluntad mía 
Hará que enmendéis lo que faltastes. 

X. 

(B. N.rM. 3Si,/ol. 20-].] 

¿Dónde se van los ojos que traían 
De sí los de mi alma tatí asidos, 
Juntamente con todos mis sentidos, 
Á donde quiera que ellos se volvían? 

Ellos sanaban cuanto adolecían, 



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— 252 — 

Consolaban mis cantos doloridos, 
Pues ¿cómo viviré, siendo partidos. 
Faltándome aquel bien que me hacían? 
En su vista mi vida se esforzaba, 

Y allí mi corazón se sostenía, 

Y dejaba sus males olvidados. 
Dellos salía lumbre que alumbraba 

Las escuras tinieblas do me via. 
Mas presto los veré de mí apartados. 

XI. 

(B, N.-Af. 3Si,fóL 2oS z'toj 
A LOS DOS TIRANOS AMOR Y MUERTE 

En un camino llano y espacioso 
líl Amor y la Muerte se encontraron, 
Donde con feas palabras se hablaron, 
Mostrando cada cual ser valeroso. 

Y á un asalto crudo y muy furioso 
Entrambos á la par se desecharon, 

Y de sus fuertes armas bien ^e .armaron. 
Pensando cada cual ser victorioso. 

La Muerte puso mano á su guadaña 

Y va contra el Amor muy poderosa, 
El cuál su arco fuerte coge yocalla. 

Y poco le valió su fuerza y maña: 
Que la hirió de muerte el niño hermoso; 
Que no le valió arnés, ni fuerte malla. 



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— 253 - 
XII. 

Es el amor gozar lo que ha costado 
Muy caro de alcanzar y pretendello, 

Y el verdadero amor es poseello 

Y conservarse en tal felice estado. 
Es al deseo caso reservado 

Amor, pues que no puede amar aquello 
Que ni tiene ni puede gozar dello; 
Que amar y desear es excusado. 

Puedo tener la cosa y no querella; 
Pero no puedo amar lo que no tengo, 
Ni puedo desear lo que poseo. 

Amor se llamará al poseella, 

Y al desear deseo, pues no tengo 
Amor á aquella cosa que deseo, (i) 

XIII. 

(B, N.-V. 366., fól. 168 vto,) 

Hermosos ojos cuya luz tan clara 
Excede el resplandor de mediodía, 
Angélica beldad de quien podría 



(i) Se encuentra este soneto en un Cancionero ms., que posee mi 
buen amigo el Excmo. Sr. Duque de T'Serclaes, y que se titula «Libelia 
en el qiialhan escrito muchos Señores admirables discursos sobre la 
differencia que ay del amor al desseo. 



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- 254 — 

Natura dibujar su rostro y cara; 

Divina gracia y hermosura cara 
Dignísima de la alta hierarchía, 
Aquesta mísera alma, ¿qué valdría 
Si acaso un bien tan alto no mirara? 

Si muere, morirá con honra tanta 
Cuanta nadie alcanzó, pues es por verte 
Dichoso tal morir y tal ventura. 

Toma el cuchillo, cata la garganta; 
No me tengas envidia de mi muerte: 
Igual será mi gloria á tu hermosura. 

XIV. 

(B. X.-V. 366, foU 148 vto.) 

Llorad, ojos ausentes; llorad tanto 
El destierro y dolor que el alma siente, 
Que, aunque es fiero y mortal el accidente. 
Venga igualando á la ocasión el llanto. 

Llorad, pues, ojos tristes, entretanto, 
Que lágrimas no faltan en su fuente; 
Después nuevo licor de fuego ardiente 
Llorareis, en señal de mi quebranto. 

Tarde vendrá á faltar este elemento; 
Que Amor, cuando templó mi compostura, 
De agua puso una parte y diez de fuego. 

Llorad, pues, ojos, vuestra desventura 



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Con larga vena, cual es el tormento: 
Llorando acabareis vosotros luego. 



XV. 

(B. N.— V. 366, foL 147,) 

Mientras la fuerza de mi desventura, 
Con presto paso, en largo apartamiento 
De vos me tiene, con el pensamiento 
Procuro contemplaros la figura. 

Pero de vuestros ojos la luz pura 
Tanto viene á ofuscar mi entendimiento, 
Que, por más que al pensar estoy atento. 
No puedo trasladar vuestra hermosura. 

Que ni vista mortal puede, si os mira, 
Tal resplandor sufrir, ni, si os contempla, 
El alma ve cumplido su deseo. 

Nuevo monstruo en Amor, que al mundo admira, 
Que de lejos y cerca me contempla: 
La sombra ó la verdad si os pienso creo, (sic) 

XVL 

(B. N.— V. 366, fot. 209 vto.) 

Mil veces he tratado de hablaros 
Y cuantas os he visto enmudezco, 



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— 2^6 — 

Y como el mal padezco, 

Conmigo (i) 

Pero en balde procuro estos reparos, 
Que poco en mi osadía permanezco; 

Y es tanto lo que en miembros enflaquezco, 
Que vengo á arrepentirme de miraros. 

Dame para decir atrevimiento 
Amor, y me importuna que os lo diga; 
Después lo veo estar de vuestra parte. ^ 

Hace conmigo Amor, en mi tormento, 
Como falso abogado, que litiga 

Y por el que demanda y reo departe. 

XVII. 

(B. N.—M. 3S1, foL 207.) 

Mil lazos he rompido de aquel ciego 
Amor, y de mil redes me he librado; 
Mil dardos en mi pecho ha despuntado, 
Quedando libre, sano y con sosiego; 

Mil veces sin lesión de enmedio el fuego ' 
Salido me he con paso sosegado; 
Mil veces por burlarme se ha burlado; 
Tratado fué de mí con burla y juego. 

Razón me socorría de tal arte 



(i) Falta en el original. 



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— 257 — 

Con estos pasos, que por fácil vía 
Siempre llevé la palma desta guerra. 

Mas él se ha vuelto ya a vuestra parte, 
Que puedo yo hacer. Señora mía. 
Sino rendirme á vos pecho por tierra. 

XVIII. 

(B. X.—M, j<9/, fol. 209.J 
AL AMOR 

No hay torre tan alta ni guardada 
Que á Amor no le sea fácil la subida, 
Ni^enda en que Amor no halle salida 
Por áspera que sea y muy cerrada. 

No hay quien contra Amor alce la espada. 
Que Amor de lejos dá muy gran herida: 
Toda fuerza al Amor está rendida. 
Toda dificultad está allanada. 

Osado hace Amor lo que es medroso; 
Lo suplico fstcj discreto y cortesano, 
Y Amor hace lo feo ser hermoso; 

Lo más alto reduce al suelo llano. 
En fin: vemos ser fácil y honroso 
En todo cuanto Amor pone la mano. 



n-n:t 



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— 25^ — 
XIX. 

{B. N.-M. 381. fol. 207). 
CONTRA CUPIDO 

¡Oh cuerpo, hora de Dios, con el suzuelo 
Muchacho, pobre, ciego y atrevido! 
Con todo el mundo sois descomedido: 
Yo os voto, pues, á Dios, don merdozueio. 

Habeisme hecho entender que sois del cielo, 
Y sois un rapacillo fementido: 
A nadie no cumplís lo prometido; 
Yo os juro que si os cojo acá en el suelo 



(O 

Pese ahora á tal con vuestra vida 

Y con el hi de puta que la quiere, 

Y quiere. Amor, teneros por amigo. 

XX. 

(B. N.-V. 366.fol. 167.) 

Oh de vara virtud y beldad rara, 
Nuevo ejemplo en el mundo y fiel treslado 



(i) Falta en el códice este terceto. 



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— 259 — 

De cuanto encubre el cielo y nos ha dado 
Sin que enmendarle pueda invidia avara. 

La honestidad florece, y se repara 
Por tí la edad presente y lo pasado 
Tu das la luz al sol y al día nublado 
Con la gloria de tu hermosa cara. 

La blanca nieve y rosa matutina, 
El puro marmol que al marfil excede. 
De tu hermosura son las menos parte. 

Rayo gentil de la bondad divina, 
En tí se muestra claro cuanto puede 
El cielo, ingenio, la natura y arte. 



XXÍ. 

(B, N.-M. sSi.fol. 205 vto,) 
Á una dama que se estaba peinando á una ventana. 

Peinando está Diana sus cabellos, 
Y á su querido Febo le decía. 
Pues rodeaba el mundo cada día. 
Si había visto algunos como aquellos. 

Tras esto luego hizo trenza de ellos 
De tal color, que al oro obscurecía; 
^Mas viendo á Febo que no respondía. 
Con rabia comenzó á descomponellos. 

Diciendo: «Pues que tarda tu respuesta, 



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— 26o — 

Por la laguna Stigia te conjuro 
Que me digas verdad», dijo Diana. 

Respondió Febo: «Fuerte jura es esta, 
Mas cierto son mejores, yo te juro, 
Las que ayer vi peinar á una ventana.» 



XXII. 

{fí, N.-M. s^hfoL joó.) 
A UNA DAMA RIGUROSA 

Perfectísima muestra de belleza 
En quien naturaleza milagrosa 
Quiso estremar su mano poderosa, 
Haciendo clara al mundo tu grande;za. 

Sacad de vuestro pecho la dureza 
De que estáis siempre armada y rigurosa, 
Que no conviene á dama tan hermosa 
Esconder dentro en sí tanta dureza. 

Espantado de ver tanta beldad, 
Sorda á tan alto extremo la natura. 
Con envidia lo hizo, según creo. 

El dotarte de tanta crueldad 
Por quitarle el lustre á la hermosura. 
Quitando la esperanza á mi deseo. 



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— 201 — 

XXIII. 

(B, N.'M. 381, fol. 20S.J 
A UN RETRATO 

Retrato que en mi alma ya yo os vía 
Harto más propio que la tabla veo, 
Pues quien en mí os pintó fue mi deseo, 
Pintor que en esto á Apeles excedía. 

Contemplando os estoy la noche y día 

Y en esto solo tanto me recreo. 

Que esta contemplación es la que creo 
Que sustenta esta triste vida mía. 
Juraría que estoy con vos hablando, 

Y el rato que me dura esta materia 
Cuento por rato bienaventurado. 

Mas si de esto me voy desengañando. 
Amor entonces sus saetas tTra ísic) 

Y acierta siempre do jamás ha errado: 

XXIV. 

(B. N.'AÍ. 3^1, fot 207 vto.) 

Riberas de una fuente deleitosa 
Que entre verdes jazmines discurría, 
Una ninfa hermosa estarse vía 



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— 202 — 

Sacando una labor artificiosa 

Con una mano, en tanto extremo hermosa, 
Que á no ver que labrando se movía. 
Tan blanca era que más se parecía 
De alabastro ó cristal que de otra cosa. 

Oh bella ninfa, que de amor pudieras 
Enternecer los tigres de la Ircanía, 
Decía un pastor de quien era asechada, 

«No mires á tu mano soberana, 
Que en ver belleza tal, temo que mueras 
De tí, como Narciso, enamorada.» 

XXV. 

(B, N.-M. 38j,fol. 206, j 

Riberas de un dorado y manso río. 
Cuando el hermoso Febo en Cancio estaba, 
Ua pastora bella refrescaba 
Su ganado del fuego del estío. 

Llorando dice triste: «¡Ay!; que si al mío 
Quisiera dar alivio aquel que amaba. 
Mi duro y fuerte hado se acababa. 
Mas ya de tanta gloria desconfían 

Porque ni en blanco mármol hay dureza, 
Ni falta al pedernal tanta blandura. 
Como el pastor traidor que así me tiene. \ 

Desconocida alma, no seas dura; 



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Vuelve á mirar mi rostro y gentileza, 
Pues con ellos con que pene. 

XXVI. 

A NUESTRA SEÑORA 

Sol de quien es un rayo el sol del cielo, 
Retrato de la misma hermosura, 
Milagro de admirable compostura. 
Supla de lo mejor que hay en el suelo, 

Lustre de cuanto cubre el mortal velo, 
Norte por quien se rige la ventura, 
Luz que á lumbre soberana y pura. 
Nos puede levantar con alto vuelo. 

El que pensare ver vuestro retrato. 
Procure para entrar en tal conquista 
Del águila condal los ojos bellos, 

Y aunque los tenga, mire con recato; 
Que,. para no cegarse con tal vista, 
Aun no podrá hallar reparo en ellos. 

XXVII 

{fí. N.-M.3Si,/ol,2oy.) 

Tras el arado y bueyes que á porfía 
La mano en el estaba refirmada 



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— 264 — 

Araba Filis una madrugada, 
Ribera el Tajo, al despuntar del día. 
Y al ayre los cabellos esparcía, 

Y la cerviz de aljófar rodeada 
Tan blanca era, rubia y colorada 
Que el sol hiciera feo en demasía. 

Acaso repastaba su ganado, 
Vandalio, y al pasar vio la doncella, 

Y tanto de su vista se enamora. 

Que dice, en voz que el monte resonaba: 
«Nunca vide aldeana tanto bella 
Ni nunca vi tan bella labradora.» 



XXVIII 

(B. X.'M. 381. fol. 205.J 
A LA MUERTE DE CETINA 

Vandalio, si la palma de amadores 
Presumiste llevar, como has llevado, 
Amando más que cuantos han amado, 
¡Cómo podías morir sino de amores! 

Tu dulce muerte lloran los pastores 
Que por el patrio Betis traen ganado; 
Yo me lamento y quejo mi hado, 
Pues no me han dado muerte mis dolores. 

Sino me faltó amar como tú amaste, 



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— 205 — 

Ni sufrir los tormentos que sufriste, 
Ni de celos rabiar como rabiastes; 

Si en esto fui yo amante, cual lo fuiste, 
¿Por qué en la muerte, di, te aventajaste? 
¿Faltóme á mí el sentir que tu sentiste? 

XXIX. 

(fí. .\.'M. 3^1, fol, 2og,) 
PINTURA DE UNA DAMA 

Volvedle la blancura al azucena, 
El purpureo color á los rosales, 

Y aquellos bellos ojos celestiales 
Al cielo con la luz clara y serena. 

Volved el canto dulce á la sirena, 
Con que hacéis su oficio en los mortales; 
Volvedle los cabellos naturales 
Al oro, pues salieron de su vena. 

A Venus le volved su gentileza, 
Á Mercurio el hablar, de que es maestro, 
Volved el velo á Diana, casta diosa. 

Quitad de vos aquella misma alteza, 

Y sólo quedareis con lo que es vuestro, 
Que es ser cruel ingrata y desdeñosa. 



U-3i 



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^ 266 •-- 
XXX 

(fí. N.'M. 3^1, fol. 20T.) 
A VENUS (I) 

Y vos, Señora, madre del que digo 
Yo os juro por las leyes del cuaderno 
Que si os cogiese sola que el paterno 
Amor no os defendiese del castigo. 

A fé que, aunque viniese vuestro amigo 
Marte, ó aquel herrero del infierno, 
Y aunque mostrareis vos el pecho tierno, 
Que no librareis ifada ya conmigo. 

Andad así por donde os quemen luego 
De mirto en los altares, aceitera, 
Llevad con vos á vuestro niño ciego; 

Que si con él os cojo, picotera, 
A el y á vos pretendo hacer juego 
Que las manos pongáis en la mollera. 



<í>H«=4o^ 



(i) Véase el soneto 1 de este Apéndice. 



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*- 26; — 



MADRIGAL 



(B. N.,'V. 366, foL 102.J 

Hallé, tras largo tiempo, menos dura 
La condición de Dórida terrible; 
Hallé más apacible 
Su angélico semblante y hermosura. 

Afuera los suspiros y el lamento 
Nacidos de tristeza, 
Que mostraban certeza, 
De mi cansada y enemiga vida; 
Trocádose ha en placer mi descontenta; 
Ya la dura fiereza 
Y la extraña crueza. 
En Dórida no hallan acogida; 
Mas, aunque se me muestre condolida, 
No estoy seguro de lo que poseo. 
Que más crece el deseo 
Cuanto más la esperanza me asegura. 



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- 268 — 



CANCIÓN 



fB,N.rV.366,fol.52.) 

Guardaba una pastora congojosa 
Su ganadiílo encima una montaña 
Más blanca que el cristal y más hermosa 
Que el rubicundo albor de la mañana. 

t; En atavío extraña, 

Tan alta como un pino, 

Con un aire divino, 

Los ojos de Narciso, y la figura 

De Venus, salvo que esta hermosura 

10 Ninguno la gozaba^ ni podía. 

Sino un pastor que por grande ventura 
Ella más que á sí misma lo quería. 

Su bel Pastor estaba della ausente 

Y ella se quejaba del ausencia, 
15 Y yo que me hallé allí presente. 

Por ver cómo lloraba su dolencia. 
Aunque no en su presencia, 
Los ojos y oido 

Y todo mi sentido 

20 Puesto á la parte do la voz salía 



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— 269 — 

Tan triste que de un muerto parecía, 
A su llanto cruel y gran lamento 
El mísero ganado no pacía, 
Mirando de su dueño el sentimiento. 

25 cAmor, — decía — ni de tí me quejo, 

Ni puedo, que me diste más que quise; 

Y si me vuelvo á otro y á tí dejo, 

¿A quién iré que de mi bien me avise? 
¿A quién que no me pise? 
30 Pues tú solo me diste 
Aquesta pena triste, 
Ayuda á levantar mi gran caida, 

Y no puedo culparte, no lo niego; 

Mas yo, pues no eres sordo, á más te ruego 
3 5 Que oigas esta triste y afligida 

Y uses de piedad con mal tan ciego.» 

>¿Por qué sufres. Amor, que esté apartada 
Mi alma de su cuerpo sin la muerte, 

Y en dos cuerpos un alma transformada? 
40 ;Dos almas en un cuerpo desta suerte? 

Si por mostrarte fuerte 

Y que eres muy potente. 
Pues milagrosamente 

Obras, y entre nos está extendido 
45 De cuánto poder seas, cuan temido, 
Ya tienes bien probada tu intención, 



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— 270 — 

Ningún honor conmigo has adquirido, 
Que soy mujer de flaco corazón.» 

»¡0h sol, que resplandeces en el cielo 
50 Y apacentaste en otra edad ganado, 

Con tu compaña puesta en desconsuelo, 
De día y noche siendo enamorado! 
Si acaso lastimado 
Estás de haber oido 
55 Mi llanto dolorido, 

Ocupe mi pasión tu claro gesto, 
Y mira desde allá donde estás puesto; 
Si vieres mi pastor, de parte mía 
Salúdale y dirásle sólo aquesto: 
60 Que yo sin él ni vivo ni querría.» 

» Vosotras, ovejuelas que á mi quejas 
Contino estáis atentas, y mirando 
Cerráis las bocas y abris las orejas 
Mi pena sin pacer solemnizando, 

65 Y ando yo cual ando, 
Si algo se os alcanza 
Perded el esperanza 
De ser de mí, mezquina, ya guardadas. 
Andad por esos riscos derramadas; 

70 De mi tenéis bien larga la licencia: 
Adiós, adiós, quedad desamparadas 
Que así me quedo yo con esta ausencia,» 



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»¡0h claro cielo, que otro tiempo fuiste 
Benigno y favorable á mí, cuitada, 
75 Díme, ¿con tu tiniebla dó escondiste 
Mi vida, mi salud y vida amada? 
¡Oh triste desdichada! 
;Qué causa le detiene 

Y cómo no se viene? 

8o Y si peligro estorba su venida, 

Pastora, ¿para qué quieres la vida? 
Quizá podrás muriendo rescatalle, 

Y siendo sin el cuerpo el alma ida, 
Podrá, volando más, presto hallalle.» 

85 »¡0h dulce viento que andas y rodeas 

El mundo, los mortales recreando, 

Y en esta selva veo que recreas 
Con un recio ruido murmurando! 
Declara cómo y cuándo 

90 Tuviste mis despojos, 
La lumbre de mis ojos; 
Acláreme tu voz dentro en mi seno 
Qué tal está, me di si queda bueno. 

Y si no das á esto tus orejas. 

95 De aqueste corazón de penas lleno, 

Al menos á mi amor lleva las quejas.» 

No pude más sufrir el crudo llanto 
Que aquella Ninfa pastoral hacía, 



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Ni corazón de carne puede tanto 
lOO Que sufra lo que piedra no podría. 

Quise ir por la mía 

Á do estaba llorando, 

Por ver si, halagando, 

Ponelle algún consuelo bastaría, 
105 Y vi venir por cima la ribera 

A mi pastora Alcida y su ganado. 

Déjelo todo y fui de una carrera 

Á ver mi bien y mal tan deseado. 




^^P 



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II. 



BeeaiaatQS reliesAeí í U {i»iUi him 



1.° Testamento de doña Francisca del Caetíllo, mujer de Beltrán 
de Cetina, (i) 



« En el nombre de dios todo poderoso, q bive sin 
comiengo e reyna sin fin e de la gloriosísima virgen 
santa maría su madre, amén, sepan quantos esta carta 
de testamento vieren cómo yo Fran.'"* del castillo 
muger de beltran de cetina vezina q soy desta cibdad 
de Sevilla en la coll°" de santa maría la blanca estando 
enferma del cuerpo e sana de la voluntad y en todo mi 
seso é acuerdo y entendimiento y en mi cumplida e 
buena memoria tal cual dios nro señor quiso e tuvo por 
bien de me querer dar e creyendo como creo firme é 
verdaderamente en la santísyma trenidad qs. dios padre 



(i) Archivo general de protocolos del distrito de Sevilla, oficio de 
Hernán Pérez, número 20 de los de la capital, protocolo del año 1550, 
libro 1.", cuaderno núm. 15. 



11-35 



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— ¿74 -- 

é hijo y espíritu santo q son tres personas é un solo 
dios verdadero como todo bueno é fiel é católico xpia- 
no lo deve tener y creer e teniéndome de la muerte 
que es cosa natural de la cual ninguna criatura nacida 
en este mundo no puede escapar e deseando e codician- 
do salvar la mi ánima é ponerla en la más llana e libre 
carrera q yo pueda hallar e por la salvar e llegar á la 
md y alteza de mi señor ihu xpo dios e hombre ver- 
dadero por que el que la hizo e crió á su imagen y se- 
mejanga é la redimió por su preciosísima sangre murien- 
do por ella enl árbol de la santa vera cruz la quiera sal- 
var por su santa piedad é misericordia é llevarla con sus 
santos á su santo reino e gloria de paraíso para donde 
fué criada por ende otorgo e conozco q hago e horde- 
no éste mi testam y estas mandas de mis bs en que 
hordeno es fecho de mi cuerpo é de mi ánima por mi 
ánima salvar é mis herederos pacificar en la forma y 
manera siguiente. 

Primeramente mando y encomiendo mi ánima á 
dios nro señor e ruego e pido por md a la gloriosísi- 
ma virgen santa maria su madre, hella que es digna de 
rogar á su hijo precioso con toda la corte celestial 
sean mis abogados para con mi señor ihu. xpo. q. me 
quiera perdonar todos mis pecados. 

Iten mando: que quando la voluntad de dios nro 
sor, fuere servido de me llevar desta presente vida, 
que mi cuerpo sea enterrado en el monesterio de la 
madre de dios en la sepoltura que aUí tengo á los pies 



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— 275 — 

de santo domingo, y estando mi cuerpo presente me 
digan una misa de requien cantada ofrendada e cin- 
co misas rezadas á las cinco llagas de nro señor ihu 
xpo. e que lleven los clérigos e cera que mis albaceas 
quisieren e se pague por ellos de mis bienes lo que es 
costumbre. 

Iten mando que me digan en la dha yglesia del 
dho monesterio las treynta e tres misas de santo ama- 
dor lo qual mando que se haga e cumpla dende ocho 
días después que yo sea fallecida e así lo encargo a mis 
albaceas e paguen por ello de mis bienes lo que es cos- 
tumbre. 

Iten mando que me digan en la yglesia de santa 
m* la blanca desta dha cibdad de Sevilla las trese mi- 
sas de la luz e que se digan dentro de ocho días des- 
pués de mi fallecimiento y en ellas entre la quarta de 
las misas que mando decir en el dho monesterio de la 
madre de Dios e se pague de mis bs por lo decir lo que 
es costumbre. 

Iten mando que desde el día de mi fallecimiento 
hasta un año me ofrenden mi sepultura todos los do- 
mingos del dho año con su pan e vino e dos cirios en- 
cendidos e digan en cada domingo una misa rezada e 
salgan con su responso e agua bendita sobre mi sepol- 
turae se pague por todo ello lo que es costumbre de 
mis bienes. 

Iten mando a la cera con que se acompaña el santí- 
simo sacramento de la dha yglesia del dho moneste- 



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— 2/6 — 

rio por honra de los santos sacramentos he recibido y 
espero recebir dos reales e a la obra de la dha yglesia 
otros dos reales y las mandas acostumbradas desta dha 
cibdad dsevilla a cada una borden cinco mrs e a nra se- 
ñora santa maría de la sede sevilla por ganar los perdo- 
nes que hen ella son seis mrs e un dinero. 

Iten confieso e declaro por decir verdad á dios e 
guardar salud a mi anima que al tiempo e sazón que yo 
casé con el dho beltran de cetina mi marido yo truxe a 
su poder en dote e casamiento en dineros e axuar cien- 
to e cinquenta mili mrs. de que ay escrita carta dotal a 
la qual refiero y el dho beltran de cetina mi marido tru- 
xo entonces una heredad de viñas en alanís la qual se 
vendió después al monest de la madre de dios en 
treinta mili mrs. poco mas o menos e juro á dios nro 
señor e por la señal de la ctuz que hago con los de- 
dos de mis manos en presencia del escvano puco e 
tso yuso septos que esta dicha declaración que tengo 
fecho es la verdad. 

Iten confieso e declaro que después de casada con 
el dho beltran de cetina mi marido yo heredé de an- 
drea del castillo mi hermana que falleció en yndias 
ciento e cinquenta ducados los quales vinieron a poder 
mió e del dho mi marido y ten mas hredé después de 
casada con el dho mi marido de di° del castillo mi- 
her doze mili mrs. en dineros e asi mismo qdo del 
dho diego del castillo mi hermano ciertos vinos e 
otras cosas e hasta agora no se a cobrado mas de los 



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— 277 — 

dhos dose mili mrs. e asi mismo heredé después de 
casada con el dho mi marido de alonso del castillo mi 
her"" que murió en yndias ciertos bienes e oro e has- 
ta agora an venido a mi poder e del dho mi marido 
quatro cientos mili mrs. e lo demás se espera de cobrar 
en breve yten herede por pte del dho alonso del cas- 
tillo mi hermano la cuarta pte de las casas en que al 
presente bivo e moro que son en esta dha cibdad de 
Sevilla en la coU"" de santa maria la blanca linde con 
casas del jurado alonso vanegas. 

Iten declaro que no se me acuerda al presente deber 
cosa ninguna pero por descargo de mi conciencia man- 
do que si alguna persona o personas viniesen mostrando 
e jurando que algo les deva e se averiguare que lo debo 
mando que se pague de mis bs. 

E por esta carta de mi testamento mando á mencia 
del castillo e a leonor de cetina e a maria del castillo 
mis hijas legitimas e del dho beltran de cetina mi ma- 
rido la tercia parte de mis bienes y el remaniente del 
quinto el qual dho tercio e remaniente del quinto se lo 
mando e mejoro á las dhas mis hijas para cada una la 
tercia parte del dho tercio e quinto lo cual les mando 
porque son mis hijas y en la mejor manera e forma que 
de d" aya lugar y quiero y mando que especialmen- 
te lo ayan en la partes y parte que yo tengo en las 
casas de mi morada e si no bastara en lo mejor parado 
de los otros mis bienes el qual dho tercio e quinto les 
mando con tal cargo que si alguna dellas falleciere sin 



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— 278 — 

dexar hijos legitimes o antes de casar que lo herede la 
otra o las otras q qdaren e que no lo puedan vender 
ni trocar ni cambiar ni disponer dello en manera alguna 
por q a de qdar hasta que la postre della la aya pa- 
ra sus hijos de las que lo tuvieren e no teniéndolos a de 
suceder de una en otra. 

Iten mdo que el dho beltran de cetina mi mari- 
do sea usofrutuario todos los días de su vida e mdo 
que ninguno de mis hijos vaya contra ello p* q de los 
dhos mis bienes se sustenga, mientras el biviere. 

E pagado e cumplido este dicho mi testamento é las 
mandas y clausulas en el contenidas dexo é nombro por 
mis hijos é universales herederos con todo el remaniente 
de los dhos mis bienes á gutierre de cetina é mencia 
del castillo e garcía del castillo é beltran de cetina e 
leonor de cetina e maría del castillo e doña andrea del 
castillo e gregorio del castillo mis hijos legítimos é del 
dicho beltran de cetina mi marido á los cuales dexo y 
establezco por mis legítimos y universales herederos en 
el remaniente de los dhos mis bienes por yguales partes 
tanto al uno como al otro. 

E para pagar é cumplir este dho mi testamento e 
todo lo enl contenido de los dhs mis bienes dexo é 
nombro por mis albaceas para que lo paguen e cumplan 
sin daño dello ni dellos ni de mis bienes al dho beltran 
de cetina mi marido e a gongalo lopez e a don antonio 
del castillo mi her° á todos tres juntamente e a cada 
uno dellos por sy ynsolidum á los que les doy e otorgo 



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poder cumplido e bast* tal q de dro en tal caso 
se requiere para q helios e cualquier dellos por su 
propia abtoridad e sin licencia ni mandado ni abtori- 
dad de alcalde ni de juez ni de otra persona alguna e sin 
por ello yncurrir en pena alguna puedan entrar e tomar 
é vender e rematar y entren e tomen e vendan e rema- 
ten tantos de mis bienes quantos basten e cumplan para 
pagar e cumplir este dho mi testamentado lo enl con- 
tdo y encargóles las conciencias que qual ellos hizie- 
sen por mi anima tal depare dios quien haga por las 
suyas quando mas menester lo ayan. 

E por esta presente carta de mi testamento revoco e 
anulo e doy por ningunos casos e rotos e de ningún va- 
lor y efeto todos qales quier testamentos mandas e 
cobdecillos e ultimas voluntades que yo aya fecho e 
otorgado asy por espto como de palabra desde todos 
los tiempos e años que son pasados hasta el día de oy 
qsta carta es fecha los qles quiero que ninguno dellos 
no valgan ni hagan fee ellos ni las notas ni registros de- 
llos en juicio ni fuera del salvo ende este dho mi testa- 
mento que yo agora hago e otorgo en que es cumplida 
e acabada mi última e postrimera voluntad e qel quie- 
ro e mando que vala e sea firme e se cumpla y esecute 
en todo e por todo como en el se contiene por aquella 
vía e forma que mejor de dro aya lugar en firmeza de 
lo cual otorgué la presente carta de mi testamento an- 
tel escrano puco e tsP de ynso esptos que es fecha es- 
tando en las casas de la morada de la dicha francisca 



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— ' 28o — 

del castillo en jueves 13 días del mes de hebrero año 
del nazimi.^ de no salvador ihu xpo de mili e qui** 
e cinqiienta años y la dicha fran.'"* del castillo lo firmo 
de su nombre enl registro testigos que fueron presentes 
á lo que dicho es diego de mendoga e fran.^'* de soto 
e diego perez escrivanos de sevilla.=Testamento que 
fago con mi postrimera boluntad.=Francisca del cas- 
tillo.» 



Según queda dicho en la Introducción^ al .testimonio 
del testamento que antecede acompañaban algunos 
otros documentos que estractamos en los números si- 
guientes: 

2P En la misma ciudad y ante Francisco Día?; 
Pérez, en 26 de Febrero de 1550, Doña Antonia del 
Castillo, muger de Gonzalo López, vecino de la ciudad 
de Méjico, hizo donación en favor doña Mencía del Cas- 
tillo, doña Leonor de Cetina y doña María del Castillo, 
todas tres hermanas, sus sobrinas, de las tres quintas 
partes de una casa situada en dicha ciudad de Sevilla, 
collación de Santa María la Blanca, linderas con el con- 
vento de Madre de Dios, disponiendo que si las dichas 
sus sobrinas no se casasen ni tuviesen hijos legítimos 
pasasen las referidas tres quintas partes á García del 
Castillo, su sobrino, y á sus hijos y herederos. 

3.^ Por escritura ante Luis de Medina, escribano 
de Sevilla, fechada en 4 de Diciembre de 1553, hizo do- 



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— 28l — 

nación Beltrán de Cetina, hijo legítimo de Beltrán de Ce- 
tina y de Francisca del Castillo, en favor de su hermana 
doña Mencía de Cetina de cuantos bienes le correspon- 
dieron en las herencias paterna y materna, y en parti- 
cular de las casas de dicha ciudad, collación de San- 
ta María la Blanca, en que vivieron los dichos sus pa- 
dres. 

4.^ García del Castillo, vecino de Méjico, hijo de 
Beltrán de Cetina y de doña Francisca del Castillo, 
otorgó testamento en Sevilla, en 27 de Diciembre de 
1 563, ante Pedro Sánchez de la Fuente, y codicilo al día 
siguiente, ante el mismo escribano, declarando algunos 
bienes y deudas en su favor y en contra suya. 

5.® En la ciudad de Sevilla, á 7 de Febrero de 
1639, compareció ante el Alcalde D. Juan de León el 
P. Fr. Isidro Caballero, en nombre de D. García del 
Castillo Villaseñor, vecino de la ciudad de Méjico, y 
dijo: Que el supradicho fué hijo legítimo y de legítimo 
matrimonio de Gonzalo López y de doña Lucía de Cer- 
vantes, y el dicho Gonzalo López fué hijo de García Ló- 
pez del Castillo y de doña Catalina López; que doña 
Antonia del Castillo, tía de de dicho García López, hizo 
donación á doña Mencía del Castillo, doña Leonor de 
Cetina y doña María del Castillo, hermanas y sus sobri- 
nas, hijas de Beltrán de Cetina y de doña Violante (sic)^ 
su muger, de tres quintas partes de casa que tenía en 
esta ciudad, frente á la puerta del convento de Madre 
de Dios, y que habiendo muerto dichas hermanas sin 

n-36 



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-. 282 — 

sucesión, correspondían dichas tres quintas partes á 
D. García del Castillo Villaseñor. 

Para probar la muerte sin sucesión de dichas tres 
señoras, presentó los siguientes testigos: 

Francisco de Ortuña, venino de esta ciudad, en calle 
Mesones, collación de San Ilifonso (sic), cerca del me- 
són blanquillo, dijo: Que nació y se casó en las casas de 
doña Mencía del Castillo de Cetina y de doña Leonor de 
Cetina, hermanas, hijas de Beltrán de Cetina y de doña 
Violante del Castillo (sic), y tuvo noticia de doña María 
del Castillo, hermama de las susodichas, á la cual no co- 
noció, porque murió antes que el naciera. Y á las prime- 
ras violas morir en unas casas collación de Santa María 
la Blanca, junto á Madre de Dios, pared en medio de las 
que fueron del racionero Venegas, y allí vivieron siem- 
pre y todas tres murieron en estado de doncellas. Y les 
oyó decir que tenían hermanos en Indias con quien se 
correspondían, y todas tres se enterraron en la iglesia 
de Madre de Dios, donde tienen su entierro. 

Catalina de Espinosa, de color membrillo cocho, que 
vive en la collación de la Iglesia Mayor bajando de la 
Pajeria á cal de Jimios, en una calleja sin salida á mano 
izquierda, dijo: Que conoció á D.* Mencíay á D.* Leonor; 
que siempre tuvieron estado de doncellas, y vivieron co- 
mo tales honestas y recogidas, y las vido enterrar en una 
bóveda qué tenian en la iglesia de Madre de Dios, y lle- 
varon palmas sobre sus ataúdes. Y oyó esta testigo á 
doña Leonor y á doña Mencía, que habían escrito á un 



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— 283 - 

hermano suyo á Indias que ella estaban viejas y sin su- 
cesión, por lo cual él había de suceder en las dichas ca- 
sas, qué quería hicieren de ellas, á lo cual se le respondió 
de Indias, que ellos tenían hijos y dispondrían lo que se 
había de hacer, y como quiera que las hallaran las re- 
girían. 

La tercera testigo, llamada Catalina de Madrid, no 
añadió nada interesante. 

La información se hizo en dicha fecha por el escriba- 
no Alonso de Alarcón. 




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(Sh¡:c)^yGi.CTk^^ 



III. 






I.® Año 1 516. — En un asiento de pasajeros del 
mes de Julio, se dice: c Antón de Cetina, hijo de Gil de 
Sayas y de Catalina Pérez, vecinos de Sevilla en la calle 
de la Sierpe, pasa en la carabela de Juan Garrido.» — 
L.^ 7.0 de pasajeros. — 45— i — -jf f*^ 44^- 

2P 1530. — «Información de Gonzalo López, hijo 
de Diego López, veinticuatro de Sevilla. /. — /. -^ 

3.^ Información del mismo sobre un repartimiento 
de indios, donde se hace constar que pasó en 1530 con 
Ñuño de Guzmán á la conquista de la Nueva Galicia. — 
2, — ^.— j A. 



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— 285 — 

4*^ 1535» — Libro 3.^ de registros de pasajeros, 
pág. 237, hay un asiento de García del Castillo, hijo de 
Beltrán Cetina y de Francisca López, vecinos de Sevilla, 
que pasó á Nueva España. — 4^. — /. — -j^ LP j,^ 

S'^ 1535- — Libro 3.® de registros de pasajeros: en 
él se encuentra el asiento de Beltrán de Cetina, hijo de 
Beltrán de Cetina, ó Cetrina, y de Francisca del Castillo, 
natural de Sevilla. — 4J. — /.— -^ 

6.0 También se encuentra en el mismo libro el de 
Andrea del Castillo, hija de los anteriores, y pasaron 
ambos en la nao Juan Manuel, para la Nueva España. — 
4S>—i,- 4" LPjo^pág, 237 d, 238. 

7.^ 1542. — Libro S.^í de registro de pasajeros: con- 
tiene un asiento de Beltrán de Cetina y de D.^ Francisca 
del Castillo, vecinos de Sevilla, que pasaron á Nueva 
España: juraron por él, de no ser de los prohibidos, 
Francisco de Alcocer y Francisco Duarte. — L^ 5. — 4^. 

8.0 1544.— Real Cédula á los oficiales de la Con- 
tratación de Sevilla, sobre cierta reclamación que hizo 
Beltrán de Cetina desde Sevilla.— Fecha en Valladolid 
3 de Octubre 1544. — //<?.— ^, — 4, — Z.o g^fP 129, 

9.° 1546. — Real Cédula, fechada en Guadalajara á 
24 de Agosto, dirigida á los oficiales de la Contratación 
de Sevilla, para que dejen pasar á la Nueva España (Mé- 



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— 286 — 

jico) á García del Castillo, vecino de Méjico, y á un cria- 
do suyo, soltero por casar. — /^<P — 2 — j. LP 10 fP y 8 vto. 

\oP 1546. — Real Cédula á los oficiales de la Con- 
tratación de Sevilla, para que dejen pasar á la Nueva Es- 
pafta á Gonzalo López, á dos sobrinos suyos y á seis 
criados. Fecha en Guadalajara 21 Septiembre 1546.— 
146—2 — s — ^-^ 10 fP pp vio. 

II.® 1 549. — Extracto de una Real Cédula á los ofi- 
ciales de la Casa de la Contratación de Sevilla, para que 
dejen pasar á las Provincias del Perú á Gregorio Cetina. 
Fecha en Valladolid 13 Abril. — 148—2—5 — LP 11 
/.° 205. 

1 2P 1 550. — Licencia para pasar á la Nueva Espa- 
ña á Gregorio Cetina y Pedro y Diego López, sobrinos 
de Gonzalo López, procurador general de Méjico, estan- 
te en Sevilla en 1550. Llegó este último, según allí se 
dice, en Noviembre de 1 544, en la nao de Diego López, 
acompañado de D.» Antonia del Castillo, su mujer, dos 
muchachas y dos negras. Registro general de licencias de 
pasajeros. 1516 á ISSÓ — 4.J — 2 — -y- nÚ7ns, py 11, 

13.® 1553. — En este año de 1553, en el asiento 
n.® 36, se hace mención de haber pasado á la Nueva Es- 
paña en la nao de Juan de Andino, Beltrán de Cetina, 

hijo de Beltran de Cetina y de D.a Isabel de Velasco, ve- 

2 
cinos de Sevilla. 45-^1 ^ 



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— 28; — . 

14.^ 1575' — Información de servicios de Beltran 
de Cetina, fecha en Mérida de Yucatán, á petición de sus 
hijos Beltrán, Antonio y Gregorio, vecinos de dicha ciu- 
dad. Se dice que era natural de Sevilla, donde casó con 
D.^ Isabel de Velasco, que habría sobre 40 años, poco 
más ó menos, que pasó á Indias, y que su padre vivió 
en Mérida de Yucatán y en San F,rancisco de Campeche. 
— 2 — / — 8 — vto. 



15.^ 1575. — Pleito suscitado con motivo de unas 
encomiendas de indios, que Gregorio Cetina dejó en Mé- 
rida de Yucatán. — ^7 — 6 — 



34 

29 




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IV. 



POMIM VJ1I(IJJ§ 



Coleccionamos en este apéndice diversas obras de 
poetas apellidados Cetina, y alguna dirigida á persona 
de esta familia. 

I .® En el Romancero y Cancionero sagrados^ que 
coleccionó D. Justo de Sancha y forma el tomo xxxv 
de la Biblioteca de autores españoles, de Rivadeneyra, 
se inserta en la pág. 46, con el número 29, un soneto á 
cuyo pié se nombra como su autor á El Doctor Don 
Diego Gutiérrez de Cetina, y se dice que se ha copiado 
de un códice titulado <!^ Poesías manuscritas recopiladas 
de varios en el año 1577. » 

Tal vez se trate de una obra poética del famoso .Vi- 
cario de Madrid. El soneto dice así: 

El claro sol sus rayos escurece, 
En los templos se rompe el claro velo, 
Hiere una piedra en otra con gran duelo, 



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— 2^9 — 

La tierra con angustia se estremece. 

Desmaya el día, la tiniebla crece, 
De tristeza se cubre el ancho cielo, 
Reina en todos piedad y desconsuelo 
Por su Criador inmenso que padece. 

Aprende ¡oh pecador! el sentimiento 
Debido á esta pasión, pues es causado 
Tal dolor por tu ciego atrevimiento. 

Ablanda con llorar tu pecho helado; 
Mira en la cruz el largo río sangriento. 
Pues te ha con su muerte libertado. 

2P Martes santo 7 de Abril de 1626, murió en Ma- 
drid don Andrés Pacheco, obispo de Cuenca y Patriarca 
de las Indias, siendo trasladado su cuerpo, en Mayo de 
1632, al monasterio de carmelitas descalzas que había 
fundado en Cuenca. Hiciéronse á esta traslación muchas 
poesías y una de ellas es la siguiente que se contiene en 
un códice titulado ^Elogios de los Girones y Pachecos,» 
que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, 
K,169: 

SILVA DE DON GABRIEL CETINA 
hablando con el Doctor Sebastián de Frías, inquisidor de Cuenc^ 

Tanto de temerario me acredito. 

Cuando á tu afecto honroso. 

Docto Mecenas mío, 

Este borrón dirijo del cuidado 

u-37 



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5 Que en afectos el alftia le describe 

Como en hablar de muerto, del que vive 

Á tanta luz glorioso, 

En tantas glorias santo. 

Fúnebres los egipcios en su canto, 
ID En la funeral pompa 

Que en honra de Apis celebró su culto, 

De Harpócrates la imagen celebrada 

Al túmulo sagrado 

Le pusieron de bulto, 
1 5 Con el dedo en la boca, 

Dando á entender que toca 

Callar la muerte de varones tales 

Á todos los mortales 

¡Que tan lejos la sombra de la muerte 
20 De la púrpura juzgan los sentidos! 

El Apóstol cobarde 

(Mas á fuerza de lágrimas valiente), 

El primer vice-Dios, el preeminente 

Pontífice primero, 
25 Al pueblo hebreo hablando 

Del profeta rey muerto. 

Con su divino acierto 

Haciéndole la salva 

Temeridad, confiesa. 
30 Así, Señor, con el temor cobarde, 

Hablaré de quien vive y está muerto. 



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— 291 — 

Vivo le aclamaré en la gloria eterna, 
Cuando en lo temporal muerto lo lloro. 
Ilustre tu piedad este decoro, 
35 Este afecto filial piadoso acete, 

Que defensa y acierto se promete. 

Al manso susurrar de la corriente 
(Ledo el cristal que en vago rosa frío 
Á mi garganta sirve de instrumento), 

40 Si á mi llanto resisto tan valiente. 
Que pueda resistir el pecho mío 
Repetidos sollozos de mi aliento, 
Con el fúnebre acento 
Á que el dolor y la ternura obliga 

45 (Si el sufrimiento lágrimas mitiga). 
Acorde en voz funesta, si canora. 
Métrico elogio canto 
En lírica harmonía. 
Si no me falta el día 

50 Y si me deja el llanto 

Del que en golfos de gloria 

A eternidades cede su memoria, 

¡Oh, tü! que depusistes pesadumbres, 
Y del fatal horóscopo fiaste 
55 Escalar las angélicas techumbres 
Por la piedad arriba, 
' Escala de los justos. 
Tránsito de los castos, 



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— 292 — 

Lumbrera colocada en el empíreo, 
6o Que vives superior á las estrellas, 

Que á tu divina luz sombras son ellas. 

Cuidadoso Pastor de tu rebaño. 

Que un año y otro año, 

Un lustro y otro, y muchos siglos, dejas 
65 Con pasto eterno de tu ausencia quejas. 

Brazo de Dios, joh pródigo instrumento 

De prodigalidades más que humanas. 

Pues de piedad divina 

Te armó la Omnipotencia, 
70 De virtud y de ciencia. 

Castidad peregrina, 

Que si rosa floreces 

Naces estrella, exhalación pareces! 

Bienhechor general, piadoso padre, 
75 Que eterno solio ocupas en tu esfera, 

Y de zafir paseas los espacios. 
Desde cuyos palacios 

Aún próvida tu mano persevera 
En perpetuas piedades. 
80 Invoquen las edades 

Tu nombre, Andrés, y tu virtud invoquen; 
En urna de diamante te coloquen. 

Y á tu esplendor luciente, 

Y castidad constante, 
85 El sepulcro brillante 



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— 293 ~ 

Te erijan eminente: 
Que despojos del cielo 
Veneración merecen en el suelo. 

Ministro de la mano poderosa, 
90 Por cuyo medio el general socoro 

Dispuso la clemencia el Uno y Trino; 

Diga el bronce ladino, 

Diga el mármol parlero 

Verdades que acrisola amor sincero; 
95 No lisonjas infames 

A que el vil interés obligar suele. 

Mi afecto se desvele; 

Lúzcase mi cuidado 

En la celebración de tu cayado. 
IDO ' Al tronco bruto del ciprés funesto 

Que me sirve de arrimo, 

Mis lágrimas le intimo. 

Bien ejecutoriada mi ternura: 

Que apenas el consuelo el llanto apura; 
105 Y ocupar solio eterno 

A tu ausencia no basta; 

Que aunque vivieras más, tú le tuvieras; 

Predestinado fuiste para el cielo; 

Lloro el infausto duelo 
lio Y á la margen de Júcar canto ronco 

Con el estilo bronco 

Que producen los riscos 



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— 294 — 

Que las Musas inspiran á la sierra 

Que llama el culto zafio; 
1 1 5 Mas el buril canoro 

Al mármol de tu pira 

Grábele este epitafio: 

f No llegues con la planta, caminante; 

Ten, no la pises; advertido mira 
1 20 Que está la castidad en esta pira; 

No la toques, sacrilego, ignorante. 

El casto albor de su virtud constante 

Piadoso celo á la piedad admira. 

Que si á la vida temporal espira, 
125 Antorcha es en la eterna fulminante. 

Lágrimas el dolor te aclama, llora. 

Paga en piedad lo que á la suya debes, 

Que es general acreedor del mundo. 

Bien que feliz su habitación mejora; 
1 30 Mas para que de paso el nombre lleves. 

Pacheco es el mejor, el sin segundo.» 
3.® Don Fernando de Guzmán Mejía, llamado por 
mal nombre el Hereje, dedicó á Agustín de Cetina, con 
motivo de la muerte de un hijo de éste, una sentidísima 
epístola. Fué Guzmán sevillano, contemporáneo de Fer- 
nando de Herrera, y colaboró en las Flores de poetas 
ilustres, de Pedro Espinosa. 

La epístola dirigida á Cetina está impresa en Gallar- 
do, copiada de uno de los antiguos mss. que poseyó el 
docto bibliófilo, y dice así; 



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— 295 - 

Epístola de don Fernando de Quzmán á Agustín de Cetina, 
en la muerte de un hijo suyo. 

De un hombre en vuestro caso lastimado, 

Y de los suyos propios oprimido, 
¿Qué consuelo esperáis, Cetina amado? 

Si no es que son á un ánimo afligido 
5 Las palabras de otro semejante 

Blando medicamento del sentido. 

Porque, aunque falte el método elegante. 
La igualdad del dolor y de la suerte 
Hacen una armonía consonante. 
10 Quien os dijera que en la acerba muerte 

Del tierno hijo no os mostréis humano, 
Quiere haceros estólido, no fuerte. 

Pero lo que consiste en vuestra mano, 
Es que como á mortal midáis el llanto, 
1 5 Mezclando lo forzoso con lo sano. 

Contempladlo en el Cielo eterno y santo. 
Libre del golfo que os oprime ahora, 

Y le oprimiera si viviera tanto. 

Si adonde nace el Céfiro y la Aurora, 
20 Lo llevara á ser rico su destino, 

¿Quién duda que se holgara quien lo llora? 

Pues yendo a ser del bien eterno diño, 
¿Por qué se llorará, y más quién lo sigue 
Con tan breve distancia de camino? 



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— 29^ — 

25 Allá, do toda gloria se consigue, 

Allá os espera, hecho el aposento; 
Y éste el dolor presente en vos mitigue. 

Lloraba aquel gran padre el fin violento 
Del dulce hijo que tenía por muerto 
30 (De sus hermanos ímpio fingimiento); 

Mas, en tanto, él dichoso, del desierto, 
De la cisterna, de acusado y preso. 
Subió al favor real con mando abierto. 
De donde ausente al caro padre, opreso 
35 De la hambre, en edad destituida. 
Alivió con socorro el grave peso, 

Y después que á buscarlo hizo partida. 
Le recibió en la hartura y abundancia 
Que de antes le tenía apercebida. 

40 Así, amigo, aunque ahora la ignorancia 

De nuestra humanidad (que siempre impide 
Ver, cual debemos, la inmortal ganancia.) 
Diga que es pérdida ésta que os divide 
De tan amada prenda, estad seguro 
45 Que, á más bien suyo y vuestro, allá reside. 
Bien os concedo que es un poco duro 
Alzar libre la mente á este consuelo. 
Mientras la oprime aqueste cuerpo impuro. 
Pero mirad de qué infelice suelo 
50 Y qué tiempos salió; que á esto bien puede 
Subir la humana conjetura el vuelo. 

Y si lo amastes, no es posible os quede 



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• — ^97 — 

Lástima de su bien; antes contento 
De que un tan breve mal tantos le vede. 
55 Tantos, que ya del hórrido aposento 

Sueltos acá los monstruos que lo habitan, 
Dejan en paz los Reinos del Tormento. 

¿Qué desventuras no nos ejercitan 
Las fortunas, la vida, la paciencia? 
6o ¿Qué contagios ó agravios no las quitan? 

Oid gemir la candida inocencia 
Debajo el peso intolerable, injusto. 
De la insolente, impróvida potencia. 

Á la virtud no sólo el premio justo 

65 . Se le niega, y se parte ayuna y seca; 

Mas es vista con ceño y con disgusto. 

Sólo aquel se mejora, y suerte trueca, 

Y de la hez plebeya se levanta. 

Que ayuda al poderoso en lo que peca. 
70 Por cómplice el estado se adelanta 

Y el daño general es elprovecho, 
Hazaña el ocio, el sueño y la garganta. 

¿Qué somos los demás, sino el desecho. 
Canalla no llorada y destruida, 
75 Llevada al propio daño á su despecho? 
Y del cielo no sólo no valida. 
Mas antes por su parte en mil maneras 
Castigada, olvidada y afligida. 
Ved cuál envía airado las severas 
80 Parcas envueltas en la peste horrible 



U-38 



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— 298 — 

Que las provincias se consume enteras: 

La hambre, la pobreza aborrecible, 
El odio interno, el justo descontento. 
El mal pronto, el remedio inaccesible. 
85 Nuestro poder, que tuvo al mundo atento 

Y temeroso, ha dado en vituperio 

Á cuantos fuimos miedo y escarmiento. 

Cae de España el bien fundado imperio 
(¡Ay, dolor! ¿cómo el Cielo lo permite?) 
90 Y triunfa el que á su ley hizo adulterio. 
El sacrilego Belga el yugo quite. 
Ya suelto, y el cismático Britano 
Posea todo el mar y lo limite. 

Ya el Dios de las batallas soberano, 
95 El santo y fuerte que era nuestra guía, 
Nos dejó despreciados de su mano. 

Ni, como en abundancia ayer solía. 
Ya de nosotros capitán valiente. 
Ni consejero sabio y fiel nos cría. 
100 Efeminó el valor de nuestra gente, 

Y en nuestros fuertes, más que los leones, 
El torpe yelo del temor consiente. 

Ni aun permite que nazcan ya varones 
De venerable aspecto, que den lustre 
105 A la nación que priva de sus dones. 

¿Con cuál oprobio hay ya, que no deslustre 
Desta su fiel culpada la hermosura. 
Que en otro tiempo amó y la hizo ilustre? 



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~ 299* - 

Nuestras naves, terror de la llanura 
lio Del ancho mar, las huestes, la riqueza, 
¡Cómo las consumió con mano dura! 

Y aun puestos en esta última estrecheza, 
Con portentos horrendos y señales, 

Su justa ira amenaza más crueza. 
1 1 5 Pues de haber evitado aquestos males 

Quien tanto amáis, ¿por qué no sentís gloria, 
Ó templan vuestro mal 4 os generales? 

Si las hojas tenéis en la memoria 
De aquel gran sacerdote qué rehizo 
1 20 La Ley y el templo, vueltos ya en escoria, 
Veréis cuan agrámente que deshizo 
De aquella madre el llanto y la querella 
Que en la muerte del hijo amado hizo, 
f ¿Cómo (le dijo), loca, cuando huella 
125 La cerviz de Israel bárbara planta, 

Y en duro hierro la encadena y sella; 

» Cuando el profano Asirlo nos quebranta. 
El ínclito Sión y el templo atierra; 
Cuando desierta está la Ciudad Santa; 
130 > Cuando en común desdicha nuestra tierra 

La destruyen los ímpios poderosos, 

Y el Cielo airado el paso al ruego cierra, 
»Tú, con varios lamentos dolorosos 

Plañes, y tu privado mal te duele, 
135 Harto liviano en tiempos tan astrosos?» 

Y si el mayor dolor al menor suele 



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— 300 — 

No dar lugar, ¿cuál puede ahora sentirse, 
Ó que en el general no se consuele? 
Los daños que podían evadirse 
140 Pueden dolemos más por contingentes, 
Y que no era forzoso recibirse. 

Más los inevitables y evidentes 
No debe el varón sabio recibillos 
Con flaqueza y culpados accidentes: 
145 Antes, como ya vistos, admitillos 

Con rostro firme y corazón constante; 
Y, pues son no excusados, consentillos. 

Ley es, escrita en rígido diamante. 
Que muera el que nació, y la vida breve 
1 50 De la larga difiere en un instante. 

No hay cosa que á la muerte no la lleve 
La corriente del tiempo, que igualmente 
Va cobrando esta deuda que se debe. 
Murió el robusto que la torre y frente 
155 Levantó contra Dios; pero no vive 

El que el templo le alzó sabio y clemente. 

En otra parte el premio se recibe 
De eternidad, que en ésta al ímpio ó pío. 
Sin diferencia alguna, se prohibe. 
160 Cese, pues, de las lágrimas el río 

Con que bañáis en vano el sabio pecho, 
Y del sepulcro el mármol sordo y frío. 

Murió el que era mortal, pero está hecho 
Ciudadano del Cielo en vida eterna: 



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— sol- 
los Consolad vuestro mal con su provecho. 

Y creed que el Rector que nos gobierna 
Por lo agradable da lo provechoso, 
Aunque el seso mortal no lo discierna. 

¿Quién podrá en el sol claro y luminoso 
1 70 Fijar la vista, siendo su criatura, 

Y ver lo cierto de su cerco hermoso? 
Pues en el Gran Señor de la natura, 
En el abismo inmenso de la lumbre, 
¿Podrá ver sus caminos vista impura? 
175 Mas el que ve de la suprema cumbre 

Lo que más nos conviene, eso dispone. 
Porque es misericordia su costumbre. 

Y si el afecto humano que se opofce 
Siempre á la mejor parte, por contrario; 

1 80 Sabed que es fuerza; hacedlo voluntario. 




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ADDENDA ET CORRIGENDA 



to3j:o i 

Soneto i, verso i.^, pág, 9: 

Aires suaves que mirando atentos.. 

Acaso deba leerse: 

Aires suaves que girando atentos... 



Soneto vi, versos 6p y 7.^, pág. 13: 

=¿Cómo de imaginar no te defiende 
La causa? — No. 

Hace mejor sentido de esta manera: 

^¿Cómof ¿De imaginar... 



Soneto vii, versos 12 y 13, pág. 14: 

— Si^ respondió el Amor, tu desventura; 
Que ni pueden.... 



11-30 



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— 3o6 - 
Quizás deba decir: 

— ESf respondió el Amor, tii desventura^ 
Que ni pueden.... 



Soneto xiv, versos i."y4.o, pág. i 9: 

Aquella luz que de la gloria vuestra, 
Invicto Alfonso, tanto resplandece 
Mientra de otros errores escurece, 
La fama, más que el sol, clara se muestra. 

Debe de leerse de este modo: 

Aquella luz que de la gloiia vuestra, 
Invicto Alfonso, tanto resplandece 
(Mientra de otros errores escurece 
La fama), más que el sol clara se muestra. 



Ihid,, versos 9712, pág, 20: 

Si así como es razón escrita en suma, 
Vuestra tanta virtud veros agrada 

Y que escritor no usurpe vuestra gloría, 
Á imitación de César con la pluma... 

Restablécese el sentido en esta forma: 

Si asi como es razón, escrita en suma 
Vuestra tanta virtud ver os agrada 

Y que escritor no usurpe vuestra gloria, 
A imitación de César, con la pluma... 



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— 307 — 

Soneto xvii, págs. 22 y 23: 
Se reproduce íntegro de esta manera: 

A restaurar tomaba el nuevo día 
La aurora, cuando el sueño le mostraba 
Al pastor principal que nos guardaba 
La imagen que ya muerta en él vivía, 

Diciendo: «Aparte que del alma mia 
Fuiste la que, viviendo, más amaba. 
Del reino que en el turno acá esperaba, 
Por consolarte, el Señor del me envía. 

»Cesen, pues ya las lágrimas y el luto: 
¿A qué sirve llamarme, si mi suerte 
Pasó de grande á muy mayor estado? 

«Alégrate, pastor, y con el fruto 
Del árbol mío, que cortó la muerte. 
Consuela á tí y al español ganado.» 



Soneto xxix, verso 6.^, pág. 3 1 : 

La lengua, el pesar y la culpa carga... 

Acaso: 

La lengua del pensar la culpa carga... 



Soneto xxxv, versos 9 y 10, pág. 37: 

Tal el triste Vandalio en la estrecheza, 
Envuelto en un temor con mil temores,... 

Debe leerse: 

Tal el triste Vandalio, en la estrecheza 
Envuelto de un temor, con mil temores... 



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— 308 -. 
Soneto de Acuña, versos 9 y 14, pág, 48, ?wta: 

Esclareciendo en esto^ la triste Hero... 
Éste al menos te será otorgado. 

Deben decir: 

La triste Hero^ en esto esclareciendo^.., 
Al menos, este te será otorgado. 

Ó bien: 

Aqueste, al menos, te será otorgado. 



Soneto lxxxii, verso 13, pág. 75: 

Me dejan por muerto á mí el tormento... 

Este verso, sin duda, está equivocado: aparte de que no 
hace buen sentido, el consonante pide tormentos, y no 
tormento. 

Soneto LXXXVii, verso 10. pág. ^%'. 

De la vista al pastor se aparece... 

Quizás: 

De la vista al pastor se desparece... 



Soneto lxxxvtii, verso 9, pág. 79: 

<.<Señor, — dijo al fin~si el sacrificio... 



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— 309 — 
Así no es verso. Cetina escribiría: 

«Señor, — dijole al fin — si el sacrificio... 

Ó acaso: 

«/í)^, señor! — dijo al fin — si el sacrificio... 



Soneto xciii, versos 12 y 13, pág. 84: 



Y el alma, que de tal visión se asombra. 
Tanto le amarga al gusto esta dolencia... 



Debe decir: 



Y al alma, que de tal visión se asombra, 
Tanto le amarga el gusto esta dolencia... 



Soneto xcviii, verso 14, pág. 87 y nota: 

Lo que se desprende de la circunstancia de referirse 
á Dórida la copia existente en la Biblioteca Nacional y 
á Aniaríllida la del códice de Álava es que el bueno de 
Cetina aprovechó para ambas el mismo soneto, dando 
gato por liebre á la segunda, ó sea á Amaríllida, ¡Peca- 
do venial fué esta travesura! 



Soneto c, págs, 88 y 89: 

No obstante lo dicho al final de la nota correspon- 
diente á este soneto, bien puede ser de Cetina y estar 
dedicado á otro poeta que se llamase Silvio^ quizás á 



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— 310 — 

Gregorio Silvestre. Siendo así, Cetina es el otro pastor 
que le aconseja. 



Soneto cu, verso i /», pág. 90: 

Escrito aunque imposible al fin parece 
Misterio es muy sabido... 

Se deberá de leer: 

Escrito, aunque imposible, al fin, parece: 
Misterio es muy sabido... 



Ibid,, verso 13, pág. 91: 

Ni esperanza en ajeno mal probada... 

Probablemente: 

Ni experiencia en ajeno mal probada... 



Soneto civ, verso 12, pág. 92: 

Mas que no os ame esta alma que os adora, 
Ni vos ni vuestra saña... 

Hace mejor sentido así: 

Mas ¿que no os ame esta alma que os adora.... ^ 
Ni vos ni vuestra saña... 



Soneto cxx, versos 5 y 6, pág. 108: 

Una avecilla, que caldo habla, 
En la encubierta Ijga vio que estaba.... 



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- 3n - 
Debe puntuarse así: 

Una avecilla, que caido habla 
En la encubierta liga, vio que estaba.. 



Soneto cxxix, verso 8, pág. 1 19: 

....y nota cuanto 
El cieJo nos dehió^ que no debiera. 

Así Gallardo; más parece que debe decir: 

....y nota cuanto 
El cielo nos llevó^ que no debiera: 

supuesto que sigue la enumeración de lo que se llevó el 
cielo ó la muerte: 

Beldad, gracia, valor, virtud, cordura. 
Ingenio, honestidad.... 



Soneto cxliii, verso 10, pág. 131: 

Pues que éstas del amor sólo las flores.... 

Quizás deba leerse: 

Pues que estás del amor sobre las flores.... 



Soneto clv, pág. 141: 

Parece hecho este soneto recordando aquel otro de 



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— 5i^ — 

Petrarca, en que se repiten de igual modo las palabras 
finales de los versos: 

Quand'io son tutto volto in quella parte 
OveM bel viso di Madonna luce, 
E m' é rímasa nel pensier la luce 
Che m' arde e strugge dentro a parte a parte; 

I,che temo del cor che mi si parte, 
E veggio presso il fin della mia luce, 
Vommene, in guisa d'orbo, senza luce, 
Che non sa ove si vada, e pur si parte. 

Cosí davanti ai colpi della morte 
Fuggo; ma non si ratto, che 'I desio 
Meco non venga, come venir solé. 

Tácito vo': che le parole morte 
Farian pianger la gente; ed i'desio 
Che le lagrime mié si spargan solé. 



Soneto clxxx, verso 4, pág. 160: 

ó cómo el tiempo ya no la desecha. 

Acaso mejor: 

ó cómo el tiempo ya no la ha deshecha, 

Hernando de Acuña, como se dijo en la nota (pági- 
na 161) tradujo del original italiano, diciendo: 

No está del tiempo ya rota ó deshecha. 



Soneto clxxxvi, versos 3 y 4, pág. 166: 

De do viene que esta alma enamorada 
En el gozo mayor su fuego enciende;... 



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— 313 — 

Debe de leerse: 

• ¿De dó viene que esta alma enamorada 
En un gozo mayor su fuego enciende? 



3id., verso 8, pág. 167: 

Como dura el efecto y se defiende. 

Parece que ha de ser: 

;Cómo dura él efecto y se defiende? 



Soneto ccxliv, págs. 2117212: 

Dos cosas hay en este soneto que se salen de lo 
común y corriente en tal clase de composiciones: la una, 
el tener alternados en los cuartetos los consonantes fa h 
ab-ab a b) circunstancia que queda notada en otro lugar; 
y la otra, el haber consonantes interiores en todos los 
versos (excepción hecha del \P y del 9.^), en relación 
con los consonantes finales: 

Yo, señora, pensaba, antes creia^ 
Mas ¡ay! que no sahía lo que pensaba^ 
Que era amado el que amaba y no entendía 
Que el hado á mi porfía,,. 



Ya el temor me muestra el desensraño^ 



11-40 



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— 314 - 

Si el gusto del engaño consintiera 
Que apartarme pudiera de mi daño. 



lín cuanto á la primera de estas particularidades, Ce- 
tina, y Hurtado de Mendoza, y Rioja, y los demás que 
combinaron alternadamente los consonantes en los cuar- 
tetos, no hicieron sino imitar á los poetas italianos, quie- 
nes, también aliquando, dispusieron así los cuartetos de 
sus sonetos. Sólo de Petrarca, podemos citar los que 
comienzan así: 

Se col cieco desir, che'l cor distrugge, 
Contando l'ore non m'ingann' io stesso; 
Ora, menlre ch'io parlo, il tempo fugge, 
Cli'a me fu insieme ed a mercé promesso... 



S'al principio risponde il fine e *1 mezzo 
Del quartodecim 'anno ch'io sospiro, 
Piü non mi puo scampar l'aura né '1 rezzo; 
Si crescer sentó M mió ardente desiro. 

Pace non trovo, e non ho da far guerra; 
E temo e spero, ed ardo e son un ghiaccio; 
E voló sopra '1 cielo, e giaccio in térra; 
E nuUa stringo, e tutto M mondo abbraccio. 



Por lo que hace á los consonantes en medio de los 
versos, tampoco Cetina, al usarlos en su soneto, intro- 
dujo novedad alguna. Ya Garcilaso los había usado en la 



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— 315 — 

segunda de sus églogas, también en las sílabas sexta y 
séptima, como nuestro vate sevillano. Verbi gratia\ 

Si desta tierra no be perdido el tino, - 
Por aquí el corzo vino que ha traído 
Después que fué herido, atrás el viertto. 
;Qué recio movimiento en la corrida 
Lleva, de tal fierida lastimado^ 
En el siniestro lado... 

Hablando con nuestro buen amigo D Francisco Ro- 
dríguez Marín de estos tiquismiquis de la poesía caste- 
llana, que hacen recordar los peregrinos sonetos con re- 
petición, retrógrados, con eco, etc., del bueno de Díaz 
Rengifo y de sus continuadores, nos dio á conocer, como 
poseedor de una esmerada copia de cierto cartapacio de 
la Biblioteca Arzobispal de Sevilla, que contiene poesías 
de Barahona de Soto y de otros autores, una poesía de 
este y varias de Pamones, en las cuales también hay 
consonantes en medio de los versos. 

Comienza así la de Barahona, intitulada Octavas 
nuevas: 

Salid en sangre, lágrimas, revueltas, 
Sueltas las venas en vertientes caños, 
Tamaños que rompáis las lumbres y ojos, 
Y de enojos toda alma, y de agua el suelo, 
Hinchad y el cielo... 

Pamones fué mucho más allá que Garcilaso, Cetina 
y Barahona en lo de introducir consonantes en los versos, 



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— 3í6 — 

porque pareciéndole aún poco escribir (folio 205 del 
códice:) 

Ola Bartolo^ majadero, ola 
Asno con cola^ al uno y oitopolo^ 
No más parola^ porque juro á Apolo 
yue si enarholoy perderás Xsigola.,.^ 

llegó á meter tres consonantes en cada verso, de esta 
manera: 

Confeso \ en el linaje \ y moro pulo 

Y misto I en linea estrecha \ con villano^ 
Ya he visto \ ser Xb, flecha \ de tu mano 

Y que eso \ es tu lenguaje | y tu tributo. 



Y en otro soneto: 



Joviano I otro Mecenas \ excelente 
Lumbrera \ inaccesible \ es la de Apolo; 
De afuera \ le es visible \ allá á tu Idólo\ 
Trasmano \ está á las í'^«<7í | de su fuente. 



Estamos conformes de todo punto con el señor Fer- 
nández Espino, que escribía, á propósito de los consonan- 
tes interiores de Garcilaso: «invención, si es suya, que le 
favorece poco, porque su nada feliz estructura, la opre- 
sión con que camina el poeta, encerrado en su frío y di- 
íícil artificio, y el monótono martilleo de los consonantes, 
matan el vuelo de la inspiración y destruyen la sonoridad 
de los versos,» 



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- 317 — 

Para concluir esta nota, que ya peca de larga, cita- 
remos, como ejemplo de rara habilidad en esto de so- 
netos que llevan algo dentro, además de su pensamiento 
propio, el que escribió Tirso de Molina en su comedia 
Amor y celos hacen discretos. Son, como verá el lector, 
dos sonetos en uno: un soné tillo en un soneto. Envíalo al 
Mariscal la Duquesa, que no le quiere, por conducto de 
su secretario, que es á quien ama, mientras que éste so- 
licita el amor de Victoria, hermana de aquélla. La Du- 
quesa, al entregar el soneto al secretario, le previene que 
lo estudie bien, pues en dicha composición va algo 
para él: 

— Pero advertid que á los dos 
(Digo, al Mariscal y á vos), 
Según el orden que os di 
Tiene de ir cada papel 
Que escribiere, dedicado. 
— ¿A mi y todo? 

— Disfrazado, 
Y á lo claro para él. 

El soneto dirigido por la Duquesa al Mariscal es éste: 

Mariscal, si sois cuerdo, en esta empresa, 
Amando, mucho vuestra dicha gana. 
Estimad los favores de mi hermana, 
Pues que no dan disgusto á la Duquesa. 

Proseguid, y pues veis lo que interesa 
Con ella vuestro amor, la pena vana 
Que tenéis, olvidad de la tirana 
Voluntad, que vuestra alma tiene presea. 



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— 3«8 - 

Mirad que si os preciáis de agradecido, 
Eterna fama y triunfo desta gloria 
Gozoso ganaréis contra el olvido. 

Acordaos, y á vuestra alma haced memoria, 
(¿ue siempre de que sois de mi querido 
Me acuerdo, mucho más que de Victoria. 

El sont'tillo interior para el secretario es el siguiente, 
y obtienese sin más que quitar las tres primeras sílabas 
de cada verso: 

Si sois cuerdo en esta empresa, 
Mucho vuestra dicha gana. 
Los favores de mi hermana 
Dan disgusto á la Duquesa. 

Y pues veis lo que interesa 
Vuestro amor, la pena vana 
Olvidad de la tirana 

(Jue vuestra alma tiene presa. 
Si os preciáis de agradecido, 
Fama y triunfo desta gloria 
Ganaréis contra el olvido. 

Y á vuestra alma haced memoria 
De que sois de mi querido 
Mucho más que de Victoria. 



Canción I, verso loi, pág. 217: 

Anima, que este cuerpo en vida tiene.... 

Quizás mejor: 

Ánima en que este cuerpo vida tiene.... 



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— 319 — 
Canción iv, verso 150, pág. 230: 

Ni mostraba soltarme.... 

Así en la Biblioteca de Autores Españoles. No pudo 
ser esta la palabra final del verso, que, dada la combi- 
nación rítmica que llevan las estrofas (a b c a h c c...) 
pide el consonante en ertne, y no en arme. 



Canción iv, versos 25 y 26, pág, 241: 

Pues se llaman cabellos, 
;Por qné estoy lejos dellosr 

Juega del vocablo: cabellos, cabe ellos=cerca de ellos. 



Ibid., versos 79 — 81, pág. 243: 

Para el arco homicida 
Hizo Amor, con gran arte. 
De tus cabellos, Dórida, la cuerda... 

El mismo pensamiento y casi las mismas palabras con 
que comienza la Anacreóntica reproducida en la pág. 206: 

De tus rubios cabellos, 
Dórida, ingrata mía, 
Hizo el Amor la cuerda 
Para el arco homicida. 



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— 32Ó — 

Canción vii, versos 34—37, págs, 247 y 248: 

Mas, ojos, si sois tales 
Que el humano saber no os comprehende, 
;Cómo os alabará quien sólo entiende 
Que sois de cuyo sois todos iguales? 

Gallardo leyó: 

Que sois de cuyos sois solos iguales? 

Quizás sea mejor lección esta otra: 

Que sois de cuya sois los dos iguales? 



Canción viii, verso 24, pág. 252: 

Y aun casi á aborrecer; mas /^///aprovecha.. 

Más bien así: 

Y aun casi á aborrecer, ¿qué me aprovecha... 
Si, como llego al paso á desasirme,... 



Epístola iii, verso 152, pág. 23: 

Que en si me anunciaba doloroso... 

Probablemente: 

Quien asi me anunciaba doloroso... 



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— 321 — 
Ibid,, verso 253, pág. 29: 



Comenzaré de agora á conturbarme 
Al extremo dolor... 



Mejor así: 

Comenzaré de agora A acostumbrarme 
Al extremo dolor... 

Parecidamente en la versión atribuida á Acuña: 

Comenzaré de hoy más acostumbrarme.,. 



Epístola y, verso 162, pág. 47: 

....y de hora en hora 
La veo y torno á ver si está mudada. 

Debe de leerse así: 

....y de hora en hora 
La veo y torno á ver que está mudada. 



Epístola vi, verso 19, pág, 51: 

No haría el deber, si no mostrase... 

Cetina no escribió así, á buen seguro, este verso, que no 
consuena con agradarse y publicarse. 

U-41 



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- 3^2 — 
Ibid,, verso 169, pág. 56: 

Cual la madre que siente, por engaño^ 
De los brazos quitar hijo querido, 
Queda después que ve claro ^ engaño^,.. 

Cetina quizás diría: 

Cual la madre que siente, por su dafiOy,,, 



Ibid,, versos 175-180, pág. 64: 

Osásteme decir, ¡ay! quien muriera 
Entonces, cuando ya te despediste, 
Philis tu Demophón que parte espera. 

Que espere á tí, cruel, que te partiste 
Para jamás volver la vela ingrata 
Que, negado mi puerto, al viento diste. 

Puede fijarse así la lección de este pasaje; 

Osásteme decir (¡ay! ¡quién muriera 
Entonces!) cuando ya te despediste: 
«Filis, tu Demofón que parte espera.» 

¡Que espere á tí, cruel, que te partiste 
Para jamás volver la vela ingrata 
Que, negado mi puerto, al viento diste! 



Ibid.. verso 259, pág. 6y\ 

Tu nombre, como tú, duro, infinito,»» 



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— 323 — 
Antes dice otro verso que aconsonanta con éste: 

Hacer presto elección; que es infinito.,. 

Como queda dicho, era cosa frecuente en el siglo xvi, 
repetir unas mismas palabras como consonantes. En el 
códice de la Biblioteca Arzobispal de Sevilla se halla 
escrito así este verse; 

Tu nombre como tu duro y enfinito. 



Epístola viii, verso 191, pág. 75: 

. Y así, á una mujer veréis juntarse 
Con un hombre hoy y otro mañana... 

De seguro no lo escribió así Cetina, porque de esta ma- 
nera no es verso. 



Epístola ix, versos 8 y 9, pág. 79: 

El principe está bueno, y tan contento, 
Que, de sentirlo dello, estamos todos. 

Debe leerse: 

£1 principe está bueno, y tan contenió. 
Que, de sentirlo, dello estamos todos. 

Estoes: cque de entender ó saber lo contento que está, 
lo estamos también nosotros.» 



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— 324 — 
Ibid,^ verso 82, pág, 82: 

De la Duquesa moza un dico atia... 

Debe de referirse á que la Daquesa usaría con mucha 
gracia en sus conversaciones la frase dico a te (dígate, á 
tí te digo). Acaso dico a tia^ por dico a te, fuera manera 
provincial de decir. Ó quizás el verso original sería éste: 

De la duquesa moza un dico a z/í?/',.... 



Epístola xi, versos 124-126, pág. 94: 

Pero quien tanto bien fuese mirando, 
¿Cómo podría estar secreto y quedo, 
Que aun agora, sin se rio ^ estoy saltando? 

Así Gallardo. Mejor sentido hace de esta manera, pues- 
to que se refiere el autor á quien fuese mirando tanto 
bien: 

Que aun agora, sin verlo^ estoy saltando.^ 

Cinco versos antes había dicho: 

¡Cuan libremente, qué á placer i'^r/íz... 



Epístola xii, verso 41, pág. \qo\ 

....y desta trama 
Temo no ba de quedar al tristecillo 
Más de la sola voz con que le llama. 



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— 325 — 
Ha de ser, por referirse á la dama de Juan del Río: , 

Más de la sola voz con que la llama. 

D. Adolfo de Castro, en la Biblioteca de AA. EE., leyó 
le llama, bien que en el verso anterior dijo triste hilo 
en vez de tristecillo. 



Ibid,, versos 497 50, pág. 100: 

El premio no se yó de sus afanes 
Cuál es mas; se os decir.... 

Así Castro; pero se debe puntuar de esta otra manera: 

El premio no sé yo de sus afanes 
Cuál es; mas seos decir.... 



Epístola xiv, verso 39, pág. 107: 

La más hermosa parecer esquiva. 

Castro leyó con visible error: 

La más hermosa para ser esquiva. 



Ibid., versos 1 09 y no, pág. 110: 

Más él que verse en semejante afrenta 
No quiso, ni tentar más su ventura.,,* 



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— 326 — 

Los consonantes de las versos siguientes indican que el 
último de estos dos hubo de decir: 

No quiso, ni tentar más ^vl fortuna.,. 



/¿/V/., versos 190-192, pág. 113: 

El otro con envidia urde y rodea 
Cómo podrá sacar de su privanza 
A tal que en hacer toda la emplea. 

Castro, en el primero de estos versos, dice: 

El otro con envidia urde y no deja. 

El Último, que tal como queda copiado resulta corto, ó 
flojísimo cuando menos, quizás diría en el original: 

A tal que en hacer mal toda la emplea. 



Ibid.^ versos 217-219, pág. 114: 

<íQué decís del que teme haber sentencia 
En contra, el sobornar de su letrado, 
Cual del uno y del otro la conciencia.^ 

Hará así mejor sentido, aun no quedando completamen- 
te claro: 

¿Qué decis del que teme haber sentencia 
En cohtra, el sobornar de su letrado? 
¿Cuál del uno y del otro la conciencia? 



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— IV — 

Ibid,, versos 290 y 291, pág. 116: 

Pedir menos á quien /i^ra muy poco 
Si cuanto os puede dar Fortuna os diera. 

Probablemente: 

Pedir menos á quien diera muy poco 
Si cuanto puede dar Fortuna os diera. 



Epístola xvi, verso 174, pág. 137: 

Hiciera^ y con razón, maravillaros. 

Mejor así: 

HtctVraos, con razón, maravillaros. 



Diálogo entre la cabeza y la gorra, pág. 172, 
líneas 3 y siguientes: 

« y este nombre gala es deducido de galla y de 

galla castellano, que es una cierta superfluidad que nace 
en las encinas y carrascas.... De aquí ha nacido el pro- 
vtvhio fulano es más liviano que una gala ó agalla. > 

No hay para qué decir que no es tal la etimología de 
gala^ como tampoco lo es galáh hebreo, revelar^ fnani- 
/estar, contra lo que sostenía el Sr. García Blanco. 

La Academia Española hace proceder esa palabra 
del celta gal, alegría. Cualquiera cosa es más probable 
y atinada que la etimología indicada por Cetina. 



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— 328 - 

Paradoja, pág. 210, línea 19: 

Cumplición es yerro del copista: complexión^ diría el 
original. 

Ibid,, pág. 223, línea 14: 

Camuco leyó el Sr. Fernández-Guerra y camnco he- 
mos leído nosotros; pero tenemos por indudable que 
Cetina escribió camuco (gamugo^ gamuzo) especie de 
antílope que se cria en los Alpes y en los Pirineos. El 
vulgo andaluz llama carnuza, más comunmente que 
gamuza, i la piel, ya curtida^ de ese animal y de otros 
análogos. 



/¿id., pág. 225, línea 10: 

« sino cuerno de creses,'í> Así claramente en el 

códice de la Colombina. ^Deberá leerse «cuerno de 
Ceresrit 



Ibid., pág. 239, líneas 7 y siguientes: 

Tal como está en el texto el epigrama latino se en- 
cuentra en el códice de la Colombina. Lo reproducimos 
con las rectificaciones que hizo el Sr. Fernández-Guerra 
(Gallardo, I, cois. 1250 y 125 1): 

Uxorem qui ducit maecham in vértice portat 
Cornu unum; qui scit, disimulatque, dúo; 



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— 329 — 

Qui videt, et patitur, tria gestat: quatuor ille 
Qui ducit nítidos ad sua tecta prochos: 

Et qui non credit hoc etiam se in ordine poni 
Credit et uxori, cornua quinqué gerit. 



Poesías de Vadillo. 

Soneto xii, verso 12, pág. 253. 

Amor se llamará al poseella,... 

Probablemente: 

Amor ha de llamarse al poseella,... 



Soneto xvii, versos 12-14, pág. 257: 

Mas él se ha vuelto ya d vuestra parte, 
Que puedo yo hacer, Señora mia, 
Sino rendirme á vos pecho por tierra. 



Así mejor: 



Mas él se ha vuelto ya de vuestra parte; 
;Qué puedo yo hacer. Señora mía. 
Sino rendirme á vos, pecho por tierra? 



Soneto xix, verso i.^, pág. 258: 

jOh cuerpo, hora de Dios, con el suzuelo.... 

Quizás de este modo: 

¡Oh, cuerpo, ira de Dios, 



U-4i 



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— 330 — 
Soneto xxit, versos 1 1-12, pág. 260: 

Con envidia lo hizo, según creo. 
El dotarte de tanta crueldad,.... 

Así mejor: 

Con envidia lo hizo, según creo, 
El dotarte de tanta crueldad,.... 



Soneto xxvii, versos 1-2, pág. 263: 

Tras el arado y bueyes que á porfía 
La mano en el estaba refirmada,... 

Debe decir: 

Tras el arado y bueyes, que á porfía 
La mano en //estaba refirmada, 



Soneto xxx, pág. 266: 
Se reproduce así: 

A venus 

Y vos, Señora, madre del que digo. 
Yo os juro por las leyes del cuaderno 
Que si os cogiese sola, que el paterno 
Amor no os defendiese del castigo. 

A fe que, aunque viniese vuestro amigo 
Marte, ó aquel herrero del infierno, 
Y aunque mostraseis vos el pecho tierno, 
Que no libraseis nada ya conmigo. 

Andad asi por donde os quemen luego 
El mirto en los altares, aceitera, 
Llevad con vos á vuestro niño ciego; 



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— 331 - 

Que si con él os cojo, picotera, 
Á él y á vos pretendo hacer tal juego, 
Que las manos pongáis en la mollera. 



Madrigal, pág. 267: 

Debe de estar mutilado, no poco. Aparte de que no 
hace buen sentido en algunos pasajes, el último verso 

Cuanto más la esperanza me asegura, 

no rima con ninguno de los inmediatamente anteriores, 
sino con el 4.® y el i .^ de la composición, que están 
muy distantes. Creemos que faltan algunos versos. 



Canción, versos 1-5, pag. 268: 

Guardaba una pastora congojosa 
Su ganadillo encima una montaña 
Más blanca que el cristal y más hermosa 
Que el rubicundo albor de la mañana. 
En atavio extraña,..* 

Quizás deberá restaurarse este pasaje en la siguiente 
forma: 

Guardaba una pastora congojosa 
Su ganadillo encima una montana. 
Más blanca que el cristal y más hermosa 
Que el rubicundo albor de la mañana. 
En atavio galana,... 



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ÍNDICE 





OBRAS POÉTICAS 






(Continuación) 






EPÍSTOLAS 






. . A Alconisa cruel salud envía 


Páginas 


I. . . . 


9 


II . . . 


. . Alma del alma mía: ya es llegada 


11 


III. . . 


. . Translación de la epístola de Dido á Eneas: 






Cual suele de Meandro en la ribera 


»5 


ly. . . 


. . Días ha que, callando, he procurado 


30 


V . . . 


. . A D, Jerófit'mo de Urrea: 






£1 dulce canto de tu lira, Iberio 


36 


VI. . . 


. . A la Princesa de Molfeta: 






El triste prisionero que, inocente 


50 


VII . . 


. . Filis d Demofón: 






Filis de Tracia á Demofón de Athena 


58 


VIII . . 


. . En alabanza de la cola ó rabo: 






Pues en el golfo grande de la cola 


68 


IX. . . 


. . A la Princesa de Molfeta: 






Señora excelentísima, /ríj/ír/a/ 


79 


X . . . 


. . Señora, ya el dolor no me consiente 


85 



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334 — 



ELEGÍA 



OBRAS EN PROSA 



Páginas 



XI. . . 


. . La Pulga: 






Señor compadre, el vulgo, de invidioso... 


. 89 


xn . . 


. . Al Principe de Ascoli: 






Señor, más de cien veces he tomado... . 


. 98 


XIII . . 


. . A Pábordre Gtutlbes: 






Señor Pábordre, si el haber un año 


. 103 


XIV . . 


. . A don Diego Hurtado de Mendoza: 






Si aquella servitud, señor don Diego... . 


. 106 


XV . . 


. . Penélope á Ulises: 






Ulises, tu Penélope te escribe 


. 117 


XVI . . 


. . A Baltasar de León: 






Vuestra carta, Señor, he recibido 


. 125 


XVII. . 


. . Ya, Señora, se van, como los dias 


. 140 





Si aquel dolor que da á sentir la muerte... 


. 145 




CAPÍTULOS 




I . . . 


. . Diga quien diga y quien alaba alabe... . 


• 153 


II . . . 


. . Si cosa he dicho yo que á vos ofenda... . 


• 157 



Diálogo entre la cabeza y la gorra 163 

PARADOJA 
Paradoja en alabanza de los cuernos . . . 207 



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— 335 — 
APÉNDICES 



Páginas 



I. 

Poesías de Vadillo 243 

SONETOS 
I De la historia de Narciso: 

A las ninfas Narciso enamoraba 244 

II Contra Cupido: 

Amor, yo os juro á Dios que si os cogiese... 245 

III Aqui al vivo se ve el sagrado coro 247 

IV Arde de mi la más ¡lustre parte 35 

V Ausencia, que de amor es enemiga 248 

VI Crftel y en crueldad más porfiada 249 

VII Cuan en alpina cumbre hermosa planta » 

VIII Cual sale por abril la blanca aurora 250 

IX Dentro de mi alma tengo un a{>osento 251 

X ^Dónde se van los ojos que traian » 

XI A los dos tiranos Amor y Muerte: 

En un camino llano y espacioso 252 

XII Es el amor gozar lo que ha costado 253 

Xni Hermosos ojos cuya luz tan clara » 

XIV Llorad, ojos ausentes; llorad tanto 254 

XV Mientras la fuerza de mi desventura 255 

XVI Mil veces he tratado de hablaros » 

XVII. . . . Mil lazos he rompido de aquel ciego 256 

XVIII. . . . Al Amor: 

No hay torre tan alta ni guardada 257 

XIX .... Contra Cupido: 

¡Oh, cuerpo, ira de Dios, con el suzuelo... . 258 

XX ¡Oh de rara virtud y beldad rara » 

XXI , , * , Á una dama que se estaba peinando á una 

ventana: 

Peinando está Diana sus cabellos 259 



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— 336 — 

Pájíinas 

XXII. , , , A una dama rigurosa: 

Perfectísima muestra de belleza 260 

XXIII , , . Aun retrato: 

Retrato que en mi alma ya yo os via 261 

XXIV . . . Riberas de una fuente deleitosa ^ 

XXV. . . . Riberas de un dorado y manso río 262 

XXVI , . . A Nuestra Señora: 

Sol de quien es un rayo el sol del cielo 263 

XXVII . . . Tras el arado y bueyes, que á portia » 

XXVIII . . . Ala muerte de Cetina: 

Vandalio, si la palma de amadores 264 

XXIX . . . Pintura de una dama: 

Volvadle la blancura á la azucena... . . . 265 

XXX. . . . ^ Venus: 

Y vos, Sefiora, madre del que digo 266 

MADRIGAL 
Hallé, tras largo tiempo, menos dura 26" 

CANCIÓN 
Guardaba una pastora congojosa 268 

II. 

Documentos referentes k la familia 
Cetina 372 

. III. 
Documentos y asientos de los libros 

DE pasajeros del ARCHIVO GENERAL 

DE Indias 284 

IV. 
Poesías varias 288 



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— 337 — 

Páginas 

V. 
Árbol genealógico de la familia del 
POETA Gutierre de Cetina, formado 
CON vista de los documentos que an- 
teceden 303 



Addenda et corrigenda 305 



11-43 



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Googk 



FE DE ERRATAS 



(1) 



I'á^. 



9 

lO 

14 



19 
20 



21 
23 



26 



. último . 
penúltimo 
6 

II 

22 

24 

7 
18 

6 

¡2 
20 

» 
12 
12 
19 
13 

4 



verte . 
han . 
preguntarme, 
vivo, . . 
razón . . 
conoces . 
Mostraste 
do. . . 
Caucaso . 
las. . . 
(sic) . . 
perderte, . 
Dido, que en; 
mueva 



espero, 
ofendellos 
Somois . 



ganaste. 



verte, 

has 

pregimtarmc: 

vivo. 

sazón 

conozco 

Mostrarte 

dó 

Cáucaso 

los 

(sobra la nota) 

perderte; 

Dido que engañaste 

mueva, 

espero. 

ofendellos; 

Sómois 



(i) Véase la nota de la/<? de erratas del tomo i y, además téngase 
en cuenta que la mayor parte de las erratas que se notan en los trabajos 
en prosa de Cetina, están en los códices de donde los hemos copiado* 
Pensamos al principio trasladar fielmente dichos escritos; pero á última 
hora hemos creído preferible depurar los textos. 



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- 339 — 



28 . 


2 . . 


30 . 


. 15 . . 


31 . 


. 17 . . 


» 


. 18 . . 


32 . 


. 21 . . 


41 . 


18 de la nota . 


42 . 


. 12 . . 


» 


• 13 . 


» 


25 de la nota. 


43 . 


. 9 . 


45 • 


• 5 . 


» 


. 10 . 


46 


\() de la nota 


5o 


• 3 • 


51 


. 3 . 


55 


. 14 . 


» 


. 15 . 


» 


. 22 . 


56 


..!.•. 


» 


. 14 . 


59 


. . 18 . 


6o 


. penúltimo 


6i 


. . 14 . 


62 


. . II . 


63 


. • 9 . 


^> 


. . 22 . 


64 


• • 5 . 


;> 


. . 14 . 


* 


. . 17 . 


66 


. . 24 . 


6; 


. . 8 . 



partirá partiré 

dolor dolor, 

¡ay! ¡ay. 

ganaste ganaste! 

Consiéntame . . . Consiénteme 

dieses tienes 

maltrata; maltrata, 

solia, solía: 

reparo reposo 

Pastor pastor 

consolaron consolaron, 

puede puedo 

faunos faunos, 

Pastor pastor 

pues, pues 

puesto puesto, 

raices, . . . . . raices 

cual cuál 

que mi que en mi 

Solo Solo, 

espumosa .... espumosas 

Dios dios 

aun aún 

Más * . Mas 

esculpidos esculpidos: 

mi mi 

dirán diriun 

besarme? besarme, 

jornadas jornadas? 

falto falto; 

olvido, olvido. 



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Wfi. 



340 — 



70 
70 

» 

73 

75 
79 
80 

» 

81 
82 

» 

85 
87 

» 

88 
92 
95 
97 
99 
100 

lOI 

105 
» 

107 
108 
lio 

I 12 

» 
115 



. 


2 


. . señales 




' 9 


. Draconio. , . . . 




12 


. . transformarse . . . 




. 7 


. ser, él 




. 7 


. apatrarse 




último 


. fsic) 




. 4 


. . su 




21 


. quede espacio, . . . 




4 


. será Señora de la olla, . 




4 


. destos 




9 


. toda 




12 


. partes, 




5 


. tomento 




17 


. salvo, que en parte, . 




25 . 


. saña más 




12 


. Quién 




14 


. Pues no 




26 


. Alli fuera, ver . . . 




I." 


. . ^Pues quizá .... 




12 


• Yo 




5 


. de Rio 




último 


. nuestros 




2 


. Antes no 




6 


. hecho 




9 


. liviano 




14 


.el 




25 


. empresa 




1 1 . 


• y 




21 


. con 




2 


. mas 




17 . 


. viudo , 



señales, 

Draconis 

transformarse, 

ser él, 

apartarse 

(sobra la nota) 

Sito 

que dé espacio 

será, Señora, de la olla 

déstos 

todo 

partes 

tormento 

salvo que, en parte, 

saña, ó más 

Quien 

¡Pues no 

Alli fuera de ver 

Pues ;quizá 

Ya 

del Rio 

vuestros 

Antes no, 

hecho, 

liviano, 

del 

empresa.... 

ya 

en 

más 

viudo 



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- 341 — 



VA¿. 



Ii8 


2 . . 


» é 


. 15 . . 


120 


.16.. 


122 


. 12 . . 


» 


. 16 . . 


» 


. 23 . . 


123 


. 15 . . 


» 


. 23 . . 


125 


2.' (ü ¿a nota. 


127 


/." <fc /íT nota. 


128 


. 12 . . 


129 


. 13 . . 


132 


. 14 . . 


I4£ 


.14 y 15. . 


143 


. 15 . . 


147 


8 lie la nota . 


148 


II de la nota . 


151 


. 9 . • 


158 


. . 6 . . 


159 


. 4 . . 


» 


. 7 . . 




Line;i 


169 


. . 16 . . 


170 


. . 6 . . 


» 


. penúltima . 


»73 


. . I.* . . 


» 


. . 20 , . . 



174 
175 



16 

10 



viudas viudas 

aquellas . , . . . aquileas 

viuda viuda 

¡Triste! «¡Triste! 

lana lana...» 

viudo viudo 

El el 

Teleinaco Telémaco 

Boriquen Boriquén 

suma .' suma, 

aplace, aplace. 

diciendo, . • . . . . diciendo. 

liunática lunática. 

os apoca, Eü algo... . os apoca En algo, 

¡Quién ¡quién 

manterná nianternán 

puesto puerto 

ha llevar ha de llevar 

¿Por qué . . . , . ¿por qué . 

conceto, conecto 

sino si no 

Doctor, Doctos 

pintada pintado 

adornado adornada 

¿Quieres G. — ¿Quieres 

hiciesen en alguna ma- 
nera hiciesen, en alguna ma- 
nera 

Manilio Manlio 

Más, Mas, 



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— 342 



1/6 



184 
195 

203 



21 I 
212 

2l6 
217 
2l8 
220 

221 
222 

* 

223 

j> 
227 
228 
229 
230 
231 
235 

237 
238 

» 
239 



19 
25 

í3 

6 

12 

última 

2 

«9 

4 
21 

6 

25 
penúltima 

25 

5 

^6 

I.* 



13 

6 

«9 

15 

iS 

14 

24 

25 
9 

12 

penúltima 
. 1 .'' . 



por que . 
huelgan que 

tan, 
; Aún este, 
gallo? . . 
lo . . . 



se la qui- 



en el tiempo 
Dinócrates 
vayate 
tres . 



parezcan 

la . . 



las . . 

cuernos 

nobles; 

guardado 

sino . 

(juedado 

pudieron 

cuernos de oro 

preguntándoles 

del. . 

estos 

barrenándoles, 

cuando 

En, las 

sino . 

fueron 

cual . 

todo . 

halla . 



porque 

huelga que se la quiten, 
;Aún éste 
águila? 
los 

él tiempo 
Dinócrates, 
ydyate 
Ceres 
parezca 
lo 
los 

cuernos, 
nobles, « 
guardados 
si no 
quedado, 
pudieran 
c turnos de oro 
preguntándole 
del 
los 

barrenándoles 
ni cuando 
Kn las 
si no 
fueran 
cuál 
toda 
haya 



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— 343 



Páfí. 


Verso 


Dice: 


Uehe ckcir: 




245 . 


. nota 


. de Alcázar . . 


. del Alcázar 




246 . 


5 de la nota . tiene . . . . . 


. tiene, 




249 . 


. 18 . 


. tanto se levanta; 


. (tanto se levanta), 




• 251 . 


. 14 . 


. Hará 


. Os hará 




255 . 


. último . 


. enmudezco, . . . 


. enmudezco, (srr) 


/ 


25; . 


• 13 


. suplico (si'cj. . 


. rústico 




258 . 


• 4 ■ 


. merdozuelo. . . 


. merdosuelo. 




» 


peníiltim 


D . Oh de vara . . . 


¡Oh de rara 




259 . 


2 


. avara 


. avara! 




» 


• 4 


. pasado . . . . 


. pasado; 




» 


. 9 


. menos . . , 


. menor 




» 


. 12 


. ingenio, ... . 


. el genio, 




260 


. 5 


.Las ... . 


. Los 




» . 


. 8 


. estremar . . . 


. extremar 




261 


. 10 


. materia . . . . 


. mentira 




» 


. 13 


. (sic) .... 


. (sobra la nota) 




262 


. 6 


. Oh bella . . . 


. «¡Oh bella 




» 


7 


. . Ircania . . . 


. . Hircana!» 




» 


. 8 


. asechada, . . 


. . acechada. 




» 


. . 13 


. Cancio . . . 


. Cancro 




■» 


• 14 


. . Ua 


. . Una 




» 


. penúltim 


. el pastor . . . 


. al pastor 




263 


. . 9 


. . á lumbre . 


. . á la lumbre 




» 


. 13 


. . condal . . . 


. . caudal 




264 


. 19 


. . mi hado, . . . 


. de mi hado. 




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. último 


. . Sino .... 


. . Si no 




265 


2 


. . rabiastes; . . 


. . rabiaste; 




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• 5 


.tu 


. . tú 




» 


. . último 


. . crílel .... 


. . crtiel, 




267 


. II 


. . crueza, . . . 


. . crueza, 




268 


. último 


. . Puesto . . . 


. . Puse 





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69 



271 



280 

281 
282 
283 

293 
295 
296 
299 



I 

2 

12 
16 

último 

18 

22 

3 

Linca 



II 
16 
22 

II 

I 
Verso 



parecía, . 
cruel . . 
calda, . . 
piedad 
intención, 



5 

23 
18 

25 



pareaa. 

cruel 

caida. 

piedad 

intención; 



Tuviste Tú viste 

orejas orejas. 



estractamos 
favor . . 
de de . . 
hermana . 

ella . . 



vía 

extractamos 
favor de 
de 

hermana 
ellas 



socoro decoro 

quién lo quien le 

ganancia.) .... ganancia) 

varios vanos 



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